Aprender, un acto de transgresión

Por Agustín Bontempo / @agusbontempo

El último martes se llevó adelante el Operativo Aprender. Sin un análisis sobre sus resultados, nos centramos en cuál es la real crisis educativa en nuestro país.

No importa tanto cuál es el gobierno, en qué momento político y social nos encontramos ni cuáles son las necesidades de la población. Hay algo que siempre es concreto, indiscutible, aceptado, naturalizado: la educación está en crisis.

A esta máxima no se la cuestiona profundamente, mucho menos epistemológicamente. La sociedad y su ideología, entendiendo a esta como las prácticas concretas de sus integrantes, no sabe bien qué dice, pero lo dice y estas aseveraciones tienen sus consecuencias. Por ejemplo, el Operativo Aprender.

A continuación se propone un breve análisis, para nada acabado, que intenta promover algunas discusiones necesarias para superar esta crisis.

Un aparato ideológico

Louis Althusser, postmarxista de linaje estructuralista, es conocido entre otros escritos por su texto llamado Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Este periodista no coincide con la teoría en general del autor, pero nos resulta interesante para analizar determinados contextos o situaciones (de allí una de las diferencias, la insuficiencia de análisis de un todo y sus relaciones).

Althusser habla de ciertas instituciones que no solo garantizan sino que promueven una determinada ideología que, claro está, es la que corresponde a la clase dominante. Y dice que, en nuestro tiempo, la principal es la Educativa. Tener a una persona durante 10 o 12 años, cinco veces a la semana, al menos 5 horas al día, son razones suficientes para creer que allí se consolida una forma de vivir en el mundo.

Si pensamos en la escuela con todo su andamiaje curricular, su política pedagógica, su inmersión en el mercado, podemos entender cuál es la formación que promueve al ver la sociedad en la que vivimos, donde reina el tener por sobre el ser, dónde la meritocracia es moneda corriente mientras la solidaridad es materia pendiente. Es en este contexto donde el Estado Nacional, por medio del gobierno que detenta su poder, decide aplicar un operativo (y no un programa, por ejemplo) para evaluar la crisis educativa de acuerdo a saberes previos de niños, niñas, adolescentes y docentes.

¿Alguien quiere pensar en las y los niños?

Cuando las y los docentes deciden hacer una huelga, los medios masivos de comunicación y buena parte de las personalidades que garantizan la formación de opinión pública aseguran: otras vez los docentes dejan a miles de niños sin clases. Poco importa si el reclamo es por salario. Todas y todos creen que sí, pero molesta porque había otros métodos (alguien alguna vez dirá cuáles) y, especialmente, porque ganan mucho, muchísimo. ¿Cuánto más quieren?

Son pocas las personas que realmente saben que no, que las y los docentes como conjunto de clase no solo no ganan mucho, sino que ganan poco. Y que las excepciones a eso vienen de la mano de trabajar a turno, contra turno, en casa durante la cena y a veces en el parque con sus hijos e hijas. Y esto no se paga como hora extra, claro. ¿Alguien sabe cuanto dinero gana Messi por patear una pelota? También me gusta el fútbol, pero no seamos cínicos, por favor.

Además del salario existen problemas de infraestructura, en el mejor de los casos. ¿Cuántas veces pensamos en la necesidad de sostener comedores para que las y los niños, más allá del ánimo de aprender, tengan ánimo de comer?

Nos alegra cuando vemos docentes que se embarran hasta la rodilla por pura vocación, pero molesta cuando reclama por un pasar mejor. Pero más grave es ver que este Estado forma, y esta sociedad avala, un vocacionalismo mercantilista que no se compromete con los procesos de enseñanza/aprendizaje que demanda este momento histórico, como diría Perla Aronson.

Esto que mencionamos compone, en parte, lo que le interesa a Sandra Carli en buena parte de sus estudios sobre experiencia académica. Cuando pensamos en la historia y el transcurrir del tiempo en la educación, nos remitimos naturalmente a las vivencias y transformaciones de tal o cual institución. Sin embargo aquí nos preguntamos: ¿Qué rol juegan los niños y niñas dentro de la escuela? ¿Y el resto de sus integrantes, esencialmente las y los docentes?

Cuando cada joven se sentó en su pupitre y observó aquella evaluación (como tantas otras, tantas veces), ¿qué habrá pensado? En algunos casos en dar lo mejor de si, en otros en cuánto extrañaba la merienda del día anterior o tal vez en el barro que tenía que atravesar para llegar en medio de un día lluvioso a su hogar en un villa sin urbanización.

El sistema educativo actual tiene una crisis y es su intento de homogeneizar las diferencias, sin importar los contextos que anteceden al momento de iniciar la clase. La crisis se agrava cuando notamos que esa igualación negativa puede condicionar todo lo que cada imaginación particular puede aportar desde la diferencia. Y todo esto pasa desde el momento en que se iza la bandera hasta la salida ordenada y en fila al cierre de la jornada.

No queremos caer en un reproductivismo barato. De esto se puede salir. Pero hoy una de las grandes victorias del capital es su consolidación cultural y la escuela tiene el 10 en la camiseta.

Táctica y trasgresión pedagógica

Diremos que todo lo mencionado hasta aquí no es casual. Si hacemos uso del concepto de Estrategia de Michel De Certeau, podemos asegurar que es en el Estado donde se concentra el poder y desde allí se tejen los diferentes mecanismos de dominación, no sin antes contar con los aliados del empresariado en este tándem que constituye a la clase dominante.

No es casual que falte infraestructura para el desarrollo sano y saludable del conjunto de las y los niños, pero especialmente de quienes viven en condiciones de pobreza (casi el 50 por ciento), mientras la educación privada y la iglesia (dos grandes aparatos ideológicos, diría Althusser) siguen recibiendo subsidios millonarios.

No es extraño que las y los docentes cuenten con bajos salarios y que frente a una huelga se los culpe de dejar sin clases a niños y niñas, cuando en realidad dan el ejemplo de que luchar también es enseñar.

Frente a esto, siguiendo la linea de De Certeau, las y los trabajadores y el conjunto de la sociedad tienen su táctica de resistencia y son pequeñas acumulaciones de poder. Desintegrado, diverso, que no parece ser transformador pero que, posiblemente, va dejando huellas. Hacemos referencia a la organización docente, sí, pero también a los Centros de Estudiantes, a los talleres, a las actividades extracurriculares que tienen alguna sensibilidad social cuando no un compromiso político integral.

Y también está el aula, ese lugar donde las y los docentes, dirá Paulo Freire, pueden generar un saber crítico, ya que es la obligación que exige un rigor metódico en los términos del brasilero, donde se pueda enseñar a pensar correctamente.

El aula es el lugar donde las y los docentes pueden preocuparse y respetar los conocimientos y las cargas valorativas que cualquier alumno o alumna tiene antes de ingresar a la institución y poder promover la curiosidad, motor de la crítica.

Y algo de suma importancia: la “corporificación de las palabras en el ejemplo”. Las y los docentes son quienes pueden hacer lo que dicen y comprometerse así con una verdadera transformación.

¿Alcanza todo esto? No lo creemos. Pero si criticamos a la escuela desde la perspectiva meramente reproductivista o queremos salir del meollo con la desescolarización que tanto le interesa a Ivan Illich, estamos en problemas. Preferimos a Freire y poner a la pedagogía como una herramienta de transformación siempre que esté incluida dentro de un programa político. Mientras tanto, a transgredir.

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