Cromañón y los límites de la cultura del aguante

Por Gonzalo Reartes / Foto por Juan Noy

Porque está prohibido olvidar que hace once años ardió Cromañón y con él se fueron cientos de vidas, porque es necesaria la reflexión es que publicamos esta nota sobre la cuestionada “cultura del aguante”. ¿Cómo era ir a ver una banda antes de que las negligencias quedaran expuestas en el escenario de la cultura rock en argentina?

Una hamaca se mueve en soledad al viento en alguna plaza de Once. Símbolo de la inocencia perdida. Aunque la plaza puede ser de Quilmes, de Flores, de Lanús, de Mataderos, de Morón o de Constitución. Zapatillas de lona gastada en el suelo de una madrugada también simbolizan esa inocencia perdida. Y esta vez el escenario es concreto. Cromañón. Allí donde el techo en llamas parecía desplomarse sobre la cabeza de cientos de personas. Donde el humo negro se volvía espeso. Donde comenzó a cuestionarse de una buena vez la cultura del aguante del rocanrol.

Once años después de la tragedia (sí, tragedia), cambiaron muchas cosas. Omar Chabán muerto, el baterista de Callejeros preso por prender fuego viva a su mujer, el cantante, Pato Fontanet, en constante puja por su salud mental, la banda que hace algunas apariciones, seguida de miles de jóvenes que juran que “la música no mata”. Claro, muchas cosas cambiaron. Pero el dolor de las vidas que se extinguieron esa madrugada no cambió. Ese dolor no cambia, no se transforma. Permanece ahí, enterito. Quienes siguen sus vidas habiendo perdido a esos hijos e hijas, hermanas y hermanos, madres y padres, amigos y amigas, viven la existencia con el duelo intacto. Transitar la vida luego de  algo así es como seguir viviendo con un brazo menos, con medio corazón apagado.

Complejo asunto a tratar el de Cromañón. La juventud pidiendo por la libertad de los músicos. El periodismo la cabeza de Chabán. Los familiares de las victimas pidiendo  justicia. El ámbito del rock defendiendo al empresario y apuntalándolo como un prócer de la movida under musical. La cultura del aguante al rojo vivo. Pero, ¿de qué va esto de la cultura del aguante del rocanrol? Bancarse lo que sea. Exponerse a todo tipo de riesgos porque “eso es el rock”. Ponerle el cuerpo a lo que venga. Meterse en tugurios que están a punto de prenderse fuego merced de un cortocircuito, en antros rodeados de trescientas personas donde en realidad caben cien, donde no hay agua en los baños, donde no hay salidas de emergencia. Odiar por sobre todas las cosas a los caretas. Aguantar contra viento y marea.

La cultura del aguante en el rock va de la mano con la de la cancha, sobre todo la del ascenso. Ir a todas las canchas que se pueda y resistir los palazos de la policía. Bancar que el camino a la tribuna visitante esté plagado de piedrazos. Prender bengalas. Amenazar de muerte al rival sosteniendo el trapo con los propios colores. Claro, el folklore del fútbol, nadie lo puede negar. Todos somos parte de eso. La problemática yace en buscar la delgada línea que separa lo cultural de la locura, de lo absurdo. Gritar que los del otro lado son todos putos es una cosa; rodear entre siete a un distraído que tiene los colores incorrectos y matarlo a trompadas en el piso, es otra muy distinta. Embarrarse hasta los tobillos en un recital del Indio es una cosa; tirar bengalas en un sótano sin ventilación ni salida de emergencia saltando con doscientas personas, es otra.

Cabe pues preguntarse: ¿Cuántas de esas muertes estaban ese día ahí en nombre del rock y del aguante? Porque se trata del rocanrol, del barrio, del faso y el vino en la esquina, de los marginados, de juntar la moneda un mes y tomarse el bondi desde cualquier rincón del conurbano hasta capital para saltar una hora y media y sacarse la bronca. Sacarse la bronca contra este sistema de mierda que emplea a esos pibes sin futuro como repartidores de pizza, barrenderos o soldaditos de vendedores de prensados, contra el padre borracho que nunca labura y está todo el día dado vuelta, contra el marido que caga a palos a su mujer, contra la educación que no da ningún tipo de garantías, contra el empresario que paga dos con cincuenta y vive en nordelta y juega al golf los martes a las once de la mañana. El aguante, hay que aguantar lo que venga, porque ya va a llegar la nuestra, y si no llega, no importa, son pequeñas venganzas contra el destino; ir a un recital y cantar, y gritar “la concha de la gorra” y estar al borde del desmayo entre empujones en un pogo y morirse de calor y tirar vasos de birra a un cielo que ya no se ve.

Que haya sido Callejeros es circunstancial. ¿Cuántas bandas hay del estilo que podían haber pasado por la misma situación? ¿Cuántas al día de hoy? Claro, hay cierta toma de conciencia respecto de las bengalas, hay un antes y un después de Cromañón, está claro. Pero, ¿y los bares que no están aptos para recitales? ¿Y los antros donde gotea el techo sobre una veintena de cables enchufados a amplificadores? Bueno, es rock. Sí, pero, ¿hasta qué punto? Dijimos que el límite es delgado, sobre todo para quienes defienden la cultura del rocanrol, porque ésta también tiene muchísimas cosas para destacar: compañerismo, búsqueda de la expresión artística, canciones que hablan sobre lo que le pasa a los pibes del barrio todos los días, e incluso las cosas positivas del aguante: eso vuelve tan compleja la cuestión. Pero creer que Cromañón forma parte de una negligencia pasada e imposible de repetirse es un claro error. Esa noche simboliza una herida abierta, que nunca cerrará y que obliga a todo el espectro del rock a hacer una profunda autocrítica.

La imagen de las zapatillas de lona gastada, heridas, amontonadas, solitarias seguirá girando en el imaginario social colectivo. Esas zapatillas están ahí, como susurrando “prohibido olvidar”. El reclamo de justicia está más vigente que nunca. Las hamacas seguirán moviéndose en soledad al viento. La cultura del aguante va encontrando sus límites. Y el rocanrol, también.