Clarice Lispector: la escritora que nunca aprendió la lección (II)

Por Nadia Fink.

Segunda parte del repaso por la vida de Clarice Lispector, una de las escritoras más destacadas del siglo XX. 

En 1959 se divorció, después de veinte años de matrimonio. Volvió a Brasil y se instaló entre Leme y Copacabana con sus dos hijos en el departamento donde viviría hasta su muerte. A partir de allí, y más allá de la escritura de relatos y novelas (que nunca afrontó de manera profesional ni por encargo), se ocupó de ganarse el sueldo a través de traducciones y trabajos periodísticos en diferentes medios.

De aquella época data la entrevista que le realizó a Pablo Neruda en 1969. Hacía muchos años ya que escribía, y sin embargo llegó con una lista de preguntas, “completamente sin confianza en mí misma”… las que aceptó gustoso porque le habían parecido inteligentes y sensibles. Quedan como sentencias del poeta en aquel reportaje: “Dios es todo algunas veces. Nada, siempre” o “Toda literatura es militante” o, ante la pregunta de cómo se procesa en él la creación: “Con papel y tinta. Por lo menos esa es mi receta”.

Clarice no era presuntuosa. Es cierto que le costaba dar entrevistas, de ahí que los críticos de la cultura la tildaran de irritante o dijeran que luego de un reportaje regresaban a sus casas con dos horas de cinta de su propia voz. Pero su “timidez osada”, como la llamaba ella, parecía más una tendencia ajena al artificio, al temor a que sobrevaloraran el contenido de sus dichos y sus palabras por ser una escritora. Estaba convencida de que su conocimiento se basaba en la intuición, en el instinto. De ahí que llenar de reflexiones su escritura no le resultara atractivo. En ese tono de desprecio academicista afirmaba de su primera novela (Cerca del corazón salvaje), en la que el protagonista Ulises era sugerido por la crítica como tomado de Joyce, o de Homero: “Era un muchacho que conocí en Suiza, que se había enamorado de mí”.

Una noche de 1967 Clarice se durmió con un cigarrillo encendido que provocó un feroz incendio en su habitación. Se salvó de milagro, y la movilidad de su mano derecha quedó disminuida. Pero la escritura continuó y, además de sus cuentos y novelas, comenzó a escribir cada sábado una columna para el diario Jornal do Brasil hasta el 29 de diciembre de 1973.Dijo Juan Forn sobre esos escritos: “La leían los taxistas y los filósofos, los juerguistas que miraban hacia su ventana para ver si había luz cuando pasaban por su calle, y las vecinas que le dejaban de regalo olla de moqueca de pulpo recién hecha”.

Allí, cada fin de semana, regaba historias (de la actualidad o del pasado, de un taxista que había charlado con ella o de un director de orquesta sinfónica), dialogaba con el lector (“Ustedes pueden decirme qué les interesa, sobre qué les gustaría que yo escribiera. Me reservo el derecho a decir: no sé”), mostraba impresiones sobre temas socialmente correctos (“Detesto las lecciones de moral. Cuando noto que la conversación está derivando hacia eso -otros, los moralistas, dirían ‘elevándose hacia eso’- me retraigo toda, y una rigidez muda se apodera de mí”) o desmenuzaba palabras y significados (“La esperanza es este instante. Es necesario dar otro nombre a cierto tipo de esperanza porque esta palabra significa sobre todo espera. Y la esperanza es ya. Debe haber una palabra que signifique lo que quiero decir”) dando cuenta de su preocupación por el lenguaje, y lo que hay más allá de él (“Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra”).

Y en ese afán de mostrar el mundo a través de las palabras, de poder reflejar “la visión instantánea de las cosas del mundo como en realidad son”, sus escritos fueron haciendo foco en un instante en el que la vida perfecta, construida en la urbanidad de las grandes ciudades y en la comodidad social estalla ante la aparición de un suceso sencillo e inesperado. Pero no es en Linspector una introducción de lo fantástico lo que provoca ese vuelco: es la cruda realidad, esa “visión instantánea del mundo” lo que hará que ya nada sea lo que fue. En el relato “Amor” una señora sale de su casa para hacer las compras (“Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba con espanto”, se lee antes de que cruzara la puerta) y es la visión de un ciego que masca chicle en la parada de un colectivo la que cambia su estar en el mundo (“En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego”). Así, llega a su casa y piensa ante la cena familiar: “Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos”.

