El mito de la sana competencia en la economía liberal

Por Carlos Javier Andújar / Ilustración por Cabro

En esta quinta entrega de nuestra introducción en términos cercanos a la Economía (que se fuerzan por alejar), revisamos el mito de la “sana” competencia para aumentar la comercialización de productos. ¿Qué pasa cuando la teoría se aplica a otras instancias de las y los representantes del capital? Varias preguntas y muchas respuestas para desandar la economía desde cerca.

“Agustín Pichot, ex capitán de los Pumas, explicó que nunca hubiéramos podido ganarle a Sudáfrica si no hubiéramos tenido la oportunidad de jugar una y otra vez, con rivales del nivel de Sudáfrica, Australia y Nueva Zelandia. Lo mismo ocurre con las empresas: es imposible que triunfen en el mercado global si se las protege de la competencia. Una industria protegida es tan pobre como un rugby local sin competencia internacional”, afirma Gloria Álvarez en el video número cinco de una serie denominada “Aprender Volando” de la fundación Libertad y Progreso. La serie completa, un verdadero curso sobre liberalismo económico adaptado a las nuevas tecnologías y subjetividades, puede consultarse en http://www.libertadyprogresonline.org/aprender-volando-con-gloria-alvarez/ (Si pueden vean el video antes de continuar leyendo, son sólo cinco minutos. Adelante, las y los espero).

Gloria se pregunta: “¿Por qué cerramos el comercio exterior?, ¿por qué le ponemos trabas a todo lo que viene de afuera?”. Gloria se responde. “La respuesta se basa en dos mitos altamente difundidos pero igual de falsos. El primero –afirma con certeza positivista– es que es necesario proteger a la industria naciente para que aprenda cómo producir y que los que debemos pagar el costo ‘somos’ (las comillas son mías) los consumidores. Lo que no entienden es que, al igual que en el deporte, es imposible alcanzar un nivel alto de competitividad sin competir. Antes nos decían que éramos incapaces de competir con industrias más antiguas como las de Estados Unidos o Europa, que viene desarrollándose desde hace tiempo; pero ahora tampoco podemos competir con industrias que son más nuevas como los Tigres Asiáticos (Corea del Sur, Hong Kong, Taiwan y Singapur). ¿Cuál será la excusa después?”, se pregunta Gloria con cierta indignación y suficiencia. “El resultado es que los industriales siguen manteniendo sus altas ganancias mientras que los consumidores pagan precios altísimos por una baja calidad en los productos”, completa su afirmación.

El segundo mito se los dejo para que lo vean ustedes, pero les anticipo que, de una manera bastante particular, llega a la conclusión de que los países periféricos (los exportadores de materias primas) se benefician de los centrales (exportadores de manufacturas) por el comercio libre, dado que el precio de las materias primas (petróleo, alimentos, etc.) es relativamente estable y el precio de las manufacturas, debido a las mejoras tecnológicas y de productividad, no para de descender.

Ya habrá tiempo para que en el minuto 4 afirme que la apertura de la economía no genera desempleo por la destrucción de la industria local y que sólo sucedería si lo hiciera rápidamente y no, como recomiendan los tratados de “libre comercio”, si la apertura comercial se hace de “modo más ordenado” (ambas comillas son mías y serán las últimas).

“Debe quedar claro que cuando uno protege a los empresarios siempre lo hace a costa de los consumidores… y consumidores somos todos. Si queremos beneficiar a la gran mayoría –termina Gloria–, es mejor que seamos los consumidores quienes nos beneficiemos de un libre comercio a precios accesibles y con productos de mejor calidad”.

Es interesante ver cómo las distintas afirmaciones van entretejiendo un armando discursivo que intenta hacernos establecer vínculos con la cotidianeidad y el sentido común partiendo de medias verdades que dicen más por lo que no dicen que por lo que afirman.

Partido chivo

Competir con equipos mejores que uno en cualquier deporte durante un tiempo largo puede ser muy provechoso para el equipo más débil si lo único que pierde son partidos. Es decir, en una competencia deportiva, el que gana sólo gana “la gloria” (que no es la conductora) y el que pierde sólo pierde el partido pero puede llevarse, como dice Gloria (ahora sí la conductora), valiosos aprendizajes para su propia formación.

