Cambiemos: el mito de la ‘transparencia’ contraataca

Por Francisco Longa

El gobierno nacional hizo campaña prometiendo ‘transparencia’ frente a la supuesta corrupción heredada. ¿Es la transparencia la fórmula mágica que mejorará el porvenir de la sociedad? La fallida experiencia de la Alianza como antecedente histórico.

Es consabido que todo gobierno construye un relato, en torno al cual gira su perspectiva respecto del pasado y acerca del futuro que intenta consolidar. Aquella acusación al anterior gobierno de construir ‘un relato K’, en realidad no es más que una descripción realista de una conducta repetida, y tal vez necesaria en términos de garantizar la hegemonía política, por todos los proyectos políticos en el poder.

Si bien estos relatos tienen múltiples ideas-fuerza, una de las principales ideas del relato macrista, que se vienen construyendo desde la campaña electoral a caballo de los grandes medios de comunicación, es la de la transparencia. Este concepto aludiría a la apertura de la gestión pública frente al control ciudadano, lo cual eliminaría el margen del accionar corrupto de los ‘opacos’ funcionarios políticos. Pero vale preguntarse, ¿es nueva esta apelación a la transparencia en la historia política argentina? ¿Cuáles son los sentidos ideológicos que contiene en forma implícita la idea de transparencia?

En primer lugar la apelación a la transparencia carece de sentido si no existe un consenso previo entorno a un escenario de corrupción aguda. Y como todo relato, cobra sentido en tanto se diferencia del relato anterior, en una pretendida relación de espejo invertido con el kirchnerismo. El relato macrista entonces, sin demasiadas sofisticaciones, asocia al pasado con el  kirchnerismo y la corrupción, y al presente con el cambio y la transparencia.

El actual gobierno cuenta para ello con una serie de denuncias judiciales en torno a lavado de activos, que involucran a funcionarios del anterior gobierno y que pretenden inclusive alcanzar a su máxima referente política. Como contra partida, si las causas de escuchas ilegales no fueran suficientes, el macrismo debe enfrentar ahora las acusaciones por las cuentas no declaradas en paraísos fiscales.

Ante este escenario, se abre un extenso campo de indagaciones en el cual se pueden analizar uno por uno los casos de corrupción aludidos. Se podría comparar punto por punto, expediente por expediente, para luego reflexionar acerca de cuál gobierno es o fue más corrupto que el anterior, o menos que el gobierno que vendrá. Es precisamente de ese campo de indagaciones del que pretendemos apartarnos, para ampliar el prisma y reflexionar en forma general en torno a la idea de transparencia.

El déjà vu de la transparencia

El presidente electo de los argentinos, luego del cierre de la votación declaró lo siguiente: “Se va a terminar la corrupción, la impunidad, vamos a vivir dentro de la ley (…), saludo a todos, a los que nos votaron y a los que no, porque entiendo que el mensaje de unos y otros es que quieren construir un país sin divisiones”.

La salida de la corrupción y la superación de un estado de ‘división entre los argentinos’ aparecen como dos de los puntos más destacados de esta alocución, de quien se preparaba para asumir la máxima magistratura nacional. Pero el testimonio en cuestión no proviene del balotaje de noviembre de 2015, sino del año 1999. Más precisamente de aquel 24 de octubre en el cual Fernando De la Rúa fue electo presidente por la fórmula de la Alianza. A partir de allí la Alianza, que llegaba a la presidencia luego de la década menemista, hizo del discurso de la transparencia su principal caballito de batalla. Las similitudes con la propuesta actual de Mauricio Macri son evidentes y abundantes.

Es por ello que la reflexión necesariamente requiere de una perspectiva histórica al momento de pensar los grandes nudos de la política Argentina. ¿Qué significado tiene volver al ‘consenso de la transparencia’ casi veinte años después?

La adopción por los slogans como ‘transparencia’ o ‘unidad de los argentinos’ es una reedición de un discurso ideológico y político que reniega de las tradiciones fuertes de la historia política, tal como se dio durante el período neoliberal en el país. En términos de construcción de sentido común, la receta neoliberal se proponía desacreditar a las grandes corrientes ideologías, desprestigiar el funcionamiento del Estado benefactor, y promover la cultura de la gestión aséptica y empresarial como el método más efectivo para regular  a la sociedad.

