Bitácora editorial. XX: Baldosas pintas

Bitácora editorial. XX: Baldosas pintas

Por Juan Guinot. Venía pensando en ella y ¡zás!, apareció. La editora escuálida, Puerta del Libro, me tiene más controlado de lo que pensaba.

Ayer apareció este textito en una de mis entradas del Facebook:

Puerta Del Libro: Querido Juan, el lunes a las 9,30 estoy en el bar. Espero que la moza no falte.

Casi no dormí. Con esto que entre ellas tienen cuentas pendientes, soñé que la Faca Coloraba (la moza) achuraba a la escuálida (Puerta del libro) sobre mi mesita predilecta del bar. En esa pesadilla hasta aparecía el móvil de Crónica TV para transmitir todo en directo y yo me veía doble (en la pantalla de la tele del bar y de cuerpos presentes dentro del bar) con la editora destripada a mis pies y la moza con la cuchilla en la mano meta zapatear arriba de la mesa.

De la pesadilla me sacó un combo sonoro: estallido de vidrios más bocina de alarma. Seis pisos debajo de mi cama, uno de los pibes de la Misa de los Empleados del Millón seguro que robaba para mí.

Intenté recuperar el sueño, pero el resto de la noche me la pasé pensando si mi sueño no sería una premonición, si en realidad, unas horas más tarde, al reencontrarse la Moza del bar con Puerta del libro yo sería testigo de un asesinato.

Salté de la cama. Con mate en mano, me metí en el escritorio. Para no pensar en lo que se me venía, intenté retomar la escritura de la novela que abandoné en el capítulo veinte, hace ya unos meses, para dedicarme a cumplir con la espantosa tarea de la editorial de Puerta del libro, pero no avancé ni una coma.

Son nueve y cuarto y, sin hacer mucho ruido ni saludar a mi esposa, bajo al bar.

Al franquear la puerta, me encuentro con mesas vacías y me detengo. Miro como buscando en el medioambiente del bar que florezcan las señales de mi sueño premonitorio, pero, por suerte, algo ya no coincide con el bar de mis pesadillas: la tele está apagada. “¿Cómo te va hincha de Boca?”, la voz del mozo del turno tarde me descoloca. “Cambiá esa cara, deberías estar contento ahora que Grondona te acomodó el campeonato, te acomodó” y en lugar de pensar en el fútbol, pienso en que tengo delante de mis narices una segunda, y muy importante, diferencia con mi sueño: la moza (La Faca Colorada) no vino a trabajar.

Le cambio de tema, le pregunto por la moza y me contesta: “Algo pasó, el patrón me llamó anoche, eran como las doce, eran, y me dijo que la colorada no venía”. Con cara de casi no me interesa, pero con voz de urgencia le pregunto al mozo si a ella le había pasado algo malo. Mira con ojos cínicos y larga “Debe andar con sangre entre las patas, debe andar” y el corazón me deja de latir, las manos sudan frío y él prosigue “Sabés como son las minas, les viene la regla y mejor es no tenerlas cerca porque hasta el fútbol te joden” y se da media vuelta para meterse detrás de la barra. A la espalda del mozo le pido que me lleve un té de tilo a la mesa de siempre y un espasmo del omóplato derecho confirma la aceptación de mi pedido.

Aparto una silla, me siento a la mesa, debajo de la tele apagada, de frente al patio y descubro que la bici del ex mozo devenido en Pastor está tirada sobre una alfombra de vidrios rotos. Ajusto la mirada y descubro que las baldosas están pintadas con sangre. Arrastro la silla hacia atrás para despegarme de la mesa e ir al baño para ver de cerca qué pasó en ese patio y una mano engarza dedos y uña en mi hombro izquierdo.

“Qué alegría reencontrarte, siempre inquieto, vamos, acomodate en la mesa que ya viene tu tecito” Puerta del libro suelta sus garras de mi hombro, hace un semi rodeo a la mesa y se sienta justo para taparme el patio. “¿Estás bien?” me pregunta y le digo que sí. “Me alegro, porque yo estoy viviendo el mejor lunes de mi vida”.

Le pregunto, por preguntar, si es uruguaya y no me presta atención porque está indicándole al mozo que le traiga un café cortado y luego vuelve a mirarme: “Disculpame, ¿decías algo?”, le digo que no y ella toma el mando de la tertulia: “Mirá, tenés que darme la novela que mandaste al concurso de Clarín, eso que armaste con el material que te pagué y escribiste para mí”.

La corto en seco recordándole que ese material no me lo pago porque me dio un cheque sin fondos. Ella pone gesto de ofidio y saca dos veces la punta de la lengua y suelta: “Juan, ¿podés dejar de especular con el arte y con mis conocimientos? Gracias a mi guía vas a ser famoso, vas a publicar tu primer libro y me respondés así. Sos un desagradecido”. Habla a grito pelado y le pido que se calme, que prefiero conversar como personas civilizadas y se pone de pie: “Sos un hipócrita, vos preferís hablar como mercenarios y la cultura no es una golosina, no estás en Arcor, no soy un kiosco, soy la que fabrica el alimento del alma, la literatura, mi trabajo es sagrado y estás cometiendo un grave pecado al hablar así”.

