El 5 de Talleres, oda a un amor de barrio

Por Nadia Fink

A pesar del título, que parece de un documental pero no lo es, El 5 de Talleres, de Adrián Biniez nos regala pocos momentos en el campo de juego y más en la vida cotidiana de un jugador del ascenso que proyecta su retiro.

 

Promediando el partido el Patón va fuerte a trabar una pelota, muy fuerte. Ve la roja y saca al jugador contrario de la cancha. Sale caliente y más tarde, cuando llega al vestuario visitante para disculparse, lo echan rajando mientras el rival aún se retuerce.

Así arranca El 5 de Talleres, como para que conozcamos a su protagonista en esa primera imagen, con sus contradicciones a flor de piel. Las ocho fechas de suspensión que liga el capitán del equipo de Talleres de Remedios de Escalada, que disputa el Campeonato de Primera C, son el disparador para pensar en su retiro.

Entonces, empieza a contarse la verdadera historia: la de un jugador de fútbol de 35 años que labura como fumigador, que “no la hizo” –como la mayoría de los que no llegaron a Primera, y aun otros que llegaron– y que debe empezar a pensar en una nueva vida. Todo eso que atraviesa a Sergio “Patón” Bonasiolle es lo que va desarrollando el film y es, también, la excusa para deleitarnos con una bella (y cotidiana) historia de amor entre él y Ale.

Interpretados maravillosamente por Esteban Lamothe y Julieta Zylberberg (pareja en la vida real, lo cual no es un detalle menor), el día a día hasta que llegue el final del campeonato (y el retiro definitivo) se irá llenando de silencios, sueños por cumplir y metas a corto plazo: no sólo la “inacción” se juega en la cabeza del Patón, sino que Ale planea cómo conservar la independencia que la caracteriza mientras ayuda a su marido a rendir las materias que le faltan para terminar el Secundario.

En el medio, las internas en el club, los Directores Técnicos que pasan o quedan, las reuniones de la Comisión Directiva, los jugadores históricos discutidos, los más pibes pagando “su derecho de piso”, no nos dejan olvidarnos de que es una película de un jugador de fútbol.

Adrián Biniez, el uruguayo que vivió toda su vida en Escalada, nos acerca una mirada cotidiana que tiene la virtud de no caer en el costumbrismo, sino que mezcla el barrio (por afuera pero también por adentro, en la casa del Patón, en las relaciones que establece con sus padres, por ejemplo) con la intimidad de una pareja que se ama y que se acompaña en plena crisis. La naturalidad de los actores que la interpretan y la cámara, que parece siempre espiar por la mirilla de un día a día absolutamente verosímil, mixturan este relato donde el fútbol es, como en tantos otros casos, una excusa para hablar de las cosas de la vida.

Cuando el pitazo final se acerca

Si bien se trata de una ficción, el personaje principal se basa en el verdadero Sergio “Patón” Bonasiello, quien se crió en Talleres, vivió en el barrio toda la vida y fue (y sigue siendo) un referente del club.

Cuando estaba por estrenarse, Bonasiello contaba en el programa de radio barrial Escalando la tarde cómo llegó a inspirar una película de largo aliento: “Con el Garza, como lo llamamos a Adrián Biniez, nos conocemos de chicos y él se inspiró en mis años en Talleres porque me crié acá y jugué toda mi vida. Hizo su ficción pero tomó el lugar que ocupé dentro del club, dentro del grupo, y lo hizo tratando una problemática, por llamarla social, que le pasa a la mayoría de los jugadores que juegan en categorías del ascenso, donde por lo general tienen que hacer algo paralelo para vivir”.

Y las palabras del Patón verdadero, ese que laburaba de otras cosas mientras jugaba a la pelota por amor a los colores de toda su vida, nos disparan “la” pregunta: ¿Qué sigue cuando un jugador de fútbol se retira? Para “los que la hicieron” ya habrá varias inversiones, o convertirse en empresario, el cargo de director técnico, una escuelita de fútbol o, para aquellos que no llegaron, la mayoría en este país de futboleros, volver a empezar con los años a cuestas de sólo haber pateado una pelota y haber changueado en los momentos en que el tiempo (y el físico) lo permitía.

Un retirado joven, de esos de Primera división que no la hicieron, un tal Kurt Lutman que quedó en el recuerdo de la gente de Ñuls sobre todo por sus buenas actitudes extra futbolísticas, nos decía alguna vez sobre esos pibes que se quedan en el camino, después de años de pensiones, de alejamiento de sus familias: “No se le da pelota ni tampoco posibilidades para que estudien y vayan haciendo algo paralelo al fútbol. Entonces cuando de mil llegan a jugar en primera dos, quedan novecientos y pico destrozados y hechos mierda y sin ninguna herramienta para defenderse el día de mañana. Y uno después se empieza a creer esa historia de mierda de que es un fracasado”.

Por suerte, el fracaso no es la historia de El 5 de Talleres, en todo caso, las dudas, el futuro incierto, el refugio en los seres cercanos para salir más fortalecidos. El  Patón tiene suerte, y quienes fuimos al cine, también.