Doble moral, hegemonía y robo en las alturas

Por Juan Noy

Las últimas semanas han puesto de manifiesto la lógica que predomina en la partidocracia argentina: hacerse multimillonarios desde la función pública y crear empresas fantasmas para evadir impuestos son caras de una misma moneda.

La diferencia entre unos y otros es la lógica de origen. Por un lado, los políticos que provienen de los partidos tradicionales ven al Estado como botín personal de poder y la caja para poder hacer política. Mientras que la “nueva política” usa al Estado para legislar a favor de las empresas (aumento de tarifas, quita de impuestos) y reprimir las protestas.

¿Cuál es la diferencia entre el sobreprecio que habría facturado Lázaro Baez y la empresa que inventó Fernando Niembro para cobrar 22 millones de pesos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires? ¿Por qué para los periodistas de los medios comerciales es más grave que Lázaro y Cristina hubiesen robado millones y no que Niembro esté disfrutando de los millones que habría obtenido en forma ilegal? Una posible respuesta es algo llamado hegemonía.

Pero, ¿qué es la hegemonía?

La hegemonía, explicada desde Gramsci, dice que los valores, las creencias y las explicaciones de las clases dominantes son percibidos como la norma por las clases subalternas. En lo concreto, sería que la sociedad repudia que un político se quede con millones de pesos, pero no le molesta que un Empresario devenido en presidente haya hecho su fortuna con la plata del Estado en perjuicio de todos las y los argentinos.

Pero, vayamos a ejemplos concretos: la fortuna del emporio Macri se fundó durante la última dictadura militar, gracias a dos mecanismos económicos: seguro de cambio y estatización de la deuda privada. El seguro de cambió consistía en que las empresas podían tomar deuda en el exterior (supongamos a 2 pesos por dólar y, si a la hora de pagar el dólar había aumentado, la diferencia la pagaba el Estado). A principios de los años ochenta, las deudas eran impagables, y para evitar la quiebra de los grupos económicos, descargaron la responsabilidad de pago sobre la sociedad estatizando la deuda.

Así, los empresarios quedaron ricos, muy ricos y el pueblo con desocupación, pobreza, menos presupuesto de salud y educación. Luego llegó el default durante el gobierno de Raúl Alfonsín, que fue negociado en el Plan Brady durante el primer mandato de Carlos Menem, que derivó en el Megacanje y el Blindaje en el gobierno de Fernando de la Rúa, que provocó más ajuste, más pobreza, más desocupación y el estallido del 2001.

Y entonces, volvemos a la hegemonía: es decir, la idea por la cual si las leyes benefician exclusivamente a la minoría dueña del capital y de los medios de producción, se trata de sacrificios necesarios que las y los trabajadores deben hacer para que haya un futuro mejor (que siempre es mejor para los empresarios). De esa manera, las y los trabajadores siguen padeciendo tanto las bajas de sueldos, los despidos como la obligación de pagar los impuestos “con alegría”, porque de esa manera “va a ser beneficioso para todos, porque se van a poder terminar caminos, hacer cloacas, y llenar de policías la provincia de Buenos Aires” (para citar ejemplos). Pero, por otro lado y de manera hipócrita, manejan cuentas en paraísos fiscales para evadir impuestos, como es el caso de Néstor Grindetti, ex ministro de Hacienda del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires durante los mandatos de Mauricio Macri. Sin embargo, a la hora de dar explicaciones, Grindetti se encierra en su oficina con los concejales para explicarles (sólo a ellos) qué pasó y se niega a participar de la audiencia pública ante el Concejo Deliberante.

Sea que roben desde la función pública o se beneficien del Estado porque tienen amigos en el poder, el pueblo siempre paga las consecuencias. Si nos escandaliza el Lázaro de Cristina Fernández, nos tiene que escandalizar  el Nicolás Caputo de Macri. Si festejamos que Jaime esté preso, debemos pedir que Niembro devuelva la plata y sea investigado.

Queda claro que la doble moral de “las y los soldados” –que antes obedecían debidamente y de los actuales espectadores que consumen la política que les vende el marketing– es la garantía para el permanente saqueo y destrucción la calidad de vida del pueblo trabajador.