Día de la memoria: la dignidad villera

Por Agustín Bontempo. Los sombríos años de la dictadura fueron devastadores para el conjunto de la población. Debacle financiera, crisis de los partidos tradicionales, pérdidas de derechos. Pero también, fueron años de intensa lucha, lo que nos presenta un compromiso para los sectores populares. En esta vorágine, como hoy, la lucha de los villeros y villeras fue escondida por la historia oficial. Teófilo Tapia y Fatima Cabrera nos ayudan a recuperarla.

 

El pasado 21 de marzo se realizó una charla debate en el local de la agrupación Los Invisibles, ubicado en la Villa 31, barrio Padre Mugica. El evento se llevó a cabo bajo la consigna: “¿Que pasó en la Villa 31 durante la dictadura militar? Historia de desaparecidos y resistencia al desalojo”. De dicha actividad participaron Teófilo Tapia, histórico militante villero del barrio de Retiro, quien fue declarado hace pocos días Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires por su lucha, y Fátima Cabrera, activa militante durante los años de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) de Lopez Rega y en la dictadura cívico -militar -clerical iniciada el 24 de marzo de 1976.

Una lucha desde abajo

“Cuando uno vive y piensa en todo esto, valora mucho más la democracia”, enfatiza Fátima Cabrera. Así como en la actualidad los villeros y villeras sufren como nadie la vulneración de derechos, durante la dictadura la situación no era menos grave. Los barrios “feos”, las personas del “interior o de otros países”, pero sobre todo, la cuna de la militancia digna, eran motivos suficientes para desaparecer, también, al movimiento villero.

La patria villera, que hoy lucha por la urbanización de sus barrios, daba sus muestras de mayor fortaleza por aquellos años. Jóvenes y comprometidos. “Yo en aquella época no era de los militantes más activos, pero ya comenzaba a acompañar en las luchas y las movilizaciones. Tenía 15 años”, asevera Jonhy Tapia, el incansable luchador. Y recuerda que en sus inicios militantes, “En la villa se peleaba por la luz, el agua. Llegaron los capitalistas que venían a cobrarnos la luz. Era un pelea importante para los vecinos. Con la ayuda de Mugica hemos podido ganar aquellas conquistas.”

Por su parte, Fatima Cabrera, cuenta que a los 13 años “lo primero que hice fue involucrarme en un grupo de catequesis del barrio. Fue algo impresionante porque me hizo conocer una iglesia que está del lado de los pobres. Por eso la iglesia del tercer mundo y la teología de la liberación se ha involucrado con la lucha de los pueblos.”

El modelo neoliberal nacía, y los villeros, con estas reivindicaciones, mostraban su sentido de la solidaridad por sobre el egoísmo individualista. Cabrera cuenta que “Nosotros comenzábamos a aplicar algo así como el socialismo. Por ejemplo, denunciábamos a quienes tenían una vivienda vacía para especular, cuando la lucha era por la vivienda digna. Y empezamos así a ocupar las casas vacías. Queríamos terminar con eso. Y esta es una lucha que hoy debe seguir.”

Los muertos del pueblo no fueron arbitrarios

Se vivían los últimos años de democracia. Lóepz Rega, “el brujo”, concentraba una gran cantidad de poder al frente del Ministerio de Bienestar Social, en otra muestra de las paradojas de la historia.

“Con la muerte de Peron y cuando llega Isabel y luego los militares, iba creciendo al persecución a los dirigentes de la villa 31 porque les tenían miedo. Venían a la madrugada y se los llevaban. Algunos se salvaron pero de casualidad, era muy jodida la época. Hasta que empezaron a desalojar. De 50 mil personas que habitábamos el barrio, quedamos menos de 40 familias”, cuenta Tapia.

Cabrera recuerda el asesinato de Alberto Chejolan en el año 1974 a manos de las fuerzas de seguridad. “Me acuerdo que acá fue terrible, un día de duelo. Los villeros se reivindicaban no solo como villeros sino como clase trabajadora. Y eso hay que reivindicarlo. Aquella vez los villeros decidimos hacer un paro y no ir a trabajar porque mataron a uno de nosotros. Ese era el nivel de conciencia.” Su muerte, no casualmente, ocurrió algunos meses antes del asesinato del Padre Mugica, fusilado por la Triple A.

