Discurso liberal y gestión con rasgos de totalitarismo

Por Francisco J. Cantamutto

De la crítica del supuesto autoritarismo del kirchnerismo al brutal accionar de gobierno, Cambiemos hizo de la demagogia una estrategia política.

El discurso de campaña del PRO-Cambiemos se basó en el argumento de que el gobierno de Cristina Fernández había acaparado el poder del Estado, constituyendo un régimen que avasallaba las libertades individuales y la división de poderes, utilizando prácticas corruptas, y en última instancia, autoritarias. Siempre según la lectura de Cambiemos, el gobierno kirchnerista se había erigido en una suerte de un monstruo omnipresente y pedante, que se peleaba con la sociedad argentina, queriendo polemizar sobre todo, alterando la natural paz social.

Estos argumentos no los inventó Macri, sino que fueron largamente construidos, ensayando y tanteando, a través de los partidos políticos y los grandes medios de comunicación. En gran medida, responden a los reclamos que la Mesa de Enlace impuso en 2008, aunque con cierta torpeza política. En aquel entonces su argumento era que los impuestos “distorsivos” alteraban el normal funcionamiento del negocio agropecuario, asfixiando la actividad, y que había que quitarlos para que el país pueda crecer. Negocio fue reemplazado lentamente por sociedad, e impuestos distorsivos por toda la actividad del gobierno. La resolución de aquel conflicto pasó por el voto en el Congreso, donde las diferentes fracciones del capital tienen representación, frente a la dirección unificada del gobierno, donde sólo una fracción comanda el proyecto social y económico. Ahí apareció el argumento de la división de poderes.

Estas ideas no son nuevas: constituyen la matriz del liberalismo, a la que le agregaron algunas dosis de republicanismo. El liberalismo como ideología política surgió en Europa en la lucha contra los Estados absolutistas, y por eso enfatiza las libertades civiles y económicas frente a los gobiernos. En cambio, en nuestro país, el liberalismo casi siempre se combinó de una manera extraña con el conservadurismo: nuestras elites abrazaron el liberalismo económico, pero fueron retrógradas en materia de libertades políticas y civiles. La muestra más evidente de esto fue la dictadura militar. Incluso el regreso a la democracia estuvo marcado por la lectura liberal: las instituciones defendidas como democráticas en realidad enfatizaron la representación territorial con el voto esporádico, quitando todo resabio de democracia social o económica (recordemos cómo le fue a Alfonsín cuando habló de que con la democracia se come y se educa). Del republicanismo sólo se tomó la división de poderes, quitando toda idea de bien común y educación ciudadana. Es decir, el liberalismo fagocitó ideas democráticas y republicanas, y las ajustó a su medida.

En cierta manera, parte de esta forma de entender la política fue lo que colapsó en 2001. El kirchnerismo lo supo leer, al ajustar su discurso a la idea de una democracia “con contenido”, una democracia con derechos sociales y económicos, además de los políticos y civiles. No estamos evaluando sus logros en este sentido, sino remarcando cuál fue su propuesta de programa. Los derechos de nueva generación (ley de medios, de género, etc.) y la idea de la inclusión social eran, en el discurso oficial, una democratización de la democracia. Para ejecutar esto, el Estado debía crecer, y esto no era un problema para el pensamiento democrático: lo era para el liberal.

Cambiemos vino a enarbolar de nuevo esa bandera, la del liberalismo. Esta vez con menos “contaminaciones”: despojado del énfasis en la democracia (que veladamente viene a combatir) pero también del componente conservador que tradicionalmente lo acompañó en nuestro país. Aunque persisten conservadores en el “equipo” de Cambiemos, su impronta general es de liberales de pura cepa. Los elementos ajenos incorporados vienen de esa versión reducida del republicanismo, que serían prontamente desechados.

Cambiemos al gobierno

Estos primeros casi dos meses de gobierno, nos han mostrado la cara real de la gestión de Cambiemos. La eliminación de los controles de comercio y financieros fueron el primer anuncio, de acuerdo con el viejo reclamo agropecuario y acorde al discurso liberal de “dejar hacer” al mercado. Sin embargo, en lo que se refiere al conjunto de la gestión, Cambiemos ha mostrado tres rasgos de totalitarismo que alarman:

  • Libertad de expresión y de prensa: Macri ha cerrado canales de comunicación (Radio Nacional Rock o 6,7,8), despedido trabajadores y trabajadoras de esta área (Infojus), se niega a responder preguntas incómodas (episodio en Davos con Bercovich). En un episodio bizarro, se reconoció abiertamente que se espía a los trabajadores revisándoles el Facebook. Se censuró al informativo de Radio Nacional, prohibiéndoles hablar de los despidos que el gobierno está haciendo. Es decir, hay serios problemas de libertad de expresión y de prensa.
  • División de poderes: Macri se ha olvidado de su propio discurso, vulnerando completamente la división de poderes, tanto cuando intentó nombrar por decreto los jueces de la Corte Suprema como por el festival de Decretos de Necesidad y Urgencia, que supera a todos los presidentes anteriores. No ha tenido reparos en no respetar la ley, por ejemplo con el caso de la Ley de Medios, donde ya dos jueces y dos camaristas han fallado contra la intervención. Aquí es donde el atisbo de republicanismo se fue por la alcantarilla.
  • Persecución ideológica: Cambiemos hizo de la militancia comprometida un mal a erradicar de la sociedad, reemplazándolo por su versión gerencial del “voluntariado”. Los despidos en el Estado están guiados por esta lógica: se presume que toda persona contratada en los últimos años es militante kirchnerista y por lo tanto debe irse. Esto es persecución política por las ideas, lo que es un peligro terrible. Macri ni siquiera investiga si se trata o no de militantes: presume que lo son, y por ese motivo son despedidos. Si quisiera despedir “ñoquis” tendría que investigar y hacer sumarios; lo que se está haciendo no es eso. La cárcel preventiva a Milagro Sala va en el mismo sentido: presa por pensar distinto.

 

Estos rasgos de totalitarismo en un gobierno elegido son señal de alarma, sabiendo que el liberalismo local no ha tenido problemas en asociarse con dictaduras. El programa de ajuste contrario a las clases populares y trabajadoras no admite el disenso. El gobierno de Cambiemos fue votado, pero para hacerlo tuvo que esconder su proyecto. Todo lo que previmos está ocurriendo, pero más rápido y brutal de lo previsto: no era ninguna campaña de miedo, era una previsión correcta. El gobierno está cerrando todos los canales de expresión de disenso, pero no nos puede quitar la calle.