El Salvador: ¡Libertad para Teodora Vázquez!

Otro triunfo del feminismo sin fronteras para la liberación de todas

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Lo siento Oprah, pero no te creo

Por Yuderkys Espinosa 

Qué show mediático el de Hollywood con sus megaestrellas tan políticamente correctas. Pero lo más triste, lo que sigue sin dejar de asombrarme, es tanta gente cercana cayendo en su relato.

Discúlpenme ser la agua fiesta de siempre, pero el discurso de Oprah donde equipara a la profesional, la policía/militar, la científica, la estrella de cine con la obrera super explotada o con la sirvienta negra o racializada -esa que, disculpe que se los recuerde, les lava la ropa, les cuida les niñes y les limpia la mugre- es de verdad deprimente, sino patético.

Entiendo que mis queridas feministas blancas burguesas se sientan emocionadas con semejante lealtad a la razón feminista por parte de una mujer negra -rica y negra debería decir: después de todo esta reproducción de los enunciados producidos por sus congéneres vale más cuando viene en voz de una negra de renombre.

Pero que quienes se nombran así mismas como feministas negras, antirracistas o descoloniales caigan en la trampa de ese discursito “de la misma opresión” que nos cae a todas las mujeres por igual o con diferencias tan pequeñas que parece que pueden ser dejadas a un lado para reconstruir ese “nosotras las mujeres oprimidas”, la verdad que sigue mostrando la dificultad de abandonar un tratamiento fragmentando de la dominación.

Este es el grave peligro de la política de identidad, creer que porque habla una mujer, una travesti, una lesbiana, una negra, hay que celebrar. Que hable una de nosotras, es importante, pero no es suficiente. Importa la que habla e importa el discurso que enuncia, importa la política a la que adhiere y a qué intereses sirven. Uno sin el otro no cambia nada, sigue sirviendo a lxs mismxs de siempre.

Lo siento Oprah pero no te creo, ni creo en todas estas divas que se emocionaron, pararon y levantaron ayer ante tu discurso. No creo en ninguna de estas mujeres con vida de derroche y riqueza que se vuelven políticas una vez al año en una ceremonia televisiva a donde siendo “parte de la tradición” lucen vestidos “preciosísimos” que valen más que la vida de la machi Francisca o que la de miles de personas (mujeres y varones) que mueren dia a dia para extraer las piedras preciosas que les acompañan. No me convencen que venga vestidas de negro ¡justo! a nombre de todas las mujeres.

Como dije una vez en un encuentro feminista en el Estado español en donde las blancas se emocionaban y aplaudían estrepitosamente a las feministas racializadas que se organizaron una mesa en un encuentro absolutamente blanco y donde resultamos ser “la diferencia” aceptada para lavar la culpa: que las blancas burguesas se emocionen con nuestros discursos es signo de que aún estamos presas de sus utopías y de sus sueños. El rechazo espontáneo a lo que decimos es el síntoma de que la tierra se remueve bajo sus pies, sólo de allí puede surgir algún cambio.

Escribo esto no porque espere algo más que lo que vimos ayer de ese escenario, sino porque me aterra que nosotras, las racializadas, las que sufrimos dia a dia las consecuencias de ese razonamiento feminista basado en la unidad de la opresión de las mujeres, caigamos en la trampa de la identificación con un discurso que, como diría la Silvia Rivera Cusicanqui, “oculta más que lo que muestra”.

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Melike Yasar: “Sakine era la historia, Fidan la voz y Leyla la juventud del Movimiento Kurdo”

El 9 de enero de 2013 fueron asesinadas con un disparo en la cabeza en Paris las militantes kurdas Sakine Cansız (Sara), Fidan Doğan (Rojbin) y Leyla Şaylemez (Ronahî) en la sede del Centro de Información de Kurdistán. El triple femicidio político no ha sido investigado ni se ha esclarecido su autoría, sin embargo a lo largo de estos cinco años y tras las investigaciones propias del movimiento kurdo se ha demostrado la implicación de los servicios secretos de Turquía. Marcha Dialogó con Melike Yasar, representante del Movimiento de Mujeres de Kurdistán en América Latina.

