Bolivia: claves sobre el divorcio del poder

Un análisis exhaustivo sobre la situación política, económica y religiosa de Bolivia para entender los últimos días en el país vecino y sus posibles desenlaces.

Por Daniel Wizenberg (*) / Foto: Natacha Pisarenko 

Las fuerzas armadas le sugirieron al presidente Evo Morales renunciar, la policía se amotinó, un opositor entró al palacio presidencial con la Biblia en la mano, le quemaron la casa a funcionarios y también la bandera whipala en la plaza central. En Bolivia hubo un golpe de Estado.

Ahora el país está bajo el gobierno de facto de Jeanine Áñez: una presidenta literalmente coronada por un militar. Además de llegar tras un golpe, Áñez arriba sin ningún programa de gobierno. Si su gestión dura algún tiempo, es más probable que se dedique a desactivar que a activar, a desarticular que a articular. Ya nombró su primer gabinete y dijo que llamará a  elecciones. El nuevo ministro de gobierno, el senador de ultra derecha Arturo Murillo, dijo: “vamos a ir a la cacería de Juan Ramón Quintana (el ministro de la Presidencia de Morales) porque es un animal que se alimenta de sangre”. Para algunos, podemos hablar de una “contra-revolución”.

Este miércoles los diputados y senadores de la bancada mayoritaria (del partido de Evo: Movimiento al Socialismo) no pudieron ingresar al Palacio Legislativo y muchos fueron reprimidos por la policía. La lideresa del movimiento, la senadora Adriana Salvatierra, presidenta legítima del Senado y, por tanto, en línea sucesoria, fue brutalmente golpeada y por las fuerzas del orden público cuando lo intentó.

Es posible que, como bien las señala la analista Yanina Welp, haya habido irregularidades, en la elección presidencial. Aunque un informe que llega desde Washington lo desestima, pero eso ya es viejo.

Después de la elección sucedió algo peor: derrocaron al presidente antes de que terminara su mandato. Como en los rituales de casamiento, se usó –en este caso para divorciarse del MAS (para dar el golpe al partido en el gobierno)–  algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul.

Un partidario del expresidente Evo Morales devuelve un bote de gas lacrimógeno a la policía durante enfrentamientos en La Paz, Bolivia, el miércoles 13 de noviembre de 2019. (AP Foto / Natacha Pisarenko)

Algo prestado: la OEA

Todos los golpes de Estado tienen condiciones que lo propician. En este caso no es solo la descuidada elección presidencial sino algo que viene desde hace mucho antes.

Todo comenzó el 21 de febrero de 2016 con la pérdida del plebiscito convocado para habilitar un nuevo mandato. En lugar de buscar una sucesión, Evo Morales prefirió impulsar un fallo del Tribunal Constitucional que terminó aceptándolo. La OEA (Organización de Estados Americanos) entró en escena: la oposición presentó un reclamo ante su secretario general, Luis Almagro, pero este lo rechazó y respaldó la legalidad de la candidatura de Evo.

El 20 de octubre de este año fueron las elecciones: Evo obtuvo el 45,28 por ciento de los votos contra el 38,16 de Carlos Mesa según el escrutinio provisorio. En Bolivia se necesita una diferencia de al menos 10 puntos porcentuales para evitar la segunda vuelta y hasta ese momento del conteo y de la jornada no había pasado. El conteo se interrumpió durante la noche y se reanudó horas después y los bolivianos amanecieron con un cambio de tendencia que consagraba a Evo ganador en primera vuelta. Eso desencadenó una serie de críticas desde la oposición y de los movimientos anti reeleccionistas (movimientos cívicos) haciendo foco en las “irregularidades” del proceso. Las tensiones derivaron en las renuncias de los responsables del conteo rápido pero eso no calmó los ánimos de los cívicos. La OEA primero sugirió que hubiera ballotage aunque luego aceptó participar de una auditoría de la elección que determinó que “hubo irregularidades”. El secretario general Luis Almagro afirmó estos días que hubo un golpe de Estado contra Evo pero también “fraude”. Una palabra que en el informe no se confirma.

Soldados se paran frente a carteles electorales del expresidente Evo Morales en El Alto, en las afueras de La Paz, Bolivia, el martes 12 de noviembre de 2019. (AP Foto / Natacha Pisarenko)

Algo viejo: las Fuerzas Armadas

Un sector de la sociedad boliviana organizada en partidos políticos minoritarios encontró dónde hacer presión y conseguir resultados. Detrás de las protestas de una parte de la sociedad civil y de los movimientos anti reeleccionistas, se entretejían lazos más profundos que pronto pondrían nombre y apellido al caos: Carlos Mesa y Fernando “Macho” Camacho. Dos hombres que surgieron en la “rebelión de la Media Luna” del 2008 cuando Bolivia vivió un proceso de sedición de las regiones más ricas.

