Coronavirus: salir de la banalidad y mirar al mundo

Entre la resignación provisoria y la adaptación mecánica. Reflexiones al filo de la banalidad.

Por Ana Paula Marangoni | Ilustraciones de Francisco Solano López (El Eternauta)

En marzo de 2019, Angela Davis[i] tocaba las tierras charrúas y daba una conferencia en Uruguay. Todo lo que decía, parecía anticiparse de alguna manera a la situación actual.[ii]

Hoy, en medio de la pandemia y la cuarentena de la que, como dijo nuestro presidente, conocemos su comienzo, pero no su fin, todo empuja hacia adentro, mientras las capas tectónicas de nuestro sistema parecen eclosionar (aunque aún no sepamos muy bien hacia dónde).

Mientras nuestras individualidades entran en crisis por el aislamiento, el miedo a la muerte y la incertidumbre hacia el futuro en todos los planos, cuesta salir del agujero interior y mirar un poco más allá. No es para menos. Una rutina de trabajo online (en el mejor de los casos), maratón de series, encuentros virtuales fragmentados por la angustia y el tedio, y la ronda diaria de noticias y memes, en loop, hacen del día a día una tarea que requiere un agobiante esfuerzo. Nuestras vidas, tal como las conocíamos, quedaron suspendidas como viejos satélites en la órbita de la Tierra. Cuesta definirse entre la entrega provisoria al presente, con la esperanza de que esto, tarde o temprano pasará, y la apuesta por una adaptación sin cuestionamientos, acaso más peligrosa y corrosiva que la alternativa anterior.

En estos momentos, cuesta salir de la banalidad. Porque ver y comprender lo que está sucediendo es profundamente desgarrador. En un texto reciente titulado “La ansiedad”, la escritora Mariana Enríquez hablaba de un duelo silencioso. Duelamos algo que no sabemos que es. Desconocer absolutamente qué comienza y qué termina para siempre, es una conjunción inaguantable para cualquier ser humano.

Pero la banalidad, como una crisálida precaria que se ha construido con esmero, se desgarra sola en girones, sin que forcemos la salida a la conciencia. Algunos pensadores proponen la hipótesis de que esta es la expresión de un capitalismo en crisis. Y lo es, pero nada indica que de esta crisis saldremos mejores.

Sin entrar en conspiraciones oscurantistas sobre el origen del virus, queda claro que nuestras endebles democracias demostraron, en primer lugar, ser más frágiles en los países que pregonaban ser el primer mundo. Decía Davis, en la conferencia mencionada:

“En la mayoría de los países blancos (como los europeos y EEUU) la democracia nunca llegó a desplegar su pleno potencial. Estas democracias tienen grandes fallas; porque si bien se promueve un discurso de igualdad, de justicia y de libertad para todos, en realidad los derechos y las libertades se ven limitados por cuestiones como la raza, la clase social y el género.”

En este aspecto, el panorama actual hace estallar la idea de que en determinados países hay una mejor calidad de vida, cuando allí ni siquiera se pueden garantizar cifras modelo de sobrevivencia. Para países periféricos de Latinoamérica, se cae el mito de la oportunidad en el viejo mundo, una suerte de retorno de los viajes colombinos (migrar hacia las tierras de la civilización) y en particular hacia países como España e Italia, dos de los más afectados de Europa, e incluso EEUU. En este punto, podría observarse la crisis del orden sistémico actual. Pero detenerse en este aspecto sin observar otros emergentes, puede incentivar un optimismo apresurado incapaz de contemplar otras transiciones y ver hacia donde se dirigen.

En segundo lugar, la amenaza de un virus que se propaga velozmente a través del contacto humano, aceleró la mutación hacia democracias proto fascistas, donde el control policial, la militarización, el reconocimiento digital, la vigilancia comunitaria, y el control absoluto de los cuerpos tienen un rol central para su funcionamiento. Y no estamos hablando de tendencias políticas o regímenes concretos. Todos los estados del mundo están atravesando hoy esta violenta transformación, desde el comunismo, pasando por los estados de bienestar, hasta los estados con tendencias más neoliberales como EE.UU. o Brasil.

No es un dato menor que uno de los requisitos que indica la OMS (a modo de recomendación) para que un estado pueda salir de la cuarentena, sea la posible identificación del recorrido exacto y las personas con quien tuvo contacto alguien que sea detectado como Covid positivo. En Argentina, el modelo de estado de bienestar, una marca del peronismo histórico que se repite cíclicamente con distintas variantes, aporta algunas garantías (que cobran hoy una vital importancia, y que muchos países llamados del “primer mundo” no ofrecen) en cuanto a subsidios, salud pública y atención hacia los problemas de los sectores populares. Sin embargo, Argentina no es una excepción en la transformación del rol de las fuerzas de seguridad y en el consenso creciente hacia una sociedad panóptica, donde cada ciudadana y ciudadano ejerce la vigilancia sobre los y las demás.

Por otra parte, el blindaje de las fronteras también ofrece la posibilidad de solucionar por una vía xenófoba el problema de la migración, especialmente para las potencias mundiales. La premisa de “sálvese quien pueda” para cada país ante la amenaza pandémica, recrudece los límites entre los estados y obliga a cada nación a hacer el recuento exhaustivo de los recursos con los que cuenta para una población determinada. Una suerte de TEG recrudecido, donde cada ficha se traduce indefectiblemente en vidas salvadas o recursos económicos. Se pierde para ganar, y se gana para perder. En definitiva, cada cuerpo es hoy una carga presupuestaria de salud, un dígito en las cifras de enfermos o fallecidos, una apuesta económica, sanitaria y política que el gobierno debe asumir, o resignar. Nuestros cuerpos pertenecen al estado, y para que este nos proteja, les otorgamos a cambio el dominio casi absoluto de nuestras libertades.