En ese despertar, ese abrir los ojos a la crueldad pero, también, a la belleza singular del mundo, el uso de palabras que se contraponen y se enciman intenta dar cuenta de esos sentimientos opuestos y confusos. Así leemos: “El jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del infierno” o “Ella amaba el mundo, amaba con repugnancia”. Es también una mujer que encuentra una cucaracha en el cuarto de la criada (sutil manera de mostrar al otro en una sociedad de propios; otro que es sirviente y bicho) y se termina comiendo su interior.

Pero así como el universo se pone patas para arriba con Clarice, su pulsión de vida y de belleza nos llegan a través de las imágenes sutiles y despojadas: “Cerrando los ojos entreabrió los labios y ferozmente los acercó al orificio donde chorreaba el agua. El primer sorbo fresco bajó, deslizándose por el pecho hasta el estómago. Era la vida que volvía, y con ella se encharcó todo el interior arenoso hasta saciarse”, nos dice en “El primer beso”; “Allí venía trotando, al frente de la dueña, arrastrando su largura. Desprevenido, acostumbrado, cachorro”, leemos en “Tentación”.

Julio Cortázar escribió en una carta de 1983 en Managua: “A veces pienso que lo más fuerte que he leído en los últimos diez años es la obra de dos brasileños, Clarice Lispector y Lins”. Y es fuerte porque es humano, y porque busca la trascendencia. Por ese mismo deseo, por su misticismo, también fue invitada en 1975 al Primer Congreso Mundial de Brujería en Bogotá. es que era una escritora mágica que no temía a supersticiones: “Lo natural también es sobrenatural. No creas que está tan lejos: lo natural ya es en sí un misterio”, respondió en una de las pocas entrevistas que concedió.

Pero hay que hacerle justicia a esta mujer que hubiera podido ser una señora bien, pero no quiso ni le salió: la infancia pobre y olvidada entre los remedios de su madre fue su marca de clase. La diplomacia y el protocolo le incomodaron el gesto. No hubiera podido escribir quien no supo de privaciones las palabras dichas en “El silencio”: “La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día.. Pero este primer silencio todavía no es silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras”.

No hubiera sido posible que en su última novela, La hora de la estrella -terminada poco tiempo antes de su muerte-, la protagonista, Macabena, sea del norte, pobre, frágil, sensible, huérfana y trabaje de lo que sea para parar la olla (Dice la narradora: “Lo que escribo es más que una invención, es obligación mía hablar de esa muchacha, de entre millares de ellas. Es mi deber, aunque sea un arte menor, revelar su vida. Porque tiene derecho al grito. Entonces yo grito”).

Y quien llegara al mundo con la misión de salvar encontró en la palabra su lugar de salvación. Después de meses de lucha contra una enfermedad, Clarice se fue el 9 de diciembre de 1977. Cuando esa mañana intentó fugarse del hospital con la ayuda de una amiga y una enfermera la interceptó, le dijo: “Usted ha matada a mi personaje”. Sin la escritura creando vida, murió esa tarde en la cama del hospital. En esa, su última novela, Macabea le pide a una bruja que le leyera su destino, quien le augura un futuro feliz, en que conocerá a un extranjero rubio y rico. “Ahora ve a encontrarte con tu maravilloso destino”, le dice. Pero cuando Macabea sale, la atropella un auto lujoso y muere pronunciando una frase inentendible “En cuanto al futuro”. Una frase inconclusa, sin fin, como esos relatos que inventaba Clarice de niña, que no terminaban nunca. Tal vez, pensándonos místicos como ella, como la misma vida; o quizá como la palabra, creadora de mundos; y también nos queda un “entonces yo grito”, como un eco que resuena.

 

Bình Luận

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