En un contexto de tensión en ascenso, el gobierno de Morales aceptó las observaciones de la misión electoral de la OEA en un intento de institucionalizar las demandas sociales. Pero esa movilización opositora al gobierno de Morales fue mutando y radicalizando su reclamo: primero pedían la realización de un ballotage, luego nuevos comicios y luego directamente la renuncia del presidente.

Ante esa tensión social, desde el gobierno evitaron confrontar abiertamente en las calles. Eso le dio cada vez más espacio a la oposición que sumó a los policías que se amotinaron y luego vino la “recomendación” de las FF.AA. A todo eso hay que sumar las amenazas y el vandalismo de los fanáticos anti evismo (no sin decenas de manifestaciones racistas), que llevaron al gabinete y luego a la cúpula del ejecutivo y del legislativo a renunciar y tener que refugiarse en embajadas o solicitar asilo político.

Con la puerta del palacio presidencial abierta el santacruceño Fernando Camacho y el dirigente cívico de Potosí Marco Pumari vieron luz y entraron. Quitaron la bandera indígena y hablaron de las blasfemia a Dios que significaba la idea “plurinacional” en el poder.

El dato es, como dice Juan Gabriel Tokatlián, es que hay un retorno de la “cuestión militar” en la mayoría de los países de América Latina.

Fernando Camacho, líder opositor, puso la biblia sobre la bandera, en el Palacio de Gobierno.

Algo nuevo: los evangelistas y una mujer

Las iglesias evangelistas han decidido dar el salto a la política. La antropóloga Rita Segato abona a la idea de un plan conspirativo. Afirma que hay un plan para transformar América Latina en un Medio Oriente: “estos sectores fundamentalistas han importado las estrategias del faccionalismo religioso que destruyó el Medio Oriente”

Hace ya varios años que en diferentes países de América Latina el evangelismo se ha instalado como una suerte de clivaje ad hoc en los temas de agenda política nacional y regional surge esta corriente fanática (por derecha Bolsonaro cuenta con el apoyo nodal de iglesias como la Universal del Reino de Dios y por izquierda el Partido del Encuentro Social apoyando a López Obrador) como respuesta para los problemas sociales. Los evangélicos han sabido estar en el territorio, quizás, más o mejor que los partidos políticos.

En Bolivia hay un personaje que en estos días se hizo famoso en la región:  el “macho Camacho”, un empresario de 40 años de Santa Cruz de la Sierra, en el oriente boliviano. Emergió como líder del Comité Cívico del estado que alberga a las fuerzas civiles y empresariales y que defiende los “intereses” regionalistas. Camacho siempre viaja, se muestra y habla públicamente con una biblia. Una vez caído Evo, el “Macho” entró en la Casa del Pueblo (palacio de gobierno) y allí se arrodilló en el piso para que “Dios vuelva al Palacio”. Mientras tanto, sus movilizados repetían en las calles: “echamos al comunismo”. En las manos de todos había Cristos de madera y biblias.

Los viejos políticos como Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina o el propio Carlos Mesa, fueron sobrepasados por Camacho. Pero Camacho no fue candidato. Y la contrarrevolución requiere un rostro legal con el que administrar el Estado. De esta forma surge la primera presidenta mujer boliviana: Jeanine Áñez, una senadora que se autoproclamó presidenta al mejor estilo Juan Guaidó.

Áñez es abogada y miembro del partido Plan Progreso para Bolivia Convergencia Nacional. Tras una en breve ceremonia asumió el cargo el pasado martes con la misión declarada de crear un gobierno de «transición» que convoque a unas nuevas elecciones en el menor plazo posible.

En esta imagen, tomada el 12 de noviembre de 2019, la segunda vicepresidenta del Senado de Bolivia, la opositora Jeanine Áñez (centro), se dirige a la multitud desde el balcón del Palacio Quemado vestida con la banda presidencial tras autoproclamarse presidenta interina de la nación, en La Paz, Bolivia. (AP Foto/Juan Karita)

Algo azul: Trump

Lo azul es lo puro y la fidelidad: en donde pivotea la legitimidad de un vínculo. Al igual que con Guaidó en donde reside la poca legitimidad del nuevo “gobierno” es en el reconocimiento de los Estados Unidos. Los presidentes de Brasil y Colombia saludaron a la nueva presidente del país andino. Por su parte, en Argentina se vive un fuerte debate ya que desde el gobierno nacional no reconocen el golpe, lo cual rompe con una tradición argentina de no reconocer este tipo de reacciones.

