Artesanxs de San Telmo: el conflicto en la Feria

El jueves de la semana pasada sobreseyeron a las y los 14 artesanos de San Telmo que todavía tenían causas abiertas por el infalible recurso jurídico de “resistencia a la autoridad”. Detenidxs violentamente en marzo de este año por la Policía de la Ciudad, unx de lxs protagonistas narra los hechos que llevaron al desalojo y a la resistencia organizada de los y las artesanas de San Telmo.

Por Artesanos Unidos de la calle Defensa* | Foto de Hernán Vitenberg

El domingo 13 de enero, apenas comenzado el año, la tradicional feria de artesanos y artesanas de la calle Defensa amaneció convulsionada. El cuerpo de la Infantería de la Policía Federal se desplegaba sobre la Avenida Independencia, con sus vehículos y uniformados, cumpliendo la expresa misión de impedir el armado de la feria que allí funcionaba cada domingo desde hacía al menos diez años. Un emblema de identidad y cultura de nuestra Ciudad, visitado por cientos de miles de turistas de todo el mundo, estaba impedido de trabajar, avasallado en cuatro de sus más vitales cuadras, como consecuencia de la presión que los sectores más privilegiados de San Telmo ejercían sobre los poderes represivos para su desalojo, porque ya no podían tolerar que el paseo que los artesanos habíamos organizado sobre esta calle se hiciera tan popular y fuera tan visitado. No les alcanzaba con ser los dueños de los comercios y locales más fastuosos. Querían barrer la calle y ocupar el mismo espacio. No soportaban ver a un artesano vendiendo. Era inconcebible observar a un trabajador, una vez por semana, viviendo de lo que es capaz de hacer con sus propias manos.

Para desplegar este proyecto represivo, consistente en destruir la feria que históricamente armaba entre el 800 y el 1100, el Gobierno de la Ciudad acordó con la cúpula de la Cooperativa El Adoquín -conformada por Gabriela Olguín y Alberto «Beto» Cortés», articulados a la CTEP mediante el Movimiento Evita– en un pacto concertado a espaldas de la mayoría de sus integrantes, fuera de toda asamblea y participación horizontal, el desalojo de esas cuadras y el traslado de lxs artesanxs que allí trabajábamos para ser reubicadxs sobre el 700, donde ya existía otra feria que funcionaba activamente desde hacía por lo menos una década.

Si Evita supiera

El Adoquín era una Cooperativa de trabajo bastante desprolija que venía operando en el territorio desde hacía algunos años. Sus referentes ganaron cierta legitimidad entre un grupo importante de artesanxs porque a lo largo de esas cuadras la feria se organizaba horizontalmente, sin líderes ni organizaciones verticalistas que tomaran decisiones por encima del resto. Los miembros de la Cooperativa aprovecharon ese hueco para hacerse visibles. Aguantaron algunos operativos policiales que enviaba el Gobierno de la Ciudad, y también facilitaron la entrega de créditos y el cobro de los llamados salarios sociales entre lxs compañerxs que atravesaban situaciones económicas vulnerables. Sus principales referentes, los mencionados Gabriela Olguín y Beto Cortés, militaban en la CTEP y con algunos abogados prestados decían estar en diálogo con el Gobierno de la Ciudad para negociar la definitiva legalización de la feria. Esa legalización nunca llegó. Y tampoco existen pruebas concretas del supuesto diálogo que mantenían con el Gobierno. Una cantidad importante de artesanxs jamás les creyó nada. Este grupo avisó desde un primer momento que El Adoquín venía a romper la feria, a infiltrarse en el territorio, a hacer el trabajo sucio para politizar un espacio con el objetivo de utilizarlo como plataforma política para sus mezquinos intereses personales.

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El pacto de entrega y sumisión

El acuerdo furtivo para desalojar las cuadras que van del 800 al 1100 fue disfrazado como un convenio de traslado, como la legalización formal de la feria, como un logro que favorecía a cientos de trabajadores, cuando en realidad fue la traición, fue la operación lobbista, fue la manipulación, el ultraje, la rosca, fue el apretón de manos entre quienes tejen en la sombra privilegios personales. Las oscuras partes de este convenio, supuestos enemigos en la práctica pero cínicos socios en el reparto de los privilegios, desde meses atrás pretendieron debilitar las voluntades de lxs artesanxs, quebrantar la resistencia de lxs trabajadorxs. No convocaron audiencias ni llamaron a asambleas para debatir resoluciones, compartir opiniones ni contemplar el posible destino de la feria. No. Vallaron las cuadras silenciosamente, apilaron escombros durante los días de semana y levantaron adoquines teatralizando reformas inexistentes para inutilizar el espacio, invadir el territorio y desgastar los ánimos. Para que cuando anunciaran el pacto cobarde consistente en entregar las cuadras a la oligarquía de San Telmo, la gente urgida por su necesidad de trabajo aceptara el traslado miramientos sin contemplaciones.

Cuando el 13 de enero El Adoquín llegó con la Policía e intentó armar sus puestos en el lugar de lxs compañeros desplazados del 700, la Cooperativa dejó de existir ese mismo día. La mayoría de sus integrantes rechazó el permiso que otorgaba el derecho a armar sobre el cementerio de otrxs compañerxs. Desertaron como miembros de una agrupación que se reveló traidora y sumisa de los poderosos. Aunque muchos fueron amenazados de que se les iba a quitar el salario social si no respondían a esa maniobra, decidieron sin ninguna duda abrirse del oprobio sin importar las necesidades. No iban a aceptar de ningún modo armar su puesto sobre el cuerpo de un compañero expulsado. Lxs compas del 700 no pudieron armar. Pero El Adoquín tampoco porque no pudieron entrar ni con los uniformados. Había nacido la resistencia.