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El pueblo y las mujeres de diciembre

Por Claudia Korol

Somos el pueblo. Ni la vanguardia ni la retaguardia. Somos el pueblo rebelde, iracundo, rabioso, solidario, impaciente, gritón.

Somos las mujeres del pueblo. Las que inventamos cada día los modos de sobrevivir con nuestra familia, y nuestra comunidad. Las que hacemos huertas en nuestras casas o en los terrenos propios o apropiados que logramos sembrar con semillas no transgénicas. Las que hacemos comedores y ollas populares pensando la soberanía alimentaria. Las que aprendemos que las plantas también nos pueden sanar, acompañar, en las duras y en las maduras. Las que salimos a las calles a cortar las rutas cuando se vuelve necesario. Las que regamos al limonero, porque algún día necesitaremos sus frutos para usos diferentes. Las que improvisamos cantos y danzas callejeras como las brujas temidas de otros tiempos. Las que tiramos una piedra si es necesario, para intentar poner orden a este país malcriado.

Somos el pueblo. Ni la vanguardia ni la retaguardia. Somos el pueblo que se tropieza una y otra vez en la misma grieta. Somos el pueblo que cae y se levanta, vuelve a caer y vuelve a levantarse. Que aprendió a marchar con los dirigentes a la cabeza o reclamando la cabeza de los dirigentes.

Somos las mujeres del pueblo. Las que vivimos buscando a quienes nos faltan. Las que conocemos de memoria las direcciones de las comisarías donde en tantas vueltas de la historia preguntamos por un pibe preso, por una piba desaparecida, por aquellos y aquellas que jamás supimos quienes eran hasta que nos dijeron de su ausencia.

Somos el pueblo de diciembre. El de Pocho Lepratti. El de tantas compañeras y compañeros que adivinamos cercanos entre la bruma de los gases.

Hoy lloramos con un solo ojo cuando nos dicen que Horacio fue atravesado en el rostro por la bala que le arrancó la mitad de la visión. Hoy gritamos con furia, cuando vamos reconociendo a los heridos y heridas por la maldita policía. Hoy abrazamos con amor a nuestras Madres que ahí están, al lado, como siempre, y a los viejos que se plantan en su dignidad, para dejarnos como herencia toda una vida de trabajo y de lucha.

Somos el pueblo. Arrastramos los pies cuando el dolor nos parte. Descansamos y seguimos caminando.

Somos las mujeres del pueblo. Celebramos la música de las cacerolas en las esquinas de todos los barrios. Miramos bien cuál machucaremos en este diciembre. Llevamos la cuenta de las que perdimos (¿ganamos?) en otros diciembres en los que las golpeamos hasta abollarlas por completo. Son ollas que aprendieron que el guiso popular se cocina en las calles y a cielo abierto.

Nuestras ancestras nos enseñaron muchos secretos de los guisos de las resistencia, que les dejaremos a las pibas que vienen ya caminando a nuestro lado. Las enseñanzas de nuestras viejas, y de las compañeras caídas que caminan con nosotras laten en nuestros actos, como un aldabonazo de conciencia despertando del cansancio, del dolor, de la amargura, para ser parte de la fiesta del pueblo. Ellas nos enseñaron a burlarnos del poder, tan de saco y corbata, tan solemne, tan jodido. No creemos en su poder temporal y pasajero. Creemos en el poder popular que estamos tejiendo con paciencia.

Somos el pueblo. Somos las mujeres del pueblo. Hacemos un pacto de rebeldía en cada diciembre, y un paro de mujeres en cada 8 de marzo. Somos la rabia que arde a fuego lento. En la hoguera se alimenta nuestra terca esperanza. Nos robaron la jubilación, muchos derechos, varias libertades, pero no nos robarán todos los matices de nuestra alegre rebeldía.

