América Latina: entre la crisis y la vacancia política

Asistimos a una profundización de la crisis capitalista mundial. Latinoamercia, histórico laboratorio de recetas liberales pero también punta de lanza en la lucha de clases, no es la excepción. Es Perú y Ecuador, pero también Puerto Rico, Haití, Brasil y cada lugar donde el pueblo pone en jaque los procesos políticos en curso.

Por Agustín Bontempo | Foto: Carlos García

Encendemos la televisión y vemos que en Ecuador el pueblo está en plena movilización denunciando el ajuste del gobierno. Sintonizamos la radio y nos cuentan que en Perú se suceden los presidentes y que el Congreso puede dejar de funcionar. Abrimos un portal de noticias y la ONU está interviniendo Haití. Está claro, hay elevados niveles de inestabilidad política en nuestro continente.

Habitualmente nos ocupamos de cómo la crisis económica y social desarrollada por el gobierno de Macri en Argentina, profundizó el ajuste y la precarización en la vida de las y los argentinos, ordenada bajo los lineamientos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Nos resulta relativamente claro entender el proceso fascista que se desarrolla en Brasil bajo la presidencia de Bolsonaro, donde se avanza con reformas laborales y previsionales altamente nocivas para la población, mientras al mismo tiempo la imagen del gobierno cae, salen a la luz las maniobras de la burocracia judicial y el gobierno empieza a vacilar en su lugar de poder.

Todos estos escenarios (entre muchos más que podríamos abordar) tienen una particularidad y es que sus respectivas crisis no visualizan contextos de solución.

Recorrido crítico

Lenín Moreno, presidente de Ecuador, se sube al podio del cinismo político. Electo presidente en 2017 como sucesor de Rafael Correa, asumía como una continuidad del proceso progresista iniciado en 2007. El tándem que va desde la ruptura con los lineamientos del chavismo venezolano hasta la apertura a las recetas del FMI sintetiza la “traición política” con el sector al que decía representar.

A principios de este mes, Moreno anunció una serie de medidas para poder cumplir con las premisas del organismo financiero, lo que popularmente se conoció como “Paquetazo”. Algunos días después y ante la creciente movilización, declaró el Estado de excepción que, por ejemplo, prohíbe la congregación de personas, la libre circulación por la vía pública, la disposición de las fuerzas militares para intervenir, entre otros puntos.

El escenario es de una rebelión popular a gran escala: sucesión de huelgas generales de sectores obreros, organizaciones indígenas tomando un rol sumamente activo (es importante destacar que es un país de fuerte tradición de pueblos originarios), confrontación con las fuerzas represivas. Es decir, las y los ecuatorianos muestran con ejemplar valentía como jaquear a un gobierno servicial de los intereses del establishment.

La pregunta es: ¿qué salida hay a la crisis? ¿Qué ocurre si Moreno da marcha atrás con el paquetazo? ¿Si renuncia?

Por su parte, Perú vive una crisis de representatividad importante. Martín Vizcarra asumió el año pasado luego de que el ex presidente Pedro Kuczynski haya renunciado por estar vinculado a la corrupción de Odebrecht (sí, la misma que salpica a funcionarios argentinos). Su popularidad creció producto de “avanzar” contra la corrupción (frase celebre en nuestro país).

Hace algunos días, todos y todas asistíamos a la noticia de que el Congreso peruano había suspendido a Vizcarra y en su lugar asumía Mercedes Aráoz, vicepresidenta hasta entonces. Sin embargo, Aráoz no solamente renunció al cargo de dudosa legalidad como presidenta interina, sino que tampoco mantuvo la vicepresidencia. Por su parte, Vizcarra decidió disolver el Congreso a partir de un fuerte apoyo popular para este fin. Sí, buena parte de la clase trabajadora lo acompañó. Vale decir que el Congreso está dirigido por el fujimorismo (aún persiste y con peso en Perú) siendo una de las principales explicaciones del rechazo popular a este poder, mientras que Vizcarra tiene respaldo de demócratas de la calaña de Vargas Llosa.

Perú es un país que está sumergido en elevados niveles de pobreza sin una clara salida de esta crítica situación. Con varios meses para gobernar por decreto, el presidente debe tomar los desafíos reales que preocupan y afectan a la población.

El último ejemplo que nos interesa abordar es Haití, el país con mayores niveles de pobreza del continente. Decir que las y los haitianos se encuentran atravesando una crisis es prácticamente una redundancia. Sin embargo, a partir de crecientes denuncias contra el presidente Jovenel Moïse, miles de personas se lanzaron a las calles pidiendo su renuncia en un país signado históricamente por la injerencia de Estados Unidos o, como en la actualidad, misiones de la ONU. Los servicios de salud y educación se encuentran limitados, las y los niños no pueden asistir a la escuela y un sinfín más de problemas son el paisaje haitiano.

