El amor según Octavio Paz y Alejandro Dolina

Por Gonzalo Reartes.

Nos tomamos un respiro de tanta cotidianeidad y hacemos un recorrido por la mirada de dos grandes escritores sobre el amor: Alejandro Dolina y Octavio Paz.

 

Escribir sobre cuestiones universales resulta, en estos días, vacío. Pero los conceptos que impulsaron las más grandes acciones de la historia de la humanidad han sido, y son aún, objeto de estudio y de análisis.

Pues bien, cabe decir que el amor entra en esta categoría. Nadie ha podido dar una definición concreta del amor por la simple razón de que es algo absolutamente complejo y subjetivo. Huyamos de las virtudes universales que nos quieren meter por la garganta los vendedores de corazones rojos. Ahondemos en los misterios que nos proponen Octavio Paz y Alejandro Dolina acerca de esta temática.

¿Qué es el amor? ¿Ansia de completud? ¿Deseo fugaz? ¿Estabilidad devenida en rutina? Según Octavio Paz, “el amor nace de la vista de un cuerpo hermoso, los grados del amor van de lo físico a lo espiritual, la belleza del ser amado como vía hacia la contemplación de las formas eternas. Ahora bien, la poesía viene a ser el lenguaje del amor, de la misma forma que la lluvia es el lenguaje de los amantes. La poesía es la erotización del lenguaje y el erotismo la metáfora de la sexualidad. Entonces, el sexo es la raíz, el erotismo es el tallo y el amor la flor. Pero, ¿y el fruto? Los frutos del amor son intangibles. Este es uno de sus enigmas.”

Dolina nos dirá: “No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre pasión.” Es que el amor es una construcción sumamente subjetiva. Proyectamos en el ser amado todas nuestras falencias y miedos, lo volvemos un objeto inalcanzable. Lo que no es, jamás podrá lastimarnos. En palabras de Allen Ginsberg: “El amor es sólo un reconocimiento de nuestra culpa y nuestra imperfección, y una súplica de perdón al ser amado perfecto. Por eso amamos a quienes tienen más belleza que nosotros, por eso les tememos y por eso somos amantes desdichados.”

De la misma forma, también tenemos que ocuparnos de la cuestión temporal. ¿Cómo se mide el amor? ¿Cuándo empieza y cuándo termina? ¿Cuándo podemos determinar su punto más alto y cuándo sus flaquezas? Si partimos de la base de que, en teoría dolinesca, el amor sucede, y seguimos la terminología de Octavio Paz, el amor dura lo que dura un suspiro: una eternidad. “El erotismo se desprende de la sexualidad, la transforma y la desvía de su fin, la reproducción; pero ese desprendimiento es también un regreso: la pareja vuelve al mar sexual y se mece en su oleaje infinito y apacible. Allí recobra la inocencia de las bestias. El erotismo es un ritmo: uno de sus acordes es separación, el otro es regreso, vuelta a la naturaleza reconciliada.”

Jack Kerouac, por su parte, afirma (parafraseando a Shakespeare) que “no es amor el amor que por un altercado cambia. Todo tiene que ver con la comunicación: es sólo una especie de temor a ser comprendido, o malinterpretado, con el amor por energía básica, pues ser comprendido completamente supone una especie de vacío. Si todo fuera verde, no existiría el color verde. Del mismo modo, los hombres no pueden saber lo que es estar juntos sin saber por otra parte lo que es estar separados. Si todo fuera amor, ¿cómo podría existir el amor? Por eso nos alejamos unos de otros en momentos de gran felicidad e íntima relación. ¿Cómo vamos a conocer la felicidad y la intimidad si no las contrastamos, como las luces?”.

