Chavismo: Genealogías (I)

Por Mariano Pacheco.

En esta tercera entrega de “Chavismo es el nombre de una inspiración latinoamericana”, se abordan las raíces históricas de este movimiento, marcadas por las figuras de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora.

El chavismo (el propio Chávez) fue un verdadero hacedor en el trazado de genealogías. Basta recordar la historia, relatada por el propio Chávez, en la que cuenta cómo su bisabuelo pasa de ser un bandido que huía de la autoridad a prácticamente un héroe de la independencia, todo mediante una investigación que él mismo realiza para desmentir las versiones que circulaban en su familia. El chavismo como movimiento, desde el vamos, buscó tender puentes entre la experiencia que comenzaban a transitar, con figuras de la talla de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora.

“Que los pueblos se gobernasen por sí mismos” (Bolívar), que “aprendan a gobernarse por sí mismos” (Rodríguez) y “Tierras y hombres libres; elección popular; horror a la oligarquía” (Zamora), son lemas que el chavismo supo encontrar en la historia nacional, y ponerlos a jugar en nuevas coyunturas, en esa operación típicamente benjaminiana, tan frecuentemente repetida, que sostiene que “un secreto compromiso de encuentro” se teje entre las generaciones del pasado y las actuales. “¿Acaso no nos roza, a nosotros también, una ráfaga del aire que envolvía a los de antes? ¿Acaso en las voces a las que prestamos oído no resuena el eco de otras voces que dejaron de sonar?”, se preguntaba Walter Benjamin en sus Tesis sobre el concepto de historia (Tesis II).

Siguiendo al autor de La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica, podemos decir entonces que la valentía y el humor, la confianza en sí mismo, están presentes en la lucha de clases de modo tal que ponen en cuestión “los triunfos que alguna vez favorecieron a los dominadores” (Tesis IV), porque “quienes dominan en cada caso son los herederos de todos los que vencieron alguna vez” (Tesis VII). Valentía, humor y confianza en sí mismo que Chávez supo cultivar en vida, y que hoy se presenta como legado en el chavismo, es decir, en el pueblo venezolano encolumnado para sostener, defender y profundizar la Revolución Bolivariana.

Por supuesto, no es por afán historicista que Chávez apeló, y hoy el chavismo sigue apelando, a esas figuras y momentos claves del pasado nacional. Se sabe: rescatar una historia tiene sentido si sirve para poder interrumpir el andar y mirar hacia atrás, para tomar aliento y continuar con la marcha, como alguna vez escribió Federico Nietzsche en sus Intempestivas sobre la historia. Entonces, si sirve, tomar del autor de Genealogía de la moral su “consideración monumental de la historia” para poner el foco en que lo grande que alguna vez ha existido puede existir otra vez, sea los momentos de la independencia o los mejores tramos del chavismo, con Chávez aún con vida. La nostalgia chavista, la idolatría chavista, puede asimismo ser el peor enemigo del chavismo, en tanto apuesta por revolucionar de manera permanente el proceso bolivariano.

Entonces, junto con una consideración monumental de la historia, una “consideración crítica de la historia”, esa que de tanto en tanto toma el martillo para despedazar el pasado, porque todo lo que fue, también, en algún punto, merece ser sentenciado: disolución del ayer por la fuerza, dejando espacio para la invención en el presente. Porque –tal como señaló Miguel Mazzeo en su texto titulado “La izquierda iterativa. Breves reflexiones sobre la estrategia expresiva de la vieja izquierda”– debemos tener siempre presente la “orientación fanoniana” (ofrendada en Los condenados de la tierra): esa que establece que “el verdadero salto dialéctico consiste en introducir la invención en la existencia”.