Ahora que ya fue

Por Cezary Novek. A veinte años del suicidio de Kurt Cobain, una revisión sobre la vigencia de su persona y de su obra. 

 

El 5 de abril se cumplieron veinte años del momento en que Kurt Cobain decidió volarse la cabeza, previo haberse inyectado una dosis letal de heroína.

Nos legó: tres discos de estudio (Bleach, Nevermind e In Utero), un compilado de grabaciones sueltas (Incesticide), dos discos en directo (From the Muddy Banks of the Whishkah, Unplugged in New York), un diario (Diarios), una hija (Frances Bean, nacida en 1992) y un puñado de temas inéditos. Una obra -al menos en apariencia- algo escueta si se compara con la producción de los demás integrantes del Club de los 27. Y no es que la cantidad importe. Las canciones de Kurt Cobain generan una fascinación inmediata porque están extraídas desde las entrañas del dolor, la euforia o la depresión más eléctrica. Y, sin embargo, supo expresarlas con la nota justa, la distorsión adecuada, el alarido preciso de la seda rasgándose. Una prolija desprolijidad que es indiscutiblemente atractiva. Lo que sigue es un romance breve pero intenso que sólo termina cuando uno gasta todos y cada uno de los temas de tanto escucharlos

¿Y después? Y después, nada. Nos quedamos pensando en lo que hubiera sido, en lo que prometía, en el potencial oculto en el corazón de cada canción. En las posibles tangentes que podría haber tomado su carrera como compositor. Cada derivado de lo que no fue, cada experimento abortado con anticipación. Eso son sus canciones. Un cello acompañando los últimos conciertos de la banda, la idea de volcarse a la guitarra solista, la intención de cantar con suavidad otro tipo de música. Todas puntas de ovillos que jamás serán desenrollados. Lo mismo corre para la pasión latente por el collage, la instalación y la pintura, el coleccionismo de objetos kitsch, juguetes y representaciones de Hello Kitty.

¿Y qué más? Toda una ética del punk rock. Llevada al límite, con la exagerada vehemencia de un fundamentalista que termina confundiendo la esencia de su persona con la de la idea que defiende para luego inmolarse por ella. Exactamente así. O más o menos. Kurt Cobain pasó más de la mitad de su vida chapoteando en paraísos artificiales que comenzaron por aliviarlo de las tensiones familiares y la angustia adolescente, primero; de los dolores estomacales, más tarde; y, por último, de su existencia.

Personaje contradictorio y a la vez coherente, bautizó a su proyecto más trascendente como Nirvana, que por definición es: “el estado transcendente libre de sufrimiento y de la existencia fenoménica individual”. Dicho y hecho. Insistiendo en la idea del párrafo anterior: fue una persona indecisa y errática, mientras que como músico tuvo la intuición y los cojones de llevar a cabo la demostración práctica del axioma punk No future. Ni para la banda ni para él.

Esa naturaleza sutil y misteriosa (misterio en el sentido arcano y religioso) de su arte dio pie para numerosos documentales, libros, comics y películas. Algunas de las mejores obras basadas en su fugaz existencia son: el documental About A Son (AJ Schnack, 2012), la biografía Heavier Than Heaven (Charles R. Cross, 2001) y la película Last Days (Gus van Sant, 2005). Estas, junto a otras más comerciales u oportunistas (dedicar un libro entero al único encuentro que tuvo con Burroughs es una exageración que raya lo obsceno) buscan por igual capturar ese ángel que tenía todo lo que hacía -o no hizo- Kurt Cobain. Es ese carisma histérico y pasivo el que nos obliga aún hoy -cuando ya no queda nada por agregar- a seguir escribiendo necrológicas, semblanzas y conmemoraciones.

Nos queda el ícono de un movimiento hace años agotado y todas las construcciones posibles en torno a él. ¿Sobrevalorado? ¿Genio incomprensivo que nos excede? Lo más fascinante como objeto de estudio es la transparencia de sus procesos creativos, desnudados con honestidad en casi todas sus entrevistas, así como las dotes de publicista -leer sus diarios- entendido esto no como un aspecto frío y superficial sino como parte de un compromiso total y abarcativo para con la propia obra. La adolescencia se terminó y el cuello de botella que representaba ese salto cualitativo a un mundo adulto fue más de lo que su sensibilidad caprichosa pudo soportar. “Buscó una solución permanente para un problema transitorio” se dice en el documental About A Son, que nos pasea por imágenes de los lugares que signaron su personalidad mientras lo escuchamos hablar -por hora y media, con igual entusiasmo y tranquilidad- de todos los proyectos que tenía en mente, para cerrar con la voz del director diciendo “un año después de esta conversación, se mató”.

El suicidio de un artista es el gesto publicitario perfecto. Excepto por el hecho de que, una vez transcurridos el ruido y el escándalo, queda el sabor metálico y empalagoso de haber sido estafados. Parafraseando a Neil Young: Es más fácil arder que envejecer produciendo. Prueba de esto es que, veinte años después de su desaparición, es casi imposible encontrar material inédito, producciones ocultas, papeles secretos o alguna nota cultural que aporte algo nuevo a una obra breve y cerrada que ha sido repasada ad nauseam. Da igual que se exponga “la última sesión de fotos” (la mayoría de las cuales fueron publicadas hace más de diez años), se descubra una estatua horrenda en su ciudad de origen o se publique una nueva “biografía definitiva”. No se puede hacer barro de las cenizas, y la pobreza de novedades (un puñado de fotos inéditas del invernadero en el que se mató o del basurero que dejó en uno de sus departamentos no hacen la diferencia) nos susurra al oído que el tema Cobain ya fue. Hace mucho que fue. Es ahora el momento en que lo efímero –el Cobain que ya fue– comienza a evaporarse y recién con el paso de los años -a la luz de otras coyunturas artístico culturales- podremos redescubrir su trabajo e intuir al Cobain que no fue, al que inspirará a nuevas generaciones de artistas.

Hasta ese entonces, no queda más por decir.