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Un partidario del expresidente Evo Morales sostiene una bandera Wiphala que representa a los pueblos indígenas mientras bloquea una carretera como forma de protesta en El Alto, Bolivia, el jueves 14 de noviembre de 2019. (AP Foto / Natacha Pisarenko)

Cinco claves para pensar lo que viene

Para hamacarnos entre lo que pasó y lo que viene e imaginar que será de Bolivia y de América Latina quizás se puedan identificar cinco claves:

Los sindicatos son particulares en Bolivia

Y las cooperativas y federaciones funcionan muchas veces como empresas: esto no es metafórico, es real. El sindicato de trufis y taxis pertenece a unas pocas personas. Las cooperativas de minería son de algunas pocas familias. Sindicatos cercanos a Evo e incluso organizaciones indígenas estaban pidiendo la renuncia del presidente la semana pasada. Hay una complejidad en materia de “clase obrera” en Bolivia que no puede interpretarse de manera lineal.

La ideología religiosa

Es una construcción porosa: los movimiento indígenas también pueden ser de derechas. El catolicismo es muy fuerte aún en Bolivia. En 2016 estuvo el Papa Francisco guiñándole el ojo a Evo pero el avance de los evangelistas es peligroso en tanto clivaje político que no se encauza por los canales institucionales debidos. En términos de Rita Segato pueden salirse de los acuerdos de la democracia y funcionar de manera paraestatal: algunos dicen que en Brasil y Argentina ya están hasta entrenando militarmente.

La policía tira aerosol pimienta para dispersar a los manifestantes antigubernamentales y progubernamentales después de la reelección del presidente Evo Morales en La Paz, Bolivia, el lunes 4 de noviembre de 2019. (AP Foto / Juan Karita)

Nadie cambió a las Fuerzas Armadas

El rol de las policías y las FF.AA no han sido modificadas en toda América, salvo en Cuba y Venezuela. Y eso los hace resurgir como una actor que puede desestabilizar la democracia. Retomando a Tokatlián: se da lugar a un neogolpismo: “el golpe de Estado convencional remite a la usurpación ilegal, violenta, preconcebida y repentina del poder por parte de un grupo liderado por los militares y compuesto por las fuerzas armadas y algunos sectores sociales de apoyo. El neogolpismo lo encabezan más abiertamente los civiles y cuentan con el respaldo tácito (pasivo) o la complicidad explícita (activa) de las fuerzas armadas, pretende violar la constitución del Estado de modo menos ostensible, intenta preservar una semblanza institucional mínima, no siempre involucra activamente a una gran potencia (por ejemplo, Estados Unidos) y aspira más a resolver una crisis política que a fundar un orden novedoso.”

El contexto

Por un lado el contexto económico. Es difícil pensar en el «agotamiento» político cuando el país crece. Es como pensar en el agotamiento del amor: más allá del tiempo que se conviva, tiene un trasfondo de interacciones, significantes, expectativas, valores y resultados.

Por otro lado el contexto regional. Basta ver la odisea del avión que exilió a Evo para entender lo convulsionado que está el tema. El de Evo Morales fue el único gobierno popular que resistió la ola de gobiernos de derecha y centro derecha en la región. Ahora todos decían que no, cuando dice que sí Bolivia, a la derecha. No es casual que Evo caiga (o lo tumben) cuando la centro izquierda comienza a recuperarse en América Latina con la libertad de Lula, la victoria de Alberto Fernández, las protestas en Chile y Ecuador y un rol más activo de cara al sur de López Obrador desde México. En términos futbolísticos: era un momento clave para sacar a Evo de la cancha y evitar que la izquierda juegue con 11 jugadores en medio de un partido abierto en la región, como no pasaba desde principios de este siglo.

Se perdió el equilibrio

Evo era el equilibrio de las dos Bolivias. Sin Evo los viejos fantasmas vuelven. Los movimientos sociales concentrados en El Alto se movilizan hacia La Paz cantando: “ahora sí, guerra civil”. Un canto callado durante años que cuando explotó a partir del 2000 fue domado por el gobierno estatal de un indígena pero que ahora tiene toda la libertad para volver a salir. Diferentes grupos como los Ponchos Rojos y centrales campesinas, amenazaron a la policía y al ejército. Ya no hay nada que catalice el poder.

Bolivia se había casado con Evo y este le daba estabilidad social y económica, al punto que era el país con mejores índices de crecimiento y distribución de la región, el salario en dólares creció y los servicios públicos han ido progresivamente alcanzando a mayor población. Aunque la relación no venía nada bien: Bolivia tiene una institucionalidad débil. Por ahora hay una situación pendular, y el péndulo quedó del lado conservador. Hay un divorcio en malos términos en marcha, pero no firmado del todo.

(*) Publicado originalmente en OnCubaNews