Boca nos manda al teatro

Por Gabriel Casas. En un fútbol argentino que navega en las aguas del exitismo, resulta tarea difícil criticar a los campeones o a los ganadores. Los cultores del resultadismo nos han hecho creer que lo único que importa es ganar. Como sea. Y este Boca de Julio César Falcioni es el mejor exponente de esa religión.

Gana casi siempre, pero nunca regala algo extra al espectáculo. Y sus jugadores tienen el libreto bien aprendido. Como dijo Rolando Schiavi, uno de sus referentes, al hacerle frente a las críticas por el juego del domingo ante River: “si no les gusta el fútbol de Boca, que vayan al teatro”.

Por estas horas, tras ganar los dos superclásicos en una semana, a los hinchas de Boca poco les debe importar que les hablen de belleza futbolística. Vienen de salir campeones invictos y con el arco menos vencido en la historia de los torneos cortos. Una solidez defensiva que se transformó en su mayor fortaleza. Ahora, para los imparciales, es otro el cantar. Difícil que alguien pague una entrada para ver a este Boca. Sí, evidentemente le haríamos caso a Schiavi: es preferible ir al teatro.

La diferencia entre los grandes equipos y los buenos tiene que ver con la huella que dejan en la historia por su manera de jugar. Campeones hay muchos. Pero también hubo grandes equipos que no terminaron festejando el título, como el Huracán dirigido por Angel Cappa en el 2009. Fue el último que revolucionó con su juego nuestro fútbol doméstico y logró legitimidad en propios y extraños. Pasarán muchos años y no sólo sus hinchas lo seguirán recordando.

Que se entienda, Boca es un equipo sólido. Fue un justo campeón en un torneo donde nadie jugó bien. En el reino de los ciegos, el tuerto es rey. El reclamo es porque tiene jugadores para mostrar algo diferente: Riquelme, Erviti, Chávez, Mouche, Rivero. Ahora les sumó al uruguayo Silva y a Ledesma. Solamente tiene que proponérselo en serio.

Schiavi también dio en la tecla al decir que “si buscás un equipo que juegue mejor que Boca, no lo encontrás”. Ahí radica el mayor problema. Nadie pide que se juegue como el Barcelona, que está repleto de figuras mundiales, pero tampoco es cuestión de conformarse con ganar como sea. Aunque cada vez sean menos los que aspiran a ver un buen espectáculo en una cancha y no tener que ir al teatro.