CompArte por la Humanidad en Chiapas: sororidad y resistencia

Por Aluminé Cabrera desde Chiapas, México

Mujeres que cantan, mujeres que pintan, mujeres que danzan, que actúan, que rapean, que declaman poesía haciendo propio el dolor de tantas. Mujeres que acompañan a otras mujeres que están solas, vulnerables.

Cada vez somos más. También en el CompArte. No podría ser de otra forma. Si fue la Comandanta Ramona “el primero de muchos pasos”, si es la niña Defensa Zapatista el devenir de esta historia que nos empodera a nosotras mujeres que provenimos de diferentes rincones y contextos.

En esta segunda edición del festival convocado por la Comisión Sexta y las Bases de Apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que se lleva a cabo en San Cristóbal, Chiapas, las propuestas artísticas con perspectiva feminista se han abierto camino.

Es cierto que cada jornada se nutre de diferentes disciplinas llevadas adelante por varones y mujeres –compañeroas– con ideas y sentires similares y solidarios. Sin embargo, se torna imperioso recalar en experiencias que recogen nuestra lucha antipatriarcal, que van tras ese objetivo compartido con la lucha zapatista: “hacer un mundo donde la mujer nazca y crezca sin miedo”.

Experiencia 1: mujeres que acompañan a otras mujeres

“Este libro nace de un proceso grupal, hemos dejado lágrimas y risas al escribir cada pedazo de nuestras vidas”. Andrea habla a través de otras que hablan por ella, no puede hacerlo en persona ante este auditorio expectante. Ella está presa en el Centro de Readaptación Social (Cereso) 5, en las afueras de San Cristóbal de las Casas. Su testimonio está plasmado en “Mujeres Guerreras. Romper el silencio nos dio libertad”, el libro que la Colectiva Cereza presenta durante la mañana nublada de lunes.

“La colectiva esta formada por compañeras que han estado en el Cereso, otras que han salido y compañeras externas que apoyamos desde distintos lugares”, explica Gabriela Ottogalli. Este proyecto lleva ocho años andando y además del libro, han venido a exponer un trabajo de fotos hecho por las mujeres que están dentro de la cárcel.

Junto a Gabriela, Lilia Iñiguez relata los sinsabores de lidiar con el sistema judicial punitivo; Miriam Noriega detalla las labores de formación dentro del penal; y Lupita y Domitila comparten su experiencia al haber estado en situación de encierro varios años en el Cereso y de los significativo de haber contado con apoyo de mujeres compañeras y aliadas.

“Este sistema penal acusatorio tal como está planteado es un sistema heteropatriarcal, sumamente castigador de quienes estamos bajo está cúspide de poder, pero ensañado mucho más con las mujeres”, denuncia Lilia, quien además da cuenta de las irregularidades que en lo cotidiano encuentran al revisar los expedientes de las mujeres presas o de las injusticias que se dan en el trato con las autoridades.

Además del respaldo en lo jurídico, la colectiva brinda acompañamiento psicológico, talleres de artes y un diplomado en emprendedoras sociales, articulado con la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (Unicach), el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (Cesmeca) y la Universidad Complutense de Madrid. “También invitamos a otras organizaciones, hay personas que dan alfabetización porque muchas mujeres no saben leer ni escribir. El diplomado tiene validez oficial, que es importante para que sea reconocido cuando las mujeres salen y buscan un trabajo digno”, explica Miriam.

También, la colectiva sostiene una casa en San Cristóbal, adonde van a vivir las mujeres que al salir de prisión no tienen lugar al que regresar ni quien las apoye para reiniciar su vida.

El aire se mece despacio durante la presentación. La guitarra y la voz de Maruca Hernández Ramos, preámbulo de la charla, invitaron a este clima de confidencia, de palabra compartida. Y con los testimonios de Domitila y Lupita todo es más conmovedor.

“Me da gusto compartir este sentimiento y poder relacionarme con estas mujeres sobre todo ahora que me estoy enfrentando a la sociedad y no es fácil para mi”, dice Domitila. Luego de estar cuatro años y medio en el Cereso, fue absuelta. Hace tres semanas que está afuera y vive en la casa de la colectiva.

Lupita es tímida y sonríe casi todo el tiempo. Cuenta que durante nueve años estuvo presa y que hace tres que vive y se encarga de la casa Cereza. “Hubo mucha tristeza cuando estuvimos ahí, por no ver nuestros hijos, nuestras familias, pero seguí adelante cuando empezó la practica con la colectiva. Porque sentimos que es como nuestra familia”.

