¿Cuántos rugbiers hay en tu grupo de amigos?

 

¿Cuántos rugbiers hay en tu grupo de amigos? ¿Con cuántos grupos de WhatsApp compartís? ¿Con cuántos salís el finde? No, la pregunta no es cuántos de ellos efectivamente juegan al Rugby o acuden a algún club elitista. La pregunta es ¿cuántas veces réplicas la misma conversaciones, los mismos actos y las mismas complicidades que tuvieron los asesinos de Fernando?

Por Iván Barrera

El reality show que comenzó la madrugada del 18 de enero con el asesinato de Fernando Báez Sosa deleitó las pantallas de los hogares de fotos, videos, discursos moralistas, teorías, reflexiones sobre la violencia en la sociedad, fotos de los asesinos, sus conversaciones, su estadía en un penal, qué comen, qué hacen, qué dicen los padres.  

Volvió el papel de buena víctima: el pibe que estudiaba, que quería progresar, que no hacía quilombo, ergo, no merecía morir, y también el de malos victimarios: los pibes bien, de clase alta, que hacen un deporte saludable y no viven en barrios marginales, ergo, no deberían asesinar. Y en el medio del show 24/7, todo parece una serie de Netflix muy lejana a nuestra realidad, donde creamos una imagen de los “rugbiers” asesinos, donde nos asusta poder ser la víctima pero con el morbo y la satisfacción de nunca, pero nunca, ser el victimario. 

04:55 Lucas Pertossi: “Estoy acá cerca de donde está el pibe y están todos a los gritos, está la policía, llamaron a la ambulancia… caducó”

Caducar. Verbo intransitivo. 1. Perder su validez o efectividad, generalmente por el paso del tiempo fijado. 2. Estropearse o dejar de ser apto para el consumo.

¿Cuándo caduca un cuerpo? ¿Cuántas veces lo dejamos caducar? El uso de dicho verbo en la conversación tiene una connotación tan casual como poéticamente correcta. Los cuerpos caducan, pierden su validez, su efectividad, se estropean y dejan de ser aptos para el consumo. 

¿Cuántas veces dejamos caducar un cuerpo ajeno? Destruir el cuerpo del otro a fuerza de piñas y patadas, de ataque en manada, y sin siquiera permitir una mínima defensa, es una buena forma de caducar el cuerpo del otro. Pero la clave no es solo la violencia física ejercida, lo importante es saberse dueño del cuerpo del otre. La cultura del macho es casi en su totalidad la cultura de apropiarse del cuerpo del otre, saberse propietario y soberano. Saber que puede controlarlo, moverlo como una marioneta, controlarlo como a un Sim, jugar con él, extraerle el jugo, saciarse y desecharlo cuando caduque.

¿Cuántas veces nos apropiamos de un cuerpo? ¿Cuántas veces perdemos hasta la mínima empatía? Moler un cuerpo es caducarlo, también es exprimirlo, ningunearlo, menospreciarlo, controlar qué hace, cuándo hace, cuánto hace, por qué no hace lo mismo que yo, lo que yo quiero. ¿Cuántos cuerpos apropiamos en nuestra vida? En nuestras relaciones, en la escuela, en la facultad, en el trabajo, en tu espacio de militancia.

Las micro sociedades machistas nos encapsulan, nos etiquetan y nos jerarquizan. El más macho que vos admira al que es más macho que él. Porque escabia más, levanta más minas, se caga más a trompadas y sale más de gira. El aguante nos rige, rige a la masculinidad dominante y si no tenes aguante caduca tu masculinidad y caducas vos. Los golpes que le rompieron la vida a Fernando no fueron golpes de odio, fueron golpes disciplinadores, golpes jerarquizadores, muestras de quién tiene más aguante, que macho domina a cual.

La cultura machista nos enseña a caducar cuerpos. A caducarlos de prepo, o caducarlos en cuotas. En muy cómodas cuotas, en general, hasta cancelarlo completamente.

