Confieso que me aburro, segunda parte

Confieso que me aburro, segunda parte

Por Simón Klemperer. Se viene el Mundial, se viene la posta, se viene la hora de los resultados, en la que se olvidan los procesos. Podemos hacer todo mal siempre y cuando en el Mundial las hagamos bien. Una nación de finales y no de principios. Tras tantos bodrios, se viene la emoción.

Las Eliminatorias, para los argentinos, son un trámite donde se juega mal y se va al Mundial igual. Para los argentinos cada fecha de Eliminatorias consiste en un solo partido, el nuestro, contra algún equipo de menor rango. Nos enteramos del rival minutos antes del partido, salvo si son Brasil o Uruguay. No sabemos nunca quiénes son los demás. Para nosotros son todos sudamericanitos que viven más allá de la General Paz. Salvo Uruguay que profesa la tradición del fútbol rioplatense y Brasil de quien es propiedad la alegría, el resto son unos morochitos, petisos, autóctonos, originarios y, a decir de Capusotto, originales, que profesan la tradición del fútbol titicatense. Nos miramos el ombligo sin parar, lleno de estrellitas, y festejamos empates aburridísimos.

La AFA, mientras viva Julito, seguirá siendo la ratonera que es. Da la sensación de que aquí no hace falta un tipo que piense. Basile fue el último pensante, después de Bielsa y Pekerman, y eso que cuando entró como DT ya estaba más para el programa de los machistas cancheros (ese donde balbucean el bambino, el mafioso, el cantante y el conductor cuyo nombre desconozco y no pienso guglear) que para dirigir un equipo. La ultima frase que dijo antes de renunciar, el día que perdiera contra Chile en el Estadio Nacional de Santiago fue, “nosotros parecíamos siete y ellos quince, ganaban todos los rebotes, jugaron mejor y a llorar a la iglesia”. Al menos fue sensato. Después vinieron Maradona, Batista y Sabella. Así no se puede. Discúlpenme que se los diga, pero así no se puede. Y lo digo con amor y con cariño, así no se puede. Tenemos más toneladas de futbolistas que de yerba mate y no podemos armar un equipo como la gente.

Y qué significa todo esto. Significa que somos buenos individualmente y malos en equipo. Que nos maneja una manga de negociantes que necesitan directores técnicos débiles y dóciles que no se enfrenten a Don Corleone y sus mafiositos. Quien mejor que Batista para eso. Y sino, sino nos tocan el corazoncito y nos juegan con la inteligencia emocional diciendo que Maradona podría ser una buena opción porque es un gran motivador, y los jugadores se sentirán mejor con él en el banco. Cagarte de risa. Si eso no había pasado ni en Racing, ni en Mandiyu, ¿por qué iba a pasar ahora? Emotivo uso del caudillismo futbolero. Pensamos siempre en personas, en nombres, en estrellas, en personalidades, en millonarios prematuros, y nunca en el equipo. Todo somos el Canal Público con su publicidad de Messi, Argerich, Fangio, Papa Pancho e YPF. Pensamos que Messi es tan bueno, tan pero tan bueno, que da igual si el resto son unos enormes muertos. Damos la vida y dejamos todas las esperanzas puestas en que el petiso mágico ponga turbo, los deje a todos los demás atrás, y meta el gol. Queremos que Messi sea Maradona (y que Cristina sea Evita, pero no viene al caso) y corra cual correcaminos, siempre y cada vez que agarre la pelota, directo al arco, eluda a veintisiete ingleses y meta el gol de la vida. Queremos que renazca Juan Domingo y reencause él solito el país hacia la industrialización por sustitución de importaciones. Siempre el héroe nos tiene que salvar. Y yo, simple televidente, veo a al selección y me aburro como un animal, y llegado el minuto 25 del partido, ya no tengo ni ganas de que gane Argentina. Veo la cara de Sabella y bostezo. Incluso bostezo ahora que escribo su nombre, y tal vez ustedes que lo leen.