De tal forma, se buscó negar la conflictividad social y la confrontación ideológica propias de todo escenario social, y cambiar dirigentes políticos y organizaciones populares por gerentes de empresas y consultores privados u ONGs. Con esta receta, la sociedad se encaminaría a un círculo virtuoso de crecimiento y expansión.

En los casos en que el análisis concreto demostraba que este círculo virtuoso no tenía lugar, como en el caso argentino tras el ciclo neoliberal de privatizaciones y despidos, el discurso consensuado desde los grandes centros del poder apuntaban sus cañones a un único y principal enemigo: la corrupción.

La corrupción fue tomada como un desvío o una interferencia propia de la codicia de los seres humanos, que perturbaba el normal funcionamiento del modelo neoliberal. Es por ello que ante los indicadores del fracaso de las experiencias neoliberales (que se traducían en crisis sociales, auge del desempleo, aumento inusitado de los niveles de pobreza e indigencia), el motivo radicaba siempre en un ‘error humano’. De tal forma la receta neoliberal en sí misma funcionaba bien, a menos que se viera interrumpida por el funcionamiento codicioso y corrupto de los funcionarios políticos.

Es por ello que la noción de transparencia cobró una significación tan grande para el relato de la Alianza. En lugar de situar una crítica certera al neoliberalismo heredado de las presidencias menemistas, la crítica apuntó justamente a la falta de claridad y al manejo corrupto de las cuentas nacionales. En síntesis, el gobierno de la Alianza no prometía un cambio de modelo político, sino mejorar las interferencias que la corrupción había generado. De tal forma, se apuntaba a un neoliberalismo transparente que se diferenciara del neoliberalismo corrupto del menemismo.

El propio decurso histórico le demostró al gobierno de De la Rúa que tomar medidas de ajuste y endeudamiento externo, aunque sean de forma ‘transparente’, conllevan inevitablemente a un escenario de crisis y de descomposición social. Para colmo, en un corto tiempo el propio gobierno fue protagonista de uno de los escándalos de corrupción más grande de la historia, al intentar aprobar -vía sobornos- una ley que profundizaba la flexibilización laboral menemista.

Viejos remedios para antiguos padecimientos

El antecedente entonces del gobierno de la Alianza contiene sobrados elementos desde los cuales pensar la actualidad del gobierno de Macri. Invita también a cuestionar el actual ‘consenso de la transparencia’ que, paradójicamente no hace más que ocultar y volver opacas las medidas de gobierno en sí mismas, ocupados por advertir o no mecanismos corruptos para sus aprobaciones.

No se trata, desde ya, de negar la importancia de los actos de corrupción de éste o de cualquier gobierno. La corrupción es una práctica social que debe ser denunciada y combatida tout court. Por otra parte, no puede homologarse la corrupción espontánea de un ciudadano común, a los desfalcos orquestados desde el Estado nacional por quienes fueron elegidos para velar por el bien común. Pero saldados esos puntos, cualquier otra apelación a la ‘transparencia’ por sobre la evaluación concreta de las medidas políticas de largo aliento que constituyen a un proyecto político, puede ocultar más de lo que muestra.

La aparición de cuentas no declaradas en paraísos fiscales a nombre del presidente y de muchos de los miembros de Cambiemos tal vez confirme que en este gobierno hay igual o más corruptos que en gobiernos anteriores. Pero eso no alcanza para echar por tierra con aquel mito de la ‘transparencia’.

Para ello es necesario recordar que los mayores padecimientos para el pueblo se debieron a proyectos políticos excluyentes que privilegiaron a los sectores más concentrados de la economía, antes que al desvío de recursos en manos de la corrupción. Por caso, y volviendo a la experiencia de la Alianza, más grave que el hecho de querer comprar voluntades para aprobar la reforma laboral, fue el proyecto de Ley en sí mismo, que protegía a los empresarios y sumía en la precariedad y el desconcierto a los trabajadores.

De la misma forma, el actual gobierno parece estar sembrando el descalabro económico y social del futuro cercano, pero no ya por sus práctica corruptas, o no principalmente por ellas, sino por el conjunto de medidas económicas y políticas que tomó en apenas cien días, en donde los únicos beneficiados han sido los sectores dominantes.