 

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El Salvador: “Teodora escucha, por ti es esta lucha”

Hoy hubo audiencia de revisión de su condena pero se suspendió por hasta el 13 de diciembre

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Entrevista a Dahyana Gorosito, segunda parte: de la soledad y el dolor, a nunca más caminar sola

Por Cobertura Colaborativa #AbsoluciónParaDahyana

Fragmento final de la conversación exclusiva que Dahyana tuvo con medios alternativos que acompañan su lucha desde hace más de un año. El desconsuelo de perder una hija, la injusticia de ser acusada de ello y la esperanza de poder vivir una vida nueva donde ella decida.

Mientras concluye la primera semana de audiencias en la causa que investiga la participación de Luis Oroná y Dahyana Gorosito en la muerte de su bebé Selene, recuperamos la historia de la joven de 22 años que fue obligada a parir en un descampado, le fue arrebatada su primera hija mujer y luego fue incriminada por su muerte. Una trama de violencia, sometimiento y opresión que exige un Poder Judicial con perspectiva de género.

Mayo de 2016. Luego de haber sido sometida a una semana de violencias interminables, que comenzaron con un parto inhumano, la desaparición y posterior hallazgo de su beba muerta y un sinfín de violencias institucionales, Dahyana fue llevada al pabellón de mujeres de la Cárcel de Bouwer. Allí debió permanecer casi un año en prisión preventiva ya que la fiscal Liliana Copello consideraba que había riesgo de fuga aduciendo que Dahyana se había “escapado del hospital”. Sobre ese episodio, Dahyana cuenta que puérpera, sin saber dónde estaba su hija, sin respuestas de las autoridades, y en el día del cumpleaños de su hijo Luisito -quien todavía se hallaba en la casa de los Oroná- estaba desesperada por ir a Unquillo a buscar a sus hijxs. Pero nunca llegó, una oficial de la policía la interceptó mientras se trasladaba en un colectivo interurbano.

Mientras Dahyana aún no se recuperaba de salud y afrontaba el dolor por la noticia de que su hija Selene estaba muerta -se enteró del terrible hecho a través de los medios, durante su internación- afuera se levantaba una marea mediática que la juzgaba sin piedad, apoyándose en una Justicia que no dejaba de acusarla de “mala madre”. Nadie se acordaba de que Luis Oroná, el padre de esa beba, el que se la había llevado, también estaba detenido y acusado por homicidio agravado por el vínculo.

Dahyana estaba sola. No contaba con su familia materna, de la que había huido escapando de la violencia de su padrastro; tampoco contaba con su familia política, la que en un principio fue contención y que luego se transformó en sometimiento, mentiras y extorsión con la muerte de su hija para cubrir a uno de los suyos.

Pero algunas mujeres escucharon la voz de Dahyana, que bajito resonaba, y comenzaron a indagar en el hecho, en la historia de su vida, y a acercarle algunas cosas a la cárcel. Aparecieron vecinas de Unquillo. Y luego un grupo de abogados y abogadas, y después una red más grande de organizaciones sociales que conformaron, en ese entonces, la Mesa de Trabajo por la libertad de Dahyana. El objetivo era que ésta pudiese pasar la navidad del 2016 con su hijo Luisito, de quién estaba alejada desde ese trágico día.