Ahora bien, en las relaciones comerciales internacionales del mundo capitalista lo que unos ganan está directamente vinculado con lo que otros pierden. Si nuestro país vende lana cruda (recién esquilada), lo único que deja en el territorio son unos pocos puestos de trabajo mal pagos, rentas concentradas en unos pocos terratenientes y algo por el transporte hasta el puerto. En el otro país, las actividades productivas de la industria textil (hilado, lavado, secado, teñido, diseño, confección) producen y dejan riqueza allá de modo directo (puestos de trabajo, rentas y ganancias) y de modo indirecto (producción de maquinarias, servicios, investigación, vinculada a la actividad textil y a las necesidades crecientes de una población también creciente). No está de más recordar que parte de esa riqueza se realiza cuando dicho país exporta la vestimenta al otro que, por la zoncera de lo que algunos llaman “división internacional del trabajo” diría el viejo Jauretche, “ha decidido” especializarse en materias primas. El problema no son (aunque podrían serlo) los precios en que unos venden y otros compran (términos de intercambio) los bienes, sino principalmente lo que sucede cuando los producimos.

A Gloria en particular y a los liberales en general les encanta hacernos pensar que la sociedad está formada por consumidores y productores, y que la competencia entre productores y consumidores es lo mejor que nos puede pasar. Habría que recordar que, como bien explicó Marx hace ya casi 150 años, el fetiche de la mercancía implica mostrar una parte como el todo. Fetiche es, entonces, pensarnos sólo como consumidores y consumidoras y no como trabajadores y trabajadoras. ¿Por qué insistirán los liberales en esconder las relaciones sociales que se dan en los procesos productivos? ¿Será porque si entramos en ellas nos encontraremos con explotación, alienación y desigualdad? ¿Será que la “sana competencia” que se da para conseguir un puesto de trabajo genera en los que pierden algo más que un aprendizaje?

Por alguna razón similar, el liberalismo económico piensa un mundo sin clases sociales, en donde todos y todas somos hermanos y hermanas o consumidores y consumidores que, a partir de sus marcos referenciales, son más o menos lo mismo; y nos presentan, como en el video, ideas universales sin historia.

Como ya he afirmado anteriormente, la economía política es historia y en ella tenemos que agudizar nuestra mirada si queremos comprender por qué en el desarrollo de algunos países se encuentra implícito el subdesarrollo de otros. El saqueo y el genocidio de Nuestra América impulsaron, permitieron y consolidaron el desarrollo del capitalismo europeo. El proteccionismo inglés (y no el libre cambio) le permitió industrializarse. Lo mismo sucedió en Alemania y Estados Unidos, que crecieron al amparo del proteccionismo mientras que los ingleses, ya desarrollados, levantaban las banderas del libre cambio (al igual que hoy hacen Alemania y Estados Unidos). A liberales de antaño como a los de ahora les gusta nombrar países pero poco nos dicen de ellos. Gloria prefiere obviar la historia de Hong Kong y tampoco nos dice que su “apertura económica”, como la de Singapur, radica en que ambos son países muy pequeños, ubicados estratégicamente y que se dedican a reexportar. Es decir, a importar para después exportar. ¿Podremos todos los países hacer lo mismo? También “olvida” que Taiwán y Japón restringieron severamente toda inversión extranjera hasta que sus industrias estuvieron desarrolladas o la contundente presencia Estatal en el proceso industrialización de Corea.

Tal vez podamos, para finalizar, ser más liberales que los liberales por un ratito. Si como dice Gloria, la apertura económica y el libre cambio no provoca desocupación y sólo trae beneficios y desarrollo para todos los países, estará de acuerdo conmigo en que, en nombre de la libertad y el progreso, podamos globalizar no sólo las mercancías sino también a las personas y permitir libremente las migraciones en búsqueda de un porvenir mejor… ¿No era sana la competencia?

Tal vez, sólo tal vez, la competencia sea sana y buena… cuando gane yo.

* Docente. Integrante del Colectivo  Educativo Manuel Ugarte (CEMU) / fliaandujar@gmail.com

 

 

 

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