Entonces fue la unión y la lucha, fue la organización. Los desertores de El Adoquín, junto a lxs afectadxs del 700 se unieron para defender sus tradicionales espacios de trabajo. Comenzaron las marchas, las asambleas, la presencia de los medios gráficos y televisivos, la difusión, los festivales, las actividades, el apoyo de gran cantidad de ferias, de numerosas organizaciones y personalidades públicas. Así estuvimos diez fines de semana, aguantando los operativos que enviaba la fiscal Celsa Ramírez, resistiendo las provocaciones de la Policía, el amedrentamiento por parte del Cuerpo de la Infantería, los atropellos del personal del Ministerio de Ambiente y Espacio Público, que desconocía profundamente las características del territorio y argumentaba razones que insultaban la inteligencia, demostrando claramente que respondían a intereses inconfesables.

Entonces fue la represión

El 10 de marzo las autoridades del Gobierno de la Ciudad desataron la cacería y nos enviaron a todas las fuerzas de seguridad de la zona, al cuerpo armado de la Infantería, a las patrullas de Espacios Públicos, infiltraron gente de civil para provocar y legitimar su violencia. Como una estrategia militar de un régimen sanguinario y represivo, llegaban en motos, montados de a dos, con las armas largas levantadas, exhibiendo con soberbia todo su armamento y haciendo rugir los motores como estrategia para atemorizarnos. Eran como cien. Y entraron a pura tropa. Tiraron gases a vecinos y turistas, destrozaron puestos y mercadería, golpearon indiscriminadamente a las personas, causaron numerosos heridos y se llevaron detenidas a 18 personas.

Esxs 18 detenidxs sufrieron lesiones y debieron atravesar situaciones traumáticas. Pasaron la noche en una celda y fueron víctimas de causas armadas, algunxs por apoyar la lucha y otrxs sencillamente por estar ahí sin siquiera saber lo que sucedía.

Pero la resistencia no se detuvo. Pese al desgaste y las persecuciones, lxs compañerxs del 700 lograron recuperar sus puestos de trabajo en el lugar que pretendía ocupar El Adoquín. Muchos eligieron irse a trabajar a otras ferias, porque por diferentes razones no todxs estaban en condiciones de aguantar una lucha tan prolongada. Otros fueron reubicados entre el 150 y el 700 de la calle Defensa, en espacios que también generaron malestares y conflictos en los puestos de las otras cuadras.

El conflicto afectó a alrededor de 400 compañerxs que hoy siguen trabajando como pueden, en espacios repartidos en una feria que sigue sufriendo la persecución y el hostigamiento de los sabuesos del Ministerio de Ambiente y Espacio Público, pero que gracias a la organización y resistencia podemos seguir defendiendo nuestros puestos en el contexto de una gestión política insensible y despiadada.

Es un proceso que aún no termina. Muchxs pudieron volver a trabajar, otros continúan en estado de incertidumbre. Las cuadras que van del 800 al 1100 hoy están desocupadas. Por ahora es el territorio que perdimos a causa del pacto de sumisión y reverencia que la burocracia sindical firmó rendida ante los dueños de San Telmo.

Las causas armadas

Lxs compañerxs detenidxs tras la represión del 10 de marzo fueron víctimas de causas armadas y fueron sometidos a un proceso judicial arbitrario propio de un Estado autoritario. Lxs acusaron de agresión a las fuerzas policiales y desorden en la vía pública. Las causas fueron engrosadas por denuncias hechas por los mismos burócratas sindicales que alardean defender a lxs artesanxs: los impresentables referentes de la Cooperativa de Trabajo El Adoquín e integrantes de la CTEP, Gabriela Olguín y Beto Cortés, que acusaron ante los poderes del Estado a lxs compañerxs independientes que no pudieron manipular y que eran trabajadorxs que estaban luchando por mantener sus puestos de trabajo.

Lxs encausados debieron acudir a lxs abogadxs necesarios en busca de asesoramiento y representación para ese injusto proceso. La jueza Celsa Ramírez, estrella del Gobierno de la Ciudad y enemiga de lxs trabajadorxs precarizadxs, promovía que estas causas siguieran abiertas y fueran a juicio. Pero luego de varios meses de incertidumbre, el 3 de octubre se realizó la Audiencia judicial, donde finalmente –y para alegría de todxs–, lxs compañerxs fueron sobreseídxs porque las acusaciones carecían de pruebas y argumentos.

Derechos de todxs o privilegios de pocxs

La historia es una rueda que gira, una trama que por un lado enfrenta a quienes luchan por ampliar los derechos de todxs, contra quienes se agrupan en la vereda oscura para defender los mezquinos privilegios de unos pocos.

Las cuadras del 800 al 1100 hoy están desocupadas pero no vacías. Allí hay una feria que falta. Una feria que fue traicionada por quienes decían defenderla, y que fue reprimida por un Estado policial autoritario de un Gobierno que reverencia al dinero y desprecia a las personas. Pero a pesar de la persecución, la provocación, el hostigamiento, los operativos, la represión, las detenciones y las causas armadas, es una feria que quiere volver. Porque es un hermoso y reconocido espacio de identidad que habíamos sabido construir semana tras semana.

Para algunos, el tiempo es dinero. Para otrxs, en cambio, el tiempo sólo es un camino a transitar o un camino transitado. Hay una feria que espera por nosotros. Y ese camino habita el tiempo que se viene.

*Publicada originalmente en Frente Artesanos y Artistas en Lucha

Lee la cobertura de Marcha del conflicto:

Artesanxs de San Telmo