Con una gran muestra e congoja, Cabrera se introduce ya en los años de la dictadura. Es en el año 1977 y revalida a otro de los históricos luchadores. “Tenemos muchos compañeros desaparecidos y asesinados en el movimiento villero, como Alberto “Galleta” Alfaro. Alberto fue el compañero que me introdujo en la política aquí en la villa. El era un luchador muy crítico con él mismo, con sus compañeros e incluso con las bajadas de los aparatos. Esto era una escuela de militancia.”

Desalojos compulsivos. La resistencia

Uno de los hechos más destacados durante la dictadura en la villa 31 fue el juicio que los vecinos y vecinas le ganaron al terrorismo de Estado. Tapia recuerda que “Ya habían matado a Mugica y quedamos prácticamente solos frente a las topadoras. Esto se replicó en todas las villas. Era muy duro ver como cargaban los camiones con familias y las tiraban del otro lado de la General Paz.”

La situación se estaba tornando muy dura. Las villas sufrían los desalojos y la represión de la mano de Osvaldo Cacciatore, el militar que estaba al frente de la intendencia porteña. La villa 31, que históricamente fue un ejemplo y vidriera para el resto de los barrios populares de la ciudad y el país, volvía a dar una muestra de fortaleza, en un contexto desolador cuando el barrio casi alcanzaba la extinción con la fuerza de las topadoras.

Fueron 40 familias las que resistieron, incluido Tapia. “En un momento se logró juntar a 33 personas que denunciaron a la dictadura militar y eso nos dio tiempo para organizarnos. Pudimos acercarnos a la Asamblea por los Derechos Humanos que encabezaba Eduardo Pimentel y a los curitas tercermundistas. Ellos nos ayudaron mucho.”

En el año 1979 Eduardo Pimentel va a la asociación de abogados para iniciar una demanda. Se propuso a la doctora Victoria Novelino y al doctor Horacio Rebon, ambos vinculados con el Partido Comunista que, a diferencia del peronismo, gozaba de una mayor legalidad. Ellos hacen la demanda para poder parar la erradicación compulsiva. El acierto estuvo en presentar un amparo con el argumento de no innovación, ya que por medio de un decreto anterior sancionado durante el gobierno militar, solo se podía desalojar personas de sus viviendas garantizándole otro hogar, hecho que por supuesto no ocurría.

De allí en adelante, tanto el barrio de retiro como las villas en general, comenzaron su paulatina restauración.

De la resistencia a la conquista de poder

“Los que sobrevivimos a tanto terror y tanta represión, que no solo fue el pueblo argentino sino en toda América Latina. Por eso, esa memoria tiene que seguir siendo activa para ver las luchas de hoy. Son los mismos ideales de soberanía y de emancipación de los pueblos”, relata Fatima Cabrera.

Han pasado 39 años del golpe de Estado y el movimiento villero cuenta con el gran desafío de recuperar aquellos principios emancipadores, de justicia e igualdad. Es la lucha por la urbanización de los barrios, por el cumplimiento de la Constitución de las leyes que avalan el histórico reclamo. Es la toma de conciencia, el compromiso solidario por el otro. Por eso Cabrera no duda: “Hubo muchos compañeros que dieron su vida. Y cuando pienso en esto, que cuando dieron la vida fue por esta ética. Seguimos luchando para que esa dignidad de militantes apoye a las futuras construcciones.”

Los años de la dictadura y del neoliberalismo más feroz han pasado. Sin embargo, lejos de la ingenuidad, en la lucha por los Derechos Humanos de ayer y de hoy, Cabrera recuerda que “Nos siguen reprimiendo de mil maneras, aunque sean formas más sutiles. Cuando una democracia quiere avanzar, ahí aparecen de distintas formas.”

Por eso se hace necesario recuperar la unidad y la identidad villera. Aquella que forjaron Chejolan, Galleta Alfaro, Valenzuela, incluso Mugica y tantos otros.

“La lucha deberíamos ganarla nosotros porque es la lucha de los pueblos, de la humanidad. Hay que cuidar que las construcciones sean lo más amplias, porque en momentos tan terribles como fue la dictadura en las villas, esa amplitud garantiza la unidad”, sentencia Cabrera.