Le insisto en que se siente y le pido disculpas sin creer que se las deba pedir. Ella se sienta porque aparece el mozo y no cambia el gesto de ofidio, eso sí, a la lengua no la saca porque tiene la mano izquierda sobre sus labios. Mientras el mozo completa la ceremonia de servir el té y el café en completo silencio, trato de retomar fuerzas para decirle que me debe la plata del premio literario “Del Campo a la Ciudad” de la ciudad de Ameghino, que pagaba alguien del Gobierno y que supuestamente yo iba a ganar. El mozo nos vuelve a dejar solos y, anticipándose a mi reclamo, retoma la perorata: “Dónde está esa moza, la, ¿Cómo le dice el matarratas `Faca Colorada`? No sabes el miedo que le tengo. Tanto que me quería ver y ahora que estoy acá, ¿se escondió? Porque esa pavadas de la estrella del medio que leí en tus notas de Facebook, vamos, a mi que no me meta en sus quilombos.”

Habla con aires de superada y tono medio de voz. Pongo cara de que no entiendo lo que me dice mientras bebo mi té de tilo. La editora cambia el gesto y con una sonrisita maliciosa me dice “Vamos Juan, ¿te pensás que no leo tus bitácoras? No sabés qué útiles que me son”. Le digo que le agradezco que me lea y ella me responde: “Lástima que para algunas, las palabras hieran mortalmente” y oscurece media faz del rostro con el humito del café cortado que liba de a sorbos, haciendo ruido, cosa que me exaspera de quien provenga y en el momento que sea.

Baja la taza, mira su reloj y me dice “ya me tengo que ir, como vuela el tiempo cuando uno la pasa bien. Dale, metele pata al libro, queremos sacarlo antes de la elecciones que después nadie tendrá un billete para gastar” y ella ya está de pie, da un paso al frente y no me doy vuelta para verla salir, compongo el sendero de su partida por el arrastre de las patas de las sillas que ella empuja antes de abrir la puerta de calle.

No puedo creer en el quilombo en que estoy metido. Ahora tengo que darle a ella la novela que mandé a Clarín. No da para que me haga mala sangre a cuenta, al concurso de Clarín no lo gano ni en pedo. Miro al patio, esos vidrios, la bicicleta tirada y las gotas de sangre en el piso. ¿Y si esta o el ex mozo devenido en Pastor o alguien que ellos mandaron vinieron a hacerle algo a la moza? No, no quiero ni pensar que fue por mi culpa, por esto que escribo en las bitácoras editoriales.

“Juan, este sobre estaba en la caja, es para usted”, reaparece el mozo del turno noche, esta mañana de reemplazo. Manoteo el sobre y el mozo no se mueve. Lo miro como queriéndole decir que puede irse y él me contesta “Ábralo sin vergüenza, a mi no me molesta que lo haga delante de mí” y ya no estoy para pelearme con más nadie, abro el sobre. Adentro hay cinco billetes de cien pesos, cinco monedas de veinticinco centavos y una nota. Me pongo de costado para que el mozo no llegue a leerla:

“Juan, te dejo esto que sobró de lo que te recaudaron los pibes. El jueves, andá al templo con las monedas, metételas en los bolsillos del pantalón, dales una alegría a los pibes del Parque. Ojalá que puedas salir de la estrella del medio y que puedas ayudarme a salir a mí”.

Trago saliva, le pido al mozo otro té. Doblo la nota y la guardo dentro del bolsillo de mi camisa. Meto las monedas en los bolsillas de atrás de mi jean así me quedan ahí hasta el día de la misa de los Empleados del Millón. Recuento los billetes de cien y una sombra se corporiza a mi lado y me habla, “Qué bien lo va llevando. Me imagino que esto es por el cierre del negocio y que me devolverá lo que es mío”. El policía de la esquina, ese que mantengo desde hace varias semanas, aparece en el momento menos esperado.

Le digo que si quiere le doy la guita y él me dice “No, esa es suya, los pibes del Parque lo eligieron, quédesela. Pero a ellos me los devuelve. No me quieren trabajar porque dicen que están muy ocupados con el trabajo suyo. Juan, ya se lo dije, salga de ahí, no se meta en mi negocio.”

Con actitud y gesto de cordero que está panza arriba sobre la mesa del sacrificio le perjuro que esta misma semana les digo que no me junten más plata y le prometo que en la misa el jueves les voy a pedir que vuelvan con él. El policía me pega un coquito en la cabeza y me dice “Eso espero. Sepa que acá, el que mea contra el viento se moja de sangre. Vaya a misa, rece a los Empleados del Millón, rece mucho, pague con este dinero sus pecados y piense en aquellos que ya no están. Piense mucho, para no olvidarse de usted”.

El policía se va y queda de frente a mí la puerta que da al patio del bar y veo la bici tirada, el piso alfombrado por vidrios rotos y las gotas de sangre impresas sobre el dibujo de las baldosas.