Tanta melancolía, tanto pensamiento épico y tanto egocentrismo nos juega en contra. Las Eliminatorias pasadas, el Chile de Bielsa quedó segundo después de Brasil, y jugaba un fútbol hermoso mientras nosotros padecíamos el bodriazo cotidiano del espantoso equipo dirigido por el insensato Maradona. Después, en el Mundial, volvíamos a ser favoritos con el mismo equipo espantoso del mismo señor, barba candado, traje, corbata, carente de autocrítica y el insulto a flor de piel. Y así, jugando horrible le ganamos a México en octavos con un gol en offside y un bombazo de Tévez, de pura casualidad, por no decir, de puro pedo. De fútbol, poco; pero siempre favoritos. Después Alemania nos paseó y la teníamos todos adentro, bien adentro, por cheroncas, agrandados, y a mamarla.

Las Eliminatorias son una sucesión de bodrios que dan una muy buena cantidad de puntos. Una ecuación lamentable. Un bostezo interminable, una lagrima oceánica. Y nosotros, siempre favoritos. El balance final en dieciséis partidos jugados fue de siete victorias, cinco empates (tres uno a uno y dos, cero a cero) y cuatro derrotas. Bodriazo cósmico.

Recuerdo el empate a uno contra Bolivia en River, altísimo bodrio si los hubo. Recuerdo el empate milagroso en Perú donde no perdimos de casualidad. Recuerdo la victoria en Colombia con gol de contragolpe en el último minuto. Y qué decir, para seguir con el masoquismo, del espanto de partido en La Paz, donde empatamos a uno por culpa de la altura, porque ahora todo es culpa de la altura y de la pelota que no dobla. Maldita pelota. Debe ser entonces que cuando empatamos con Bolivia en Buenos Aires fue por culpa de la bajura y de la pelota que doblaba demasiado. Todo muy triste. También recuerdo el empate a uno contra Ecuador en Quito, que también fue culpa de la altura, aunque se jugaba a poco más de dos mil metros de altura, no cuatro mil como en La Paz.

Sucede que perdemos rápidamente la memoria. Cuando ganamos somos una maquina, y cuando empatamos tenemos tres opciones: o nos olvidamos inmediatamente de los sucedido, Messi es un pechofrio y que se vuelva a Catalunya, o culpamos a la altura y la pelota que no dobla.

Para mí, que la selección argentina, granero del mundo, carezca de emoción es una cosa imperdonable. Si la selección de Grecia carece de emoción lo entiendo, si la de Suiza derrama pechofriismo, lo entiendo, pero que la selección argentina lo haga, no lo entiendo. Me hago colombiano mañana mismo. El amor por los héroes va en detrimento de buen juego. El resultadismo feroz juega en contra de la alegría. La messidependencia nos vuelve tontos y a mí me pone de la nuca. ¿Se nota?

Hace más o menos 15 años, cuando estaba en segundo año de la facultad y estudiaba para ser esa cosa llamada sociólogo, se jugaba el campeonato de fútbol 7 de la universidad. Sociólogos jugaban contra atropólogos, filósofos, psicólogos, periodistas, literatos, una cosa de locos. Recuerdo un día, creo que en cuartos de final, perdíamos por bocha de goles, algún equipo con economistas e ingenieros infiltrados entre esa manga de lúmpenes y futuros desocupados, nos estaban dando un baile bárbaro. En mi equipo, de ultimo hombre jugaba un tal Oscar Bahamonde. Oscar era hijo de otro Bahamonde que había jugado en primera, en un Huracan de los 80´. Bahamonde hijo también había jugado en primera, según decía, en Godoy Cruz. Había dejado el fútbol prematuramente, según contó el primer día de clase, “porque el alcohol era más fuerte”. Cuestión que Bahamonde estudiaba sociología con nosotros, sus hipis y alcohólicos secuaces, cuando vio que el partido se nos iba de las manos, comenzó a jugar como él sabía. El arquero le daba la pelota con la mano al lado del área nuestra, se la depositaba en los pies, y Bahamonde avanzaba con calma y destreza, se pasaba a los delanteros que lo salían a presionar, llegaba a mitad de cancha, levantaba la cabeza y pateaba. Metía la pelota siempre en el angulo del arco contrario. Lo hacía cada vez que se lo proponía, y siempre desde mitad de cancha. Mi equipo de lentos y gordos alcohólicos ganó y llego a la final. Ni yo ni ninguno de mis compañeros que estábamos en la cancha participamos de ese equipo, ni de esa victoria, fue Bahamonde el que lo hizo por nosotros. No nos divertimos, no jugamos bien, no sonreímos, solo ganamos. Hay cosas que valen más que la victoria, y no son pocas. Que viva la alegría y que pierda el mejor.