Pero la cosa no es tan sencilla. Partiendo del supuesto que afirma que el amor es deseo de completud, que hombres y mujeres buscamos nuestra mitad perdida, tenemos que afrontar cuestiones de una profundidad tan compleja como los celos y la libertad. En uno de sus poemas, Octavio Paz escribe: “(…) Ella no lo ama: lo usa. Él tampoco la ama: la desprecia. No obstante, no puede separarse de ella: sus celos lo atan. Está enamorado de su sufrimiento y su sufrimiento es vano. Vivimos con fantasmas y nosotros mismos somos fantasmas. (…) La otra salida es la del amor: la entrega, aceptar la libertad de la persona amada. ¿Una locura, una quimera? Tal vez, pero es la única puerta de la cárcel de los celos. El amor es una apuesta, insensata, por la libertad. No la mía, la ajena.”

¿Y el deseo? ¿Es realmente tan fugaz como un suspiro? ¿Qué relación guarda el deseo ya satisfecho con la noción de amor proyectado en el sujeto amado? Retomemos aquí a Dolina: “Muy pronto volvió a encontrarse con una vieja certeza: ninguna podía interesarle. Cualquier mujer que estaba con él era siempre un lugar vacío; algo clavado en el centro de la acción pero que en realidad no significaba nada; una entidad tan tenue que ninguna palabra que se le aplicara resultaba del todo impertinente. Pero el deseo fluía de todas maneras, más fuerte cuanto más ciego, empujándolo de fantasma en fantasma, atormentándolo con el anhelo perpetuo de lo ausente, con la ansiedad de las esquinas aún no alcanzadas, con la pena de amor causada por desconocidas.”

Dijimos que nadie puede definir qué es el amor, que sucede, que es algo subjetivo y personal, complejo, pero de ninguna manera universal. Sin embargo, aquí aparece la tarea del poeta, la de transcribir en letras los sentimientos, la de, a través de metáforas, plasmar en versos lo que no se puede palpar. El poeta es hielo y fuego, placer y dolor. El mismísimo misterio de la condición humana reside en este concepto, en su libertad: es caída y vuelo. El amor es un proceso, comienza con la admiración ante una persona y culmina con la pasión, que puede bien llevarnos a la dicha o al desastre. Otra vez volvemos a Octavio Paz para ilustrar estas líneas: “El amor es la unión de dos seres sujetos al tiempo y a sus accidentes: el cambio, las pasiones, la enfermedad, la muerte. Aunque no nos salva del tiempo, lo entreabre para que, en un relámpago, aparezca su naturaleza contradictoria, esa vanidad que sin cesar se anula y renace y que, siempre y al mismo tiempo, es ahora y es nunca. Por esto, todo amor, incluso el más feliz, es trágico”.

Claro que el amor en sí, como nos dice Dolina, es una flor exótica cuyo hallazgo ocurre muy pocas veces: “De cada mil personas que pasen por esa puerta, acaso nos conmueva solamente una. Del mismo modo, quizás sólo una allá entre las mil tenga a bien impresionarse con nosotros. La cuenta es sencilla: sin contar percepciones engañosas y desilusiones posteriores, la posibilidad de un amor correspondido es de una en un millón. No está tan mal, después de todo.”

Pero el tiempo lo es todo. Somos seres finitos. Nos vamos a morir. Es la única certeza que nos da esta existencia absurda. Poco importan, en el amor, los celos, la libertad, el concubinato, quién pasea al perro y quién paga las expensas. La temporalidad es todo. La medida del tiempo es lo único que importa. El amor, todos los amores, están hechos de tiempo y llevan bajo su abrazo un reloj de arena que nunca abandona su movimiento. Las desventuras del tiempo atraviesan todo amor.

Como bien lo afirma Octavio Paz: “Por ser tiempo y estar hecho de tiempo, el amor es, simultáneamente, conciencia de muerte y tentativa por hacer del instante una eternidad. Todos los amores son desdichados porque todos están hechos de tiempo, todos son el nudo frágil de dos criaturas temporales y que saben que van a morir; en todos los amores, aun en los más trágicos, hay un instante de dicha que no es exagerado llamar sobrehumana: es una victoria contra el tiempo, un vislumbrar el otro lado, ese allá que es un aquí, en donde nada cambia y todo lo que es realmente es”.