La libertad llegó recién en mayo de este año, unos días antes del cumpleaños de su hijo. Dahyana cuenta cómo fue ese día, en el que a las 10 de la mañana le informaron que tenía que salir “de comisión”, sin mayores explicaciones. Sólo las palabras de una de las guardias con las que tenía muy buena relación le sonaron extrañas: “A lo mejor hoy no vas al colegio de acá, pero podés ir a otro colegio”. El traslado llegó a destino y Dahyana continuaba especulando con lo que ese día podría ser, incluso pensó que era el día del juicio. Inesperadamente, aparecieron dos de sus abogadas con una sonrisa que no podían ocultar (ella estaba aún más desconcertada). “El ayudante fiscal me leía un montón de cosas que yo no entendía, y yo las veía a las abogadas que se reían (…) Después apareció la fiscal (Mercedes Balestrini) y me dijo que quedaba en libertad, que tenía que volver para el juicio. En ese momento, me largué a llorar”. Afuera, la esperaban muchas mujeres para darle un abrazo y decirle, finalmente, que ya no estaba sola.

Sentirse acompañada

Al salir de la cárcel de mujeres, Dahyana intentó volver a la casa de su madre y sus hermanxs, pero poco tiempo le llevó darse cuenta de que todo seguía igual. La violencia que el padre de sus hermanxs ejercía sobre la familia no había cesado.

Pero ahora ya había nuevas posibilidades, una familia nueva, compañera. Dahyana se refugió en aquellas mujeres que escucharon su voz y comenzó a transitar un camino que nunca había tenido la oportunidad de conocer: el de la libertad. Podía vivir por primera vez sola y tranquila, pero sabiéndose acompañada por muchas.

Nos cuenta que un día regresó a Bouwer por sus cosas y allí estaba todo. Sus compañeras habían guardado cada una de sus ropas, cuadros y fotos, e incluso los materiales con los que Dahyana hacía artesanías. Todo eso pasó a formar parte de su nuevo hogar, adornado enteramente por fotos de sus momentos felices con quien es la causa de sus risas, su hijo Luisito.

La tortura de estar un año separada de su hijo Luis no concluye aún. A Dahyana sólo se le permiten algunas visitas semanales que actualmente no se están concretando, mientras Luisito está a cargo de la mamá de Luis Oroná.

Imaginar el futuro se vuelve algo hermoso y duro a la vez. A Dahyana se le retuerce el corazón al pensar en el juicio que hoy debe transitar, en todo este mal sueño que la aleja de su hijo y que pone en vilo el futuro de su bebé por nacer: “Es como una tormenta que inició el día que me llevaron presa sin saber porqué, sólo me decían que yo era la madre”. Dahyana fantasea que cuando esa tormenta pase, podrá tener un futuro con sus hijos en el que finalmente pueda tomar sus propias decisiones.

—¿Qué te gustaría?
— Tal vez pueda trabajar desde mi casa, para poder criar a mis hijos, porque se puede.

De la misma manera en que todas sentimos hoy el dolor de Dahyana, ella comienza a sentir el de otras mujeres y nos cuenta que su vida ya nunca será igual. Estamos cerca y estamos juntas, incluso a la distancia. Un caso tan cercano como el de Victoria Aguirre y su beba Selene la conmueve, pareciera que están hablando de su vida cuando, en realidad, es la vida de otra, pero parece y se siente como propia.

Dayhana encontró su lugar rodeada de mujeres que ayudan a otras mujeres en situaciones de violencias. Un día suyo se llena con trabajos de mantenimiento de un espacio cultural pensado para mujeres, con la meta de finalizar sus estudios secundarios y con el aprendizaje de acompañar a aquellas que transitan situaciones similares a las que ella vivió.

Ella puede ver ahora cuántas son las violencias a las que las mujeres están sometidas cotidianamente e identifica incluso aquellas que nunca marcó como tales, pero que vivió en carne propia. El aprendizaje es cotidiano, y duele. Hoy su vida se ha vuelto suya, se teje en un “entre mujeres” con el que camina y del cual toma fuerza para darle batalla a la violencia machista e institucional.

 

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Entrevista a Dahyana Gorosito (1a. parte): una historia de violencias contada en primera persona

Por Cobertura Colaborativa #AbsoluciónParaDahyana

Es la primera vez que Dahyana cuenta su verdad para un medio de comunicación. Su palabra -ignorada por casi todxs lxs funcionarixs policiales y judiciales- es fundamental para entender la causa en la que se la juzga por la muerte de su hija Selene. Una secuencia interminable de violencias y múltiples opresiones, y la necesidad impostergable de una justicia con enfoque de género.

