Chau, Caloi

Chau, Caloi

Por Pedro Perucca. El pasado 8 de mayo, a los 63 años de edad, falleció Caloi, padre de Clemente y autor de una enorme y significativa obra que supo reflejar como ninguna otra el humor del barrio.

Una imagen vale más que mil palabras, dicen. Tal vez por eso ayer casi todos los dibujantes de los principales matutinos del país publicaron viñetas homenajeando al papá de Clemente. La unanimidad es absoluta. Todos sus compañeros del oficio del plumín lo quisieron, lo respetaron, lo consideraron un amigo y, muchos de los más jóvenes, también un maestro. Pero los negados para el dibujo también reclamamos nuestro derecho a despedirnos de Caloi. Así que rogamos paciencia. Palabras más, palabras menos, por las mil andará la cosa.


Primer, segundo y tercer cuadrito: un círculo de cielo nocturno estrellado. Cuarto cuadrito: Astrónomo barbudo que se aparta del telescopio con cara de sorpresa. Quinto cuadrito: Observatorio gigante, telescopio acorde, científico inclinado para observar las estrellas que gira la cabeza y mira resignado al perro que se acercó para olfatearle el trasero.

 

Carlos Loiseau, Caloi, salteño de nacimiento pero criado en Adrogué, fue uno de los tantos seducidos por esta misteriosa Buenos Aires. Ya convertido en el más porteño de los dibujantes no hizo otra cosa que celebrar a su ciudad amada, representándola y entendiéndola como pocos, especialmente en lo que hace a sus sectores populares, a los que supo dirigirse sin paternalismos, hablando en su mismo idioma, sin solemnidades, atento al pulso del barrio y a ese humor callejero que sabe combinar de manera única el chiste grueso de tetas y culos con las más sutiles reflexiones filosóficas, pintando como sin esfuerzo a muchos de los estrambóticos personajes que nos cruzamos todos los días en las calles de esta megalópolis delirante.


Frente de un teatro, marquesina anunciando Hamlet, actor acuclillado en la puerta con la calavera de Yorick contra el piso, posando para la foto. Dos tipos bajo un cartel comentan: “Otra vez mandaron a un fotógrafo de deportes”.

 

De esa vocación tan peronista de sintonizar con los registros populares también nacen muchas de las características de la más icónica y representativa de las criaturas de Caloi. Clemente es un bicho extraño al que puede ser imposible clasificar biológicamente pero no futbolísticamente: todo el mundo sabe que es de Boca pese a que su padre era un fanático gallina. Todo Clemente habla de los lugares comunes de la porteñidad: fútbol, minas (ese exaltado amor por las curvas de la Mulatona), barras de amigos, códigos barriales, desprecio por las modas culturales y las poses berretas que valoran cualquier producto foráneo por el sólo hecho de serlo, charlas metafísicas que se resuelven levemente con un comentario canchero pero no pedante, porque Caloi nunca es pretencioso.


Molino de viento de los típicos de la pampa bonaerense, con un caballo que ve las estrellas y una lanza de rama enredados entre los fierros de su estructura. Dos gauchos acarrean a otro desmayado y comentan: “No te decía yo que el Rudecindo estaba leyendo mucha cosa rara últimamente”.

 

Más allá de su enorme producción como dibujante, probablemente uno de los aportes más significativos del creador de Clemente haya sido Caloi en su tinta. Nacido en 1990 en la pantalla de la televisión pública, el programa se dedicó pacientemente a difundir el arte de la animación. Así, con una increíble labor de acervo y difusión, mostró la obra de los mejores animadores del mundo, desde Nick Park hasta Jan Svankmayer, pasando por Norman McLaren, Hayao Miyazaki y decenas de otros genios que, de no ser por Caloi, tal vez jamás hubiéramos descubierto.

A este programa enorme, de un nivel altísimo pero concebido siempre sin elitismos y apuntando a un disfrute masivo y popular, le debemos no sólo una impagable tarea pedagógica sino también el haber despertado y guiado vocaciones en toda una camada de jóvenes que hoy están tomando la posta de los maestros del noveno arte.


Una orquesta sinfónica tocando en una cancha de fútbol apenas esbozada, uno de los violinistas se está yendo, cabizbajo, atril y violín bajo el brazo, rumbo a los vestuarios, mientras que el director de orquesta, que aún sostiene la tarjeta roja en alto, explica: “Ya era la segunda vez que desafinaba en este himno…”.

 

Parece que además Caloi era un buen tipo y un profesional generoso. Todos sus compañeros lo recuerdan con afecto. En una serie de testimonios publicados por la revista Ñ, Horacio Altuna, por ejemplo, reivindica también su ubicación política y lo recuerda como “un buen compañero de lucha y de laburo”; Carlos Niné resalta que “como comunicador desplegó un ejercicio de conexión notable con las clases populares y su obra sirvió para que los argentinos nos reconociéramos reflejados en ese espejo de papel que era la página de un diario”; Daniel Divinsky, por su lado, recuerda la famosa polémica que lo enfrentara al relator futbolístico de la dictadura, Juan Carlos Muñoz, por el tema de los papelitos (que finalmente se saldó con un triunfo inapelable de la facción pro papelitos, con las tribunas cantando a voz en cuello “Muñoz, Muñoz, Clemente te cagó” y la cancha alfombrada de blanco): “Yo estaba en el exilio cuando sucedió, pero ese mínimo acto insurreccional de insultar a la Dictadura con la desprolijidad de tirar papelitos, fue glorioso. La gente se sintió representada como un acto de coraje”.


Un tipo entra en una comisaría y declara, frente a un asombrado sumariante de uniforme: “¡Lo descubrí, oficial! Finalmente lo descubrí. Es el tiempo. El tiempo es el mayor asesino. Fíjese, arrasó con grandes civilizaciones, con nuestros antepasados. Mató, mata y seguirá matando. Hay que detener al tiempo…”.

 

En El libro de los abrazos Galeano habla del “músculo secreto” que le permitió a Fico Vogelius vivir seis meses más allá de los pronósticos más optimistas de los médicos, tan solo para ver de nuevo en la calle a su amada revista Crisis. Tal vez una voluntad similar sostuvo al Negro Caloi en su lucha contra el cáncer de colon que lo afectaba desde hace años hasta que su última criatura comenzó a dar pasos firmes en el mundo. El estreno del pasado jueves de Ánima Buenos Aires, un largo de animación compuesto por tres cortos (uno de los cuales es del propio Caloi), nos permite reencontrarnos con todas las obsesiones del más porteño de los historietistas: las callecitas de Buenos Aires, los guapos, los faroles, los adoquines, el amor, el tango, los perros, la vida, la muerte.


Velorio de un payaso. Llegan otros tres haciendo piruetas y saltando a través de las coronas como si se tratara de aros llameantes. Cachetean al muerto, patean el féretro, van haciendo malabares con las ofrendas florales detrás del coche fúnebre. Finalmente, frente a la tumba de su colega, parecen condescender a la tristeza. Uno, solenme, avanza y deposita una flor. De ella sale un sorpresivo chorro de agua que empapa la lápida. Los tres payasos se retuercen de la risa.

 

Jajaja.

Chau, Caloi. Y gracias por todo.