Apología al escrache

Por Ana María Vásquez Duplat e Ignacio Scuderi

La corporación política y sus amplificadores, los medios hegemónicos de comunicación, crean, y se encargan de defender, los instrumentos para garantizar su permanencia y reproducción. Frente a esto, metodologías como el escrache aparecen como transgresoras del orden establecido y, por tanto, quienes detentan el poder se alinean para acallar toda estrategia que atente contra su estabilidad.

Lo sucedido el pasado martes en la Facultad de Ciencias Económicas desnudó algunas verdades. No solamente, y tal como era su objetivo, volvió a poner de relieve el reclamo por el asesinato de Maxi y Dario y visibilizó el pedido de justicia, sino que también desenmascaró una verdad intrínseca de la corporación política y su funcionamiento.

No es casual que la mayor parte del arco de la burocracia política haya cerrado filas y que actores integrantes de los partidos tanto del oficialismo como de la oposición hayan mostrado su respaldo a Felipe Solá. Aníbal Fernández declaró “me solidarizo con él, porque no tuvo nada que ver con las muertes de Kosteki y Santillán” y María Eugenia Vidal, tergiversando los hechos ocurridos, hizo lo propio al expresar: “repudio toda manifestación de violencia”. Estas declaraciones no son casuales y mucho menos fruto de la desinformación.

El sistema impone qué prácticas son legítimas y cuáles no. El escrache emerge como un atentado contra la hegemonía política y su impunidad y es por ello que los defensores del statu quo salen en conjunto a expresarse en contra de esta acción para menguar su capacidad desestabilizadora.

La metodología de reclamo usada por Leonardo Santillán y la Comisión Independiente Justicia por Darío y Maxi, es una afrenta a la endogamia del sistema. No porque la intervención desemboque en el fin del sistema mismo, sino porque este tipo de acción no está contenida dentro de los canales previstos y le da la espalda a las vías de participación que la hegemonía diseña, estructura, impone y defiende. De esta forma la participación enunciativa o declarativa se propugna y se castiga a quienes, ante el vacío de justicia, van más allá.

La reacción de los “de arriba” radica en el temor que tienen a una participación que no depende de los aparatos institucionales diseñados para aprisionar con un juego de pinzas toda idea disruptiva. A través de acciones como esta es posible observar las relaciones políticas que en los sistemas democráticos quedan encubiertas bajo diversos mantos, principalmente el de las normas jurídicas que rigen las instituciones y las muestran como instrumentos igualitarios. Una diferencia entre los autoritarismos y las democracias es el nivel de nitidez con el que nos es posible reconocer los dispositivos reales de funcionamiento. Como lo expone Giorgio Agamben, el campo de concentración representa el escenario extremo de la transparencia política mientras las democracias guardan en su interior una mezcla casi invisible entre norma y excepción.

Mientras en el marco de las reglas de dichas instituciones la participación es un adorno discursivo no vinculante; el escrache, en cambio, ubica a los afectados en el centro, no como meros espectadores o sujetos consultivos, sino como protagonistas. En este tipo de acciones no hay transacciones burocráticas ni mecanismos por medio de los cuales se pueda encorsetar al sujeto que reclama, y eso fastidia a la corporación política.

Lo anterior no significa despreciar la democracia y la participación mediante vías electorales, pero si nos advierte que si disputamos poder en este ámbito, enfrentamos un desafío extra que es el de garantizar, no sólo la participación de las clases populares en las distintas esferas del Estado, sino también el de transformar las reglas actuales con las que las instituciones se desarrollan.

El llamado al rescate de la legitimidad del escrache es indispensable en tanto ha sido una herramienta de lucha del poder popular ante la impunidad del Estado. En Argentina el uso más reconocido de este método se remonta a los años 90, cuando organismos de derechos humanos se enfrentaron a instituciones y partidos políticos dominantes que promovían la impunidad de los represores de la última dictadura cívico-militar. El escrache aparece cuando las instituciones cierran el camino y dan la espalda a reclamos legítimos. Por eso, su apología.

La acción del pasado martes fue para los compañeros y familiares de Maxi y Darío una vía de acción, un grito, ante la inexistencia de justicia. Para los políticos y los medios hegemónicos significa una pedrada que golpea el sistema de equilibrios que garantiza las injusticias y su permanencia en el poder. Así las cosas, en tanto el campo popular no logre ocupar un lugar de preeminencia en las instituciones o mientras éstas ignoren los legítimos reclamos, el escrache deberá ser concebido como una vía legítima de acción.