“Consideramos que la cárcel nos es un lugar digno para ninguna persona, haya pasado lo que haya pasado. Desde allí es el trabajo que hacemos, y desde allí es que reivindicamos el hecho de ser mujeres y el merecernos estar libres”. Son las palabras de Gabriela las que, hacia el final, definirán la esencia de una labor que pelea por un sistema justo, igualitario, contra el patriarcado y la lógica punitivista.

Experiencia 2: la poesía será feminista o no será

Retumban entre los sentidos de las y los presentes las palabras de ella que fue zapatista, valiente, comandanta coraje: Ramona. “De por sí es muy pequeña nuestra palabra de los zapatistas, pero su paso es muy grande y camina muy lejos y se entra en muchos corazones”.

Así empieza la travesía a bordo de este navío sonoro y poético llamado Cronopios del naufragio. En su versión de Aquelarre de Versos, Lupita Calvo, Lili Cruz, Berenice Vera y Marissa Revilla leen en vivo ante una sala colmada, dan voz y vida a poetisas hermanas y cercanas. A su vez, Socorro Carranco, escritora local, comparte su propia obra y se suma al elenco que cierra con palabras de Rosario Castellanos.

Quien conduce la nave, anuncia y celebra las voces de estas mujeres es Alfredo Rasgado Molina, creador de este proyecto que nació en el éter. “Fue en un programa que se llamaba ‘Entre Poesía y Música’ que tuve la inquietud de rescatar y darle voz a través de otras voces de mujeres a poetas latinoamericanas”. De este modo, luego de compilar la obra de escritoras de algún territorio que puede ser, por ejemplo, Guatemala, Chiapas o El Salvador, convoca a mujeres de diferentes ámbitos a grabar las lecturas. “Finalmente, hago toda la maquetación, son cápsulas de cinco o seis minutos que se difunden a través de la radio de aquí del Estado”.

Las poesías y las historias de vida de las escritoras se publican y difunden, además, en la revista Enheduanna. Su directora Cynthia Vasconcelos, rescata el carácter ideológico de la iniciativa: “Cualquier tipo de poesía de mujeres tiene un posicionamiento feminista aunque su autora no se nombre como feminista. Además de promover la lectura, buscamos que se conozca qué sentimos las mujeres en este sentido, cómo vivimos desde que tenemos conciencia de nosotras mismas”.

Y en el mismo sentido se pronuncia Alfredo: “Si, como se dice, hay que volver feminista cualquier espacio, nuestra trinchera es la poesía”.

Epílogo

Entre las salas de los talleres, hay una en la que entra el sol fuerte de la siesta. Allí no hay clase sino una exposición. Sobre una amplia mesa está montada una maqueta que con muñecos de madera y de trapo, animalitos de barro y árboles de madera, que descansan sobre pasto real y un espejo que hace las veces de charquito -o laguito, quién sabe- cuenta la historia de la niña Defensa Zapatista. Ella también está ahí, es de trapo y está montada sobre su caballo choco. Inseparable, junto a ella, el gato- perro.

También hay tres casas: la casa de las mujeres, la Escuela Autónoma y la casa ejidal.

La niña Defensa Zapatista apareció, en principio, en los relatos del Subcomandante Galeano durante el seminario “El Pensamiento Crítico frente a la Hidra Capitalista”, en 2015. Empoderada, autónoma y perspicaz, siguió presente en las historias del Sup hasta que hace pocos meses, esos textos se compilaron en el libro “Habrá una vez”. En la sala hay una mesita en la que los libros están a la venta. En las paredes una serie de fotos recorre el proceso de armado y montaje de la maqueta.

Dos jóvenas y un muchacho zapatistas llegan a la sala. Son parte del colectivo que realizó esta muestra. Intercambiamos con ellas y él impresiones de lo que vemos y les hacemos preguntas. No miden en tiempo el trabajo porque “lo hacíamos por la tarde, cuando ya terminamos de trabajar. Una o dos horas, porque nosotros no nos dedicamos a esto”.

Así dicen. Tampoco miden en número las personas del colectivo porque “somos muchos, varios”, acotan entre las dos.

Así, pues.

Otra forma de medir tiempo y forma es posible.