El caso Chapita: cuando la desinformación des-Borda II

Por Daniela Valladares y Darío Cavacini. Ilustración: Lucas Milton

El Caso Chapita había desnudado algunos de los grandes temores de una sociedad: locura, muerte y enfermedad,  y los había condensado en una misma persona. Esto, sumado al desconocimiento y al pánico que generaba el Sida, produjo una reacción fóbica en cadena que amenazaba la vida de pacientes y empleados. Sin embargo, un psícologo tomó la posta y trabajó profesional y humanamente.

Los psicólogos designados para atender a Velázquez, Roberto Cappiello y Eduardo Valenzuela, fueron los que se animaron a tratarlo a pesar de todas las negativas de los especialistas por el miedo al contagio y las presiones recibidas para no hacerlo. Lo describen como un pibe bastante atractivo, simpático, líder, flaquito y de altura media, parecido a “Fido Dido”.[1]

A pesar de la huelga, los licenciados seguían trabajando con sus pacientes y especialmente con Velázquez, quien debido al buen plan de tratamiento efectuado llegó a pasar seis meses sin necesidad de medicación psiquiátrica dentro del hospital. Dos años después del conflicto, cuando los medios de comunicación ya ni recordaban quién era Chapita, obtuvo el alta.

El licenciado Cappiello recuerda a Velázquez con una sonrisa cuando habla de los primeros días en los que era considerado como el loco peligroso que decidió atender mientras los demás miraban a los costados. En el servicio 14-22 del Borda, lo encontramos trabajando con el mismo ímpetu con el que tomó el Caso Chapita hace más de veinte años. Desde allí continúa por la senda que empezó a recorrer en 1987 con Velázquez: acompañar al paciente en la subsistencia por la vida desde el momento en que ingresa al hospital, trabajar en proyectos autogestivos hasta poder lograr en algunos casos como el de Chapita, entre otros tantos, una reinserción social completa supervisada por los especialistas.

Sin embargo, Cappiello distingue algunas conductas psicopáticas que el paciente podía llegar a mostrar en ciertos casos, en respuesta a la violencia institucional sufrida. El diagnóstico de psicópata les sirvió a las autoridades del hospital para señalar a Ángel Velázquez como peligroso.

Ser un diagnóstico

Es preciso recordar algunas ideas de Giovanni Jervis, uno de los ideólogos de la reforma psiquiátrica italiana. Plantea que cuando la violