Ángel Cappa: “el jugador en actividad vive rodeado de un ambiente que no encontrará después en ninguna otra parte”

En otra charla con el ex DT Ángel Cappa, la charla indaga el ambiente del fútbol masculino profesional y sus altas exigencias, ante la triste noticia del suicidio del Morro García. También plantea el futuro incierto que vive la mayoría de los futbolistas ante un retiro donde la edad es aún temprana. No es un hecho aislado, es una espectáculo que devora.

Por Gabriel Casas

 

Hola, Ángel.

Esta vez quiero ir directamente al grano sin detenerme en escribir sobre la pandemia. El suicidio del Morro García, ex jugador de Godoy Cruz, no sólo me golpeó mucho a mí, sino en general al ambiente futbolístico y a cualquiera que tenga un poco de sensibilidad y empatía.

A mí me hizo remover ciertas cosas. Como vos sabés, yo pasé tres veces por una profunda depresión. Recién a los 40 años tuve la primera. Y es muy difícil porque uno no entiende qué le pasa. Es como un equilibrista del circo que cae desde lo alto y sin red. Sin embargo, pude salir de esas situaciones, descubrir los motivos con psicólogos y psiquiatras, y ahora hace más de un año que no tengo ninguna recaída.

La depresión es una enfermedad traicionera y elitista. Traicionera porque siempre está agazapada ante cualquier traspié. Y elitista porque creo que sólo la entienden en profundidad las y los que la sufren.

Una enfermedad mental no es lo mismo que una corporal. La mente no te deja en paz las 24 horas. Y es tu peor enemiga. No se puede disfrutar de nada. De tu familia, de tus amigos y amigas, de ver partidos de fútbol, de ver películas o series, de escuchar buena música. Todo pasa a un segundo plano. Porque la depresión es como si tuvieras un pájaro carpintero dentro de tu cabeza. Y como pude salir varias veces de ella, con un tratamiento adecuado y con la fuerza de no rendirme, puedo contar todo esto y ayudar a las y los demás que sufren.

No sé qué pudo haber pasado por la mente del Morro García para suicidarse. Quizás hizo gestos de pedir ayuda y no lo entendieron con la seriedad que se merece algo tan sensible. Sé que estaba con tratamiento psiquiátrico y sin jugar en la primera de Godoy Cruz. Pero hay muchas cosas en la vida que te empujan a una decisión extrema. El fútbol, su ambiente complicado, puede haber influido pero para nada determinantes.

Lo que me preocupa es que esto pase como una noticia más. Como una simple tragedia. Como un hecho aislado al deporte.

¿En el fútbol hay personas en los clubes que se ocupan exclusivamente a la estabilidad emocional de los jugadores? ¿Hay una idea y profesionales indicados para contener a las personas con problemas de depresión? ¿El futbolista es una cosa en la consideración cuando rinde bien y otra cuando lo hace mal? ¿Hay una burbuja y cuando los éxitos y la fama se van quedan al menos protegidos? Lo dudo mucho.

Quizás por tus expectativas me podrías contar cómo se manejaban por adentro con situaciones de este tipo.

Y ojalá lo que le hizo tirar la toalla al Morro García sea una excepción a la regla. Pero ya hubo otros casos antes.

Y entonces, es necesario que lo del Morro rompa con ciertas estructuras de pensamientos arcaicos. Y de usar a los futbolistas como moneda de cambio.

El abrazo de siempre,

Gabriel

—–

Hola, Gabriel.

Sí que es un tema muy delicado el asunto de la depresión. Todos tenemos momentos depresivos más o menos intensos, de los cuales salimos a veces fortalecidos y otras veces debilitados. Hablo de situaciones, digamos, normales. En cambio, si hablamos de la depresión patológica, tenemos que ser muy prudentes porque no sabemos de qué se trata realmente. Como vos decís, solo quienes la padecieron o padecen están autorizados para referirse a ese tema, que por lo tanto es un tema para los psicólogos y psiquiatras, un tema médico.

Ahora bien, hay muchos deportistas que cuando deben abandonar la actividad se ven sometidos a depresiones que, en muchos casos, tienen un desenlace fatal. Y sin llegar a ese extremo, la mayoría se encuentra vacía, desamparada, sin saber qué hacer con sus vidas.

El deporte ha cambiado mucho en los últimos 40 o 50 años y poco a poco las exigencias aumentaron al punto de que únicamente vale ganar. Es decir, un peso tremendo que genera un stress insoportable y continuo. No se valoran los merecimientos, sino el resultado exclusivamente.

Es una exigencia que impuso el capitalismo hasta llevarla al límite entre el éxito, que solo es ganar, o el fracaso que es todo lo demás.

Por otro lado, y ahora hablo de fútbol en particular, el jugador en actividad vive rodeado de un ambiente que no encontrará después en ninguna otra parte. El que lo reconozcan, que de alguna manera lo hacen sentir protegido, el formar parte de un colectivo, el placer de estar haciendo lo que le gusta aun con todas las dificultades que encuentra, la adrenalina que produce la competencia, etc. Y también la posibilidad de escapar de la pobreza, de acceder a lugares y cosas que de otro modo estarían fuera de su alcance.

De alguna manera poco a poco se va alejando, lo van alejando, de la realidad. De su realidad. Lo van desclasando. Vive la fantasía del ascenso social. Como demostró Fanon, entre otros, el oprimido siente, al mismo tiempo, odio hacia el opresor y el deseo de ser como él. En otras palabras, se instala en esa nube que le fabrican y no piensa ni un momento en que todo eso tiene un fin. Entre los 20 y los 30 años es difícil pensar que llegará el momento en que, por razones biológicas (si no es por algún imprevisto), tendrá que dejar de jugar, tendrá que abandonar su profesión. Tendrá que dejar de hacer lo que mejor sabe hacer y lo que más le gusta.

Es bien sabido que nadie se ocupa del jugador de fútbol como persona. Nadie (o casi nadie), quiero decir ni dentro del club donde juega ni fuera del club, lo ayuda a entender lo que le pasa. A tener conciencia de la realidad y de su realidad. A prepararse para el futuro. La vida del futbolista es muy breve en comparación con toda su vida. Por lo tanto, no solo tiene que soportar la ausencia brusca e “inesperada” de la vida privilegiada que vivía, sino que, además, generalmente no tiene conocimiento alguno para alguna otra actividad.

El club, el medio, lo atosiga de exigencias permanentes y cuando ya no les sirve lo abandona sin más. Por supuesto tampoco cuenta, cuando se retira, con aquella “fama” o reconocimiento popular que sentía como un amparo, como si estuviera rodeado de afecto.

Este es, muy brevemente reseñado, el panorama del futbolista de élite. Los otros, que son mayoría, le suman la necesidad de tener algún trabajo para, en algunos casos, mantener el nivel económico de vida y en otros muchos para subsistir, como la mayoría de la clase trabajadora, pero con una gran desventaja: no sabe hacer otra cosa que jugar al fútbol.

Son muy pocos los deportistas que van preparando su futuro durante su actividad. Y eso es al margen del dinero que tengan, aunque es cierto que las penas con pan son menos dolorosas.

Este es el panorama que me tocó vivir dentro del fútbol y me parece que es más o menos igual actualmente.

Por eso me pareció muy acertada una expresión de Sebastián Domínguez (ahora comentarista). “Métanse las exigencias en el culo”, dijo refiriéndose a este asunto a raíz del suicidio del “Morro” García. Y yo me uno y comparto lo que dijo.

Un abrazo, Gabriel. Y la seguimos.

Ángel.