Como ha pasado en otros momentos en el país caribeño, no se visualiza una salida a la crisis. El poco desarrollo industrial, poca diversidad en su producción agrónoma, signados por los mandatos del FMI y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), tiene como consecuencia niveles elevados de pobreza y desempleo y sus correspondientes padecimientos.

¿Se acuerdan de Puerto Rico?

Hace algunos meses Ricky Martin y René Perez parecían ser los protagonistas del ascenso de la lucha de clases en una de las colonias de Estados Unidos. Intensos días de rebelión popular ponían en jaque el gobierno encabezado por Ricardo Rosselló y el mundo se conmovía por la complejidad que presentaba el proceso. Que el pueblo trabajador confronte con el gobierno es, en Puerto Rico, prácticamente enfrentarse con los Estados Unidos.

El ascenso de la lucha en las calles fue poniendo cada vez más contra las cuerdas a Rosselló. Cuando la caída del gobernador era inminente, se abría la discusión: ¿cuál es la salida?

Efectivamente no es lo mismo la capitulación de un presidente que este caso. La movilización popular no sería suficiente para dar un paso más y conseguir la independencia del país. Sin embargo, el problema es mucho más grave. Hoy Puerto Rico ya no es noticia porque ante la dimisión de Rosselló, fue Wanda Vázquez Garced (hasta entonces Secretaria de Justicia), quien asumió la gobernación. Más allá de moderar algunas iniciativas políticas, el régimen puertoriqueño bajo la supervisión del imperialismo norteamericano, no se movió un centímetro.

Vacancia política y desafío emancipador

Dos conclusiones se desprenden de este análisis: por un lado, los procesos políticos abiertos en América Latina sufren elevados niveles de inestabilidad. Hablamos de algunos casos particulares, donde las expresiones políticas son claramente vinculadas a la derecha neoliberal con ciertos tintes conservadores, pero no se limita solo a estos países. La Honduras post Zelaya, la compleja y contradictoria Nicaragua de Ortega y, con sus particularidades, cada país del continente pueden sumarse a la lista. La segunda conclusión es que la salida a estos procesos de crisis no está clara pero, entendemos en estas líneas, no se ve ninguna canalización rupturista de peso con el sistema de hambre y explotación que hegemoniza.

Con diferentes niveles de beligerancia, las diversas luchas populares cuestionan el accionar de sus gobiernos y en muchas oportunidades proponen salidas de fondo con medidas que, en términos programáticos, exceden los límites de la institucionalidad burguesa. El problema político es que ante la vacancia de fuerzas que puedan canalizar este descontento por una vía disruptiva y emancipatoria, conduce inexorablemente a la relegitimación de la gobernabilidad de los partidos patronales. En ese sentido, Puerto Rico es el mejor ejemplo. La lucha del pueblo puertoriqueño fue catalizadora de la crisis histórica de aquél país, pero solo bastó con la renuncia del principal apuntado para restablecer ciertos niveles de paz social.

Perú, Haití y especialmente Ecuador que tiene, tal vez, los mayores niveles de radicalización de la lucha, no presentan grandes expresiones de una izquierda que pueda dirigir los procesos. En este último caso asciende la figura de Rafael Correa que más allá de algunos antecedentes que lo ponen lejos del lugar que ocupa Moreno, en realidad representa al progresismo. No cabe duda, la heroica lucha de las y los ecuatorianos puede triunfar y el conjunto del continente debe apoyar este camino, pero se hace necesario el ascenso de una salida definitiva.

La crisis capitalista mundial muestra sus fisuras. Se visualiza en la guerra comercial entre China y Estados Unidos, en la creciente intervención política y militar de Rusia, en la inestabilidad de la Unión Europea, en la pobreza extrema de África, en las guerras de medio oriente y así muchos casos más. A excepción de algunas situaciones como la constancia del pueblo venezolano que sigue enfrentando los conflictos internos y la injerencia extranjera en pos de sostener y profundizar el proceso, el complejo escenario colombiano encuadrado en las negociaciones de los tratados de paz, la participación política legal de las FARC e incluso el núcleo que llamó al rearmado de las fuerzas revolucionarias armadas o como en su momento supo hacer Cuba para transformar la sociedad de raíz, lo que en general no aparece es una propuesta política que se proponga transformar el sistema de fondo y tenga la influencia suficiente para mostrarse como alternativa.

A partir de la derrota de los procesos revolucionarios en América Latina y el freno que implicaron las dictaduras que nacieron al calor del Plan Cóndor y la intervención del Departamento de Estado de Estados Unidos, sumado a la caída de la URSS, el derrotero de la izquierda en tanto estrategia de poder no se ha detenido. Con capacidad de organización reivindicativa, no ha logrado ser la herramienta que exprese organización para que la crisis abierta no cierre, nuevamente, sobre las espaldas de las y los trabajadores.

La inestabilidad que representa esta crisis es también la oportunidad para que se construyan (o se constituyan) estos espacios que se propongan gobernar con el protagonismo de las y los trabajadores. Su falta de audacia política, su ausencia en la dirección de estas luchas es, también, la victoria de los verdugos de siempre.