06:06 Matías Benicelli: “Eu, amigo. Dejen de lorear. ¿Qué están preguntando los otros pibes si nos peleamos?”

06:06 Ciro Pertossi: “Chicos, no se cuenta nada de esto a nadie”

La complicidad. El pacto de silencio. El pacto de caballeros.

En el silencio está la nada, no hay culpables, no hay víctimas, no hay cuerpos, no hay golpes. No hay responsabilidad, la horizontalidad pone en el mismo lugar al que molió a patadas a Fernando y al que estaba tomándose un helado. En el silencio somos todos igual de inocentes que de culpables.

Mientras los medios nos taladraban contándonos del macabro pacto de silencio, del no hablar a la prensa ni declarar ante la justicia para que no se sepa la verdad, más de uno de nosotros recordó la cantidad de veces que escuchó o dijo lo mismo. “No seas boludo, no cuentes nada”, “fue una noche”, “fue una vez” y una larga lista de etcéteras.

¿Cuántas veces nos callamos para no lorear? ¿Cuántas veces nos comimos la cabeza por no contar? ¿Cuántas lenguas comimos para no delatar a ese que llamamos amigo, familiar, compañero? En un momento histórico donde todes nos enteramos de esa amiga, familiar, compañera que cuenta públicamente que fue acosada, abusada, violada, ¿por qué hay tantas víctimas y tan pocos victimarios? ¿por qué hay tan pocos “yo conozco un pibe abusador”?

¿Cuántos pactos de silencio hay en tu grupo de amigos? ¿Cuántos pactos de caballeros entran un grupo de whatsapp? Cuántas fotos de pibas, fotos de cadáveres, cuánta homofobia, transfobia. ¿Cuántos “no te metas” rigen nuestras masculinidades?

“Máximo está destrozado. No hicieron ningún plan para matarlo. Es una pesadilla total”, expresó Marcial Thomsen, tras visitar a su hijo en la comisaría

Somos dueños de lo ajeno. Dueños del cuerpo del otre, dueños de su verdad, de su conciencia y de su silencio, pero nos horrorizamos al escuchar al padre de uno de los pibes asesinos defenderlo al compás de un “No quisieron hacerlo”.

“No quisieron hacerlo”. Nos horrorizamos y empatizamos un poco. Claro, qué va a decir, es su hijo. Seguramente vos también defenderías a tu hijo y no querrías ver que es un asesino. Así como hacemos cuando nos enteramos la macana que se mandó ese amigo, familiar o compañero cuando se le fue de las manos o estaba muy en pedo y no se dio cuenta. ¿Cuántas veces somos el padre de Máximo Thomsen?

¿Cuántas veces nos acercamos tanto a ese acosador, abusador o violador que lo terminamos encubriendo? Me abruma pensar cuántas veces somos más empáticos con un acosador, abusador o violador que con su víctima por el lazo que nos une. Me horroriza pensar cuántas veces somos el juez que libera violadores u obliga a revincular a un violador con un familiar. El pibe que abusa, acosa, viola o mata, no lo hace solo. Lo hace en complicidad de su círculo. Lo hace ante los ojos ciegos y las bocas mudas de quienes lo acobijan. Si algo aprendimos de encubridores y encubiertos es que nadie mata solo, nadie viola solo, nadie es violento en soledad.

¿Cuántas veces bancamos al otro en el nombre del aguante? ¿Cuántas veces nos tocó forjar esa masculinidad dominante en un grupo? El aguante es hacer, el aguante es callarse y, sobre todo, el aguante nunca reducirse a empatizar con la víctima.

Tenemos la tarea de no ser nunca más el padre de Máximo Thomsen acunando el homicidio de su hijo, tenemos la tarea de no ser nunca más el mensajito de Ciro Pertossi llamando al pacto de silencio, ni el de Matías Benicelli señalando a aquellos que se les escapó algo. Tenemos la tarea de no permitir más “rugbiers” en nuestros grupos, ni ser nosotros el rugbier de nuestros espacios.