Este lunes comienza en la Cámara 12a del Crimen el juicio por jurados populares contra Dahyana Gorosito y su ex pareja Luis Oroná, ambos acusados por homicidio calificado por la muerte de su bebé en mayo de 2016.

Con 20 años, Dahyana fue obligada por Luis Oroná a parir en un descampado de la localidad de Unquillo (Córdoba), a la intemperie, con frío y sin asistencia. Apenas nacida la beba, Oroná la arrancó de sus brazos y se la llevó, aduciendo que él no era el padre. Selene murió de hipotermia.

Sin ningún tipo de perspectiva de género y desconociendo las múltiples violencias que sufrió a lo largo de su vida, durante su embarazo y su parto, la Justicia acusó a Dahyana de no haber impedido el homicidio de Selene. Por eso debió pasar un año en la cárcel y por eso se expone a una pena máxima de prisión perpetua por un crimen que no cometió.

Dahyana fue víctima durante años de violencia de género por parte de Oroná. Y ahora es víctima de la justicia machista cordobesa que la castiga por no haber tenido un accionar heroico para salvar a su hija, sin tener en cuenta las condiciones en que tuvo que parir, ni el estado puerperal en el que se encontraba, ni la situación de extrema vulnerabilidad en la que vivía aún antes del embarazo.

Como en otros casos, en el de Dahyana se cruzan múltiples opresiones que son el reflejo de situaciones cotidianas que viven muchas de las mujeres de nuestros barrios.

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Una secuencia interminable de violencias

Es una tarde calurosa en Córdoba, y se ve venir la tormenta. En el espacio donde nos encontramos, Dahyana llega y se acomoda, sumándose a la ronda de mates. Comienza a hablar y la reconstrucción es larga. Para encontrar las primeras marcas de la violencia patriarcal en la vida de Dahyana tenemos que remontarnos a su infancia. Los primeros recuerdos que surgen cuando le preguntamos por su niñez, son de cuando tenía ya diez años. Su mamá había sido detenida por un tema relacionado con drogas y su padrastro -el papá de sus hermanxs- también estaba preso por denuncias de violencia. En ese momento, Dahyana no conocía a su papá y recién lo haría mucho tiempo después.

Dahyana recuerda: “Con mi hermano nos fuimos a la casa de la mamá de mi mamá. Yo era chica, habré tenido 9 o 10 años. Como mi hermana era bebé nos separamos y se quedó con la abuela paterna. Ahí no la pasamos tan bien, porque mi mamá era la vergüenza de la familia y a nosotros dos prácticamente nos trataban de huérfanos (…) Yo tuve que hacer de mamá de mi hermano porque era muy pegado, más que todo al padre, pero éste muchas veces estaba preso (…) A veces le pasaba algo, lloraba y yo trataba de ponerlo bien pero no sabía qué tenía. Era chica y me preguntaba si mi mamá iba a volver. Y no”.

Esa etapa se extendió durante alrededor de tres años, durante los cuales estuvieron separados de Micaela, la hermana menor, porque las familias no tenían relación entre sí. Durante el primer tiempo, alternaron su estancia entre la casa de sus tíos en barrio Guiñazú y la casa de la abuela materna en barrio Juan Pablo II. Cuando la mamá de Dahyana recuperó la libertad, permanecieron todavía un tiempo más en la casa de la abuela materna pero la convivencia era insostenible y las discusiones se repetían. “Mi mamá siempre fue vista como la mala de la familia, o sea, las otras hermanas no caían presas y así, como la vergüenza, y nosotros también. Mi abuela tampoco lo quería al padre de mis hermanos, porque sabía que la maltrataba a mi mamá. Ella le advertía y le decía que si ese hombre le pegaba iba a seguir siendo así. Pero ella seguía con él”.

