Curepas, con la copla a cuestas

Por Leonardo Candiano

El joven quinteto folklórico Curepas presenta mañana su primer disco, De soles y veredas, en el que dan rienda suelta a la originalidad y poesía de sus letras e interpretan algunos clásicos que ya son parte de nuestra historia.

 

Abril ha sido un mes de gratas presentaciones en la música popular argentina y la capital federal ha sido testigo de ello. Nuevas formaciones compuestas por jóvenes compositores, músicos, cantores y cantoras de nuestro suelo, han dado luz a álbumes de gran valía que nutren la plena vigencia del canto local, que, como toda parte viva de nuestra cultura, se renueva a partir de sus raíces.

La cantera anda bien, y para certificarlo, este jueves 23 de abril  a las 21:00 horas el joven y prometedor quinteto del conurbano sur bonaerense, Curepas, presenta De soles y veredas, su primer disco, con un recital en Hasta Trilce –Salvador Mazza 177, C.A.B.A.)-, junto con los músicos invitados Popi Spatocco, Carlos Moscardini y Hernán Ríos.

Curepas está integrado por Nicolás Lapine en guitarra y voz  (además, compositor de la gran mayoría de los temas del grupo), Pablo Brie en contrabajo y voz, Sebastián Medina en violoncello y voz, Matías Wilson en piano y bandoneón, y Santiago Brie en percusión. Su repertorio se destaca por la particularidad de privilegiar las canciones propias, aunque no falta en él la presencia de logradas versiones de distintos clásicos, como por ejemplo la emotiva “Vidala de la copla” con la que se inicia el disco, del Chango Rodríguez, la altísima versión de “Zamba del Chahuanco”, de Hilda Herrera, y la aparición de “Maestras de Jujuy”, de León Gieco, y “Tonada del cabestrero”, del venezolano Simón Díaz.

El trío de voces y la constancia del violoncello, el contrabajo, el piano y el bandoneón, dan peculiaridad sonora a la propuesta musical de Curepas entre la joven camada de artistas que van surgiendo. La amalgama de la formación es total, se nota en sus canciones un trabajo arduo detrás, de mucho ensayo y presentaciones en diversos espacios, para llegar a una combinación armónica que parece natural en ellos, experimental y a la vez con evidente raíz popular.

Como se ha dicho, De soles y veredas inicia con la vidala de autoría del Chango Rodríguez, que emerge luego de unos segundos a puro sonido que van generando el clima telúrico que recorre todo el disco. Arrancar con una vidala a varias voces y con una nutrida concentración de instrumentos da cuenta de la marca que pretende dejar Curepas en nuestra música: la manera en que se afinca en la tradición, le imprime rasgos propios y construye así una nueva producción cultural tan innovadora como vernácula.

El segundo de los dieciséis temas del disco, “Mirar”, de Nicolás Lapine, es uno de los doce de producción propia que podemos oír en De soles y veredas. Obra más experimental, se enriquece aquí con la participación de Facundo Guevara como músico invitado. Del mismo compositor es “Soy distancia”, que nos remite al viaje, a la itinerancia ligada no solamente a la profesión musical sino a una forma de vida y, sobre todo, a una mirada existencial sobre el mundo: “No conozco lejos, cerca ni distante, no tengo una forma, soy la que vos quieras darme”, expresa la canción que se detiene en el sonido de unas manos en el barro y en la que Carlos Moscardini pone las suyas a las cuerdas de la guitarra. Mensaje, canción, puente, todo eso se puede ser con “Soy distancia”, uno de los muchos poéticos momentos del disco, que continúa con la chacarera de Medina y Wilson “La consecuente”. Ésta, lejos de lo que su nombre indica, innova musicalmente a partir del ritmo más popular de nuestro folklore y al que siempre le sienta bien el últimamente tan poco utilizado bandoneón.

Otro infinitivo titula un tema en De soles y veredas, como queriendo sustantivarlo todo, volver cosa concreta la acción de brindar música. “Crecer” (Lapine) también se destaca por la impronta de su letra, que busca en la mirada clara como un horizonte, anda buscando siempre cosas entre los ojos de los demás, como una rara costumbre. Luego llega “Temático lunar” (Medina-Lapine), que arranca con un hablar pausado que describe diversas situaciones, mientras la música asoma de fondo hasta volver todo canción.

Con “Tonada del cabestrero” retorna la tradición musical, esta vez latinoamericana, al disco (nuevamente con la participación de Facundo Guevara, a quien en este caso se suma Gastón Carbajal), que enseguida continúa en la misma línea con uno de los más logrados momentos del álbum, el de “Zamba del Chahuanco”, con la inestimable voz de Liliana Herrero.

Hasta acá, un gran disco, pero sólo lo estamos promediando. La otra mitad logra mantener el mismo nivel; primero, con el primer tema puramente instrumental, “Eh, gato”, de Matías Wilson -un gato “extraño”, con el piano en primer plano-, y después con “La que no es lo que parece” -con la participación de Hernán Ríos en piano- y el aire litoraleño “Buscando” (ambas de Nicolás Lapine), cuyo sonido trastoca un poco la línea previa gracias a la aparición de la flauta de Eugenia Sanjurjo, el clarinete de Santiago Pedernera y el fagot de Agustín Uzal.  Esta tríada muestra cómo diversos ritmos son interpretados con igual lucidez por estos curepas. Les sigue “Maestras de Jujuy”, el último de los temas que no son propios en De soles y veredas y donde la letra de Gieco cobra nueva voz en este quinteto.

Entrando en la última porción del disco, llegamos a “El pensamiento” (de Pablo Brie), otra canción instrumental donde el bandoneón es lo que estructura un tema de raigambre tanguera. Continúa “Sólo un día” y tras él la semblanza de un hombre común que lleva en su pecho la humildad, el sereno “Tío Humberto”.

“Vieja tonada” -las tres últimas canciones, nuevamente, de Nicolás Lapine- da fin a De soles y veredas con una letra que suena a declaración de principios sobre el canto de Curepas, que nos regala “esta humilde tonada/que se abre paso nomás/entre el campo y la ciudad/ para adentrarse en el alma”, y que nos insta a llevarla despacito en su triste mirada, llena de pena porque nadie quiere cantarla. Una vieja tonada, entonces, que deja una huella que hay que llevar siempre con uno mismo, aun andando nuevos caminos.

En definitiva, vidalas, tonadas, chacareras, zambas, gatos, aires litoraleños, canciones, casi todas tenues en su sonoridad, voces y rasgueos, sin estridencias, pueblan este primer disco de Curepas, con el cual inician un camino en el que tienen todas las posibilidades de llegar bien lejos.

Curepas no es ni calco ni copia, sino construcción novedosa a partir de pilares que sienten propios, el del cancionero argentino, el del voceo de nuestra música, el de la incorporación de clásicos a sus nuevos repertorios, el del agregado de fusiones con músicas de otras regiones. Por todo esto, Curepas es una genuina expresión del nuevo folklore.

 

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