Angela Davis hablando frente a una multitud

No es casual que en este contexto sean las cárceles algunos de los focos principales de resistencia y conflicto. Angela Davis, pone especial atención en lo que estos espacios representan:

“Las cárceles son el punto débil de la democracia capitalista. Si quieren saber a quién se excluye literalmente, a quienes se les niegan derechos y libertades en cualquier sociedad, visiten una cárcel. (…) Cuando visitan una cárcel es seguro que van a descubrir gente que representa la población que habita las periferias de la democracia. (…) En toda América latina verán personas negras y personas indígenas.”

Si las cárceles son hoy la evidencia de quienes son las y los marginados de las democracias capitalistas, esta situación de emergencia recrudece la problemática a un punto límite. Hoy, permanecer en una cárcel, es directamente una sentencia de muerte. [iii]

Por otra parte, para las mujeres que sufren violencia de género, permanecer en el hogar, también es una sentencia de muerte. No hay promoción de programas o políticas que pueda verdaderamente ocuparse de garantizar la vida de esas mujeres.

Nuestro modelo de estado, con sus mixturas y sus zonas ambiguas, pone en evidencia las deficiencias estructurales de nuestro sistema democrático, que, en el mejor de los casos, suelen ser precariamente subsanadas a través del estado de bienestar. El éxodo macrista y la apertura del albertismo conciliador y dialoguista, arrojan en el país un panorama con medidas urgentes tranquilizadoras, pero sostiene aun deficiencias estructurales que, por un lado, exceden a la buena voluntad política; pero, además, en el caso de que esa voluntad existiera, cabría preguntarse si estaría dispuesta (o si podría, directamente) a afrontar el costo político.

¿Soportaría nuestra sociedad la destrucción de las cárceles, corazón de nuestros sistemas? ¿Toleraría una flexibilización del castigo en pos de salvar vidas? ¿Cómo se redefine el espacio cárcel, cuando el encierro (con aislamiento, y acceso a higiene en condiciones habitacionales dignas) pasa a ser un privilegio? ¿En qué se diferencia una cárcel de una villa o una favela en cuanto son espacios abandonados a la muerte?

El mundo está cambiando, pero la dirección no es en sí misma emancipadora. Más bien, a quien escribe le cabe pensar todo lo contrario. Asumir este panorama y adaptarnos sin más, oscila entre la negación de un futuro distópico en ciernes y la aceptación semiconsciente de una pulsión de muerte. La lucha por la vida necesita reconfigurarse también en términos comunitarios y más allá de la conservación las funciones vitales de un cuerpo.

Urge salir de la banalidad. Porque mientras nos deprimimos y miramos Netflix, se consolida la peor de las distopías concebidas por la imaginación.

En momentos de aislamiento, los movimientos más vitales como el feminismo encontraron un límite rotundo a mecanismos que se basaban en el encuentro y las manifestaciones masivas. El presente nos demanda, en dirección contraria a la tendencia, repensar formas de resistencias por fuera de nuestras fronteras, y de los problemas locales.

La periferia del mundo no puede permitirse ni el simplismo de cada problema, ni su atomización. Hay historicidades que otorgan a cada conflicto una densidad específica. Y a su vez, hay puntos que, al conectarse, pueden potenciar nuevas formas de resistencia y transformación. Al feminismo le toca ser menos blanco (o clasemediero) si quiere ser verdaderamente útil. Las luchas por el medio ambiente, por la ecología, por los derechos indígenas, contra la segregación étnica o de clase, o contra los femicidios, necesitan un aprendizaje, y puntos de encuentro.

La paradoja es que hoy necesitamos reordenarnos y encontrarnos, en un contexto que lo impide. La creatividad puede ser una aliada, para articular hoy alternativas comunitarias que logren cuidarnos de la pandemia sin caer en mecanismos de control y sin descuidar las vidas que importan.

Los cuerpos de presos importan.

Los cuerpos de identidades no binarias importan.

Los cuerpos de las mujeres importan.

Los cuerpos villeros importan.

Los cuerpos negros importan.

Los cuerpos migrantes importan.

Los cuerpos indígenas importan.

Todas las vidas importan.


[i] Angela Yvonne Davis (Birmingham, Alabama, Estados Unidos, 26 de enero de 1944) es una filósofa, política marxista, activista afroamericana antirracista y feminista, y profesora del Departamento de Historia de la Conciencia en la Universidad de California en Santa Cruz de Estados Unidos. Formó parte del movimiento antirracista Black Panthers (Panteras Negras) y es un ícono mundial de la lucha por los derechos civiles de las mujeres y de los afroamericanos.

[ii] Transmisión en vivo de la Conferencia Magistral de Ángela Davis desde el Teatro Solís en el marco del Día Internacional de las Mujeres (8 de marzo) y el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial (21 de marzo). Montevideo, Uruguay, 22 de marzo de 2019: https://www.youtube.com/watch?v=qgkzuUTwgDM

[iii] “Si ha habido tanta preocupación por la gente que estaba confinada en los cruceros –afirma Angela Davis –, donde una rápida trasmisión y contagio es inevitable pues, por supuesto, tendríamos también que preocuparnos aún más por las personas que están en la cárcel o en los centros de detención de inmigrantes. En primer lugar, las personas que están en la cárcel, por lo general, se quedan por un período de tiempo bastante corto: tal vez un mes, seis meses. Sin embargo, en las condiciones actuales, una sentencia de tres meses puede equivaler a una pena de muerte” en: https://www.pikaramagazine.com/2020/04/la-crisis-vista-por-klein-y-davis/