Las dificultades en la convivencia hicieron que la madre de Dahyana decidiera buscar otro lugar donde vivir con sus hijxs. En ese momento, su hermano le ofreció una casa cerca de donde vivía él y se trasladaron. Hasta ese momento, explica Dahyana, “mi mamá iba a visitarla a mi hermana pero no la traía a la casa porque ella ya estaba apegada a la abuela”.

Todo se complicó cuando la mamá de Dahyana le dio la dirección de la casa a Oscar, su padrastro. “El padre de mis hermanos no quiso saber nada de que viviéramos ahí. Una noche nos hizo cagar a mi mamá y a mí, porque yo era como que la tapaba a mi mamá y todas esas cosas, y al otro día hizo que trajeran un camión para que nos lleváramos las cosas y nos fuimos a vivir allá a San Roque, a una casa al lado de donde vivía la abuela de mi hermana”.

Lejos de mejorar, la vida fue aún más difícil para Dahyana: “Nos fuios a vivir ahí y también fue un calvario porque Oscar se emborrachaba o algo y ya la hacía cagar a mi mamá, me hacía cagar a mi, y esas cosas. Él no me quería porque no era hija de él. Cuando éramos más chicos a mi hermano no le pegaba y a mí sí, desde chica no más. Todo volvió a ser como antes de que estuviera presa”.

El relato es complejo cuando Dahyana intenta reconstruir la razón de las repetidas detenciones de Oscar, el padre de sus hermanxs. En ellos se entrelazan las denuncias por violencia contra su pareja, mamá de Dahyana, y la explotación de lxs chicxs. “Cuando éramos más chicos nosotros -recuerda Dahyana-, él nos mandaba a trabajar vendiendo cosas, casa por casa. No me acuerdo bien, pero sé que es ese trabajo porque iba casa por casa, nos mandaba a mí y a mi mamá. Y bueno, mi mamá por ahí iba a hacer una denuncia (…). Entonces le dijeron que si le llegaba una citación lo iban a llevar detenido, que iba a caer la policía ahí no más pero que no se preocupara (…) y bueno, caía la policía y lo llevaban”.

La falta de respuestas

La violencia se repetía y se agravaba por diversas razones, y para Dahyana la vida en su casa de Barrio San Roque se hizo insostenible. Tenía tan sólo 13 años cuando sintió que no podía seguir viviendo de esa manera: “Hubo muchos problemas ahí. Así que una vuelta yo agarré, me fui al colegio y cuando salí me fui. Andaba en la calle. Yo no tenía dónde ir y tampoco contaba con la familia de mi mamá, con nadie, entonces me fui a la casa de una prima de mi mamá. Ella trabajaba de limpieza en la SENAF y me llevó ahí, donde me dieron a elegir: si volvía a la casa o si iba al instituto. Preferí un instituto porque está bien, es medio feo, pero yo creo que en ese momento pensaba que lo más feo era volver y aguantar todo eso, era peor”. En el instituto de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia permaneció varios meses hasta que volvió a lo de su mamá. “Volví de nuevo con mi mamá porque ‘todo iba a cambiar’, y eso”.

Cuando le preguntamos a Dahyana si había vuelto a la casa porque su mamá la había ido a buscar, pensativa, contestó que no, que la que pidió volver con su mamá y sus hermanxs fue ella, creyendo que las cosas podían ser diferentes. Pero en realidad, nada había cambiado.

La voz de Dahyana es tranquila cuando recorre la espiral de violencia que marcó su vida. Sin embargo, quienes escuchamos no podemos evitar la angustia de imaginar a esa Dahyana, aún niña, sometida a un maltrato que, de tan cotidiano, se había convertido en “natural”. No es menor entender que las reiteradas mudanzas hacían que no pudiera consolidar ninguna relación de amistad, ni permanecer en la escuela. La soledad iba creciendo a medida que los años pasaban y la violencia machista se le iba haciendo carne.

Para Dahyana, los momentos de tranquilidad, cuando se sentía bien, eran cuando no estaba el padre de sus hermanxs en la casa. El miedo que sentía ante él era cada vez más intenso.

La etapa siguiente de la vida familiar ubica a Dahyana en un periplo de refugios de la organización Portal de Belén, a partir de una nueva denuncia de violencia contra su padrastro: “Primero fuimos yo y mi mamá ahí porque el papá de mis hermanos le había pegado mucho, entonces hicimos denuncia todo y nos llevaron ahí. Después la llevaron a mi hermana también. Es como una casa con varias mujeres con niñitos. Después nos fuimos al Portal de Belén que está en Ituzaingó y de allí nos pasaron al Portal que está en Argüello. Así de un lado para el otro siempre íbamos”.

Mientras estaban en el Portal de Belén en Argüello, le ofrecen a la mamá de Dahyana una casa en Villa Allende con la condición de que Oscar, su pareja, no conociera la dirección. Dahyana recuerda que su madre -a diferencia de Oscar, que no trabajaba-, siempre se las rebuscó, limpiando casas, cuidando señoras, en lo que podía. Sin embargo, una vez instaladas, le avisó a su pareja y volvieron a convivir.

En esa casa de Argüello, Dahyana cumplió sus 15 años, en el mes de noviembre. Esa Navidad -recuerda- “el padre le pegó a mi hermana, le quería pegar también a mi mamá entonces fue un problema muy grande (…) y ahí eran como departamentos que toda la gente lo escuchaba, entonces salí y fui a la comisaría que estaba a cuadras de donde estábamos, no era lejos. No me dieron mucha bola porque era la Navidad, y tuve que esperar horas, hasta el otro día que volví. Siempre pasaba lo mismo, cosas así, discusiones, y eso no me gustaba porque yo sí le tengo mucho miedo al padre de mis hermanos. Él venía en pedo y yo ya sabía que algo le iba a hacer a mi mamá”.

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Escapar de la violencia para encontrar más violencia

En ese momento, Dahyana iba al colegio secundario Raúl de Llano en Villa Allende, donde conoció a Bárbara Oroná, prima de Luis Oroná. Dahyana recuerda con claridad el episodio que la decidió a aceptar la invitación de su amiga a irse a su casa. “Una vuelta habíamos salido temprano del colegio con mi hermano, él se había ido a la casa y debe ser que no le gustó mucho al padre. Fue y me buscó en el polideportivo ese que está en Villa Allende. Yo estaba ahí con Barbi, y me insultó diciéndome que vuelva a casa, que me iba a hacer cagar, pero tratándome mal ahí adelante de todos, había chicos de colegio, todos. Cuando se fue, le conté toda esta situación de violencia a Barbi y ella muchas veces me sabía decir que ella vivía sola. Ella me dijo ‘vamos a mi casa hasta que vos puedas hablar con tu mamá y todo eso’, y me fui a la casa de ella, y ahí fue cuando lo conozco a Luis”.

Dahyana empezó a salir con Luis. Nunca más volvería a la casa de su madre. Pensó que en la casa de los Oroná iba a estar a salvo de la persona que más miedo le provocaba, su padrastro. Incluso tuvo que dejar el colegio porque él iba repetidamente a esperarla a la salida. Cuenta que, en un principio, todo le parecía lindo, pero que con el tiempo, fue comprendiendo el funcionamiento de la familia Oroná y las historias cruzadas y complejas, y comenzó a intentar alejarse. La casa era grande, y en ella habitaban muchos miembros de la familia Oroná: primos, hermanos, hermanas, tías y sobrinos.

Ella percibe que el quiebre se dio cuando confrontó a Luis Oroná por un romance. Ahí sufrió el primer hecho de violencia física. Sin embargo la violencia, en otras formas, se había presentado antes, cuando Luis la abandonaba para salir y no volver por muchas horas, justificado por su madre, que le decía a Dahyana “que no le dijera nada porque venía tomado, y esas cosas, sino se enojaba, que bueno, se iba con los amigos pero que no pasaba nada, que lo tenía que dejar pasar”. Ella debía limitarse a cumplir con su rol de mujer: “Limpiar y cocinar a veces, para todos los que vivían en esa gran casa”. En ese interín, cuando Dahyana todavía barajaba la posibilidad de irse de esa casa, es que se entera de su primer embarazo.

La segunda vez que Luis le “levantó la mano” fue cuando ella se negó a viajar a Cabana, a donde una parte de la familia Oroná se había mudado. Su suegra y un hermano de Luis la acorralaron para obligarla a ir, bajo la amenaza de echarla de la casa. “Yo ya no podía volver a mi casa, y si llegaba a caer embarazada, peor. Yo siempre pensaba en el padre de mis hermanos, porque él le iba a hacer problemas a mi mamá. Entonces no, no tuve más alternativa, y fui. Yo rogaba que Luis no tomara mucho porque si tomaba mucho y nos íbamos a la casa ya sabía qué iba a hacer. Era como que me estaba pasando lo mismo que a mi mamá cuando estaba con mi padrastro. Eso me estaba pasando”.

El embarazo de Dahyana no aplacó la violencia que sufría en la casa de los Oroná. Tampoco cambió a Luis como ella deseó, creyendo -como los mitos cuentan- que “ el primer hijo cambia al padre”. Pero para ella, el embarazo sí fue una vuelta en su vida. Cuando nombra a Luisito, sus ojos se llenan de lágrimas. Desde el día en que nació, fue el centro de la vida de Dahyana, ya nada a su alrededor importaba: todo era para él. Es el primer momento en el relato de Dahyana que una puede percibir una expresión de alegría, de algo que se parece a la felicidad.

Tiempo después vino su segundo embarazo y el terrible desenlace. Fue forzada a parir en un descampado, le fue arrebatada su hija y abandonada en el lugar. Durante los días siguientes, Dahyana fue sometida a un peregrinaje mediático por su pareja y su familia política, amenazada y extorsionada por el miedo de no volver a ver a Selene. La joven no supo que la niña había fallecido hasta que la Policía encontró el cuerpo en la casa de la familia de su pareja. El hallazgo se produjo tras cuatro allanamientos en el mismo domicilio, mientras Dahyana permanecía custodiada en el hospital Rawson, con una infección severa dadas las condiciones inhumanas en que fue obligada a dar a luz.

La Justicia acusó a Dahyana de no haber impedido el homicidio de Selene y por eso pasó un año en la cárcel. En mayo de este año, luego de que se instalara socialmente el reclamo, la Cámara de Acusaciones ordenó su libertad y dictaminó que existieron indicios de violencia de género que el Juzgado de Control y la fiscalía pasaron por alto. Gracias a la lucha del movimiento de mujeres y feminista, pudo aguardar el juicio en libertad y ahora espera su absolución definitiva.

Nosotras sólo escuchamos, no podemos creer cómo una joven, tan corta en años, puede haber vivido tanto. Hoy, Dahyana cursa su tercer embarazo, y con su panza de 5 meses relata su vida como si estuviese muy lejos. Porque desde que salió de Bower, ella es otra.

Hoy puede decidir qué hacer con sus días. Alejada de las múltiples violencias -incluso institucionales- a las que fue sometida, participa en las luchas por su absolución y acompaña a otras mujeres en situación de violencia. Para que su vida esté completa, sólo le falta la absolución y su hijo mayor, Luisito, cuya presencia lleva a modo de tatuaje sobre el cuerpo. O quizás, nunca lo esté. En su brazo tiene otro tatuaje: el nombre de su beba, Selene, que la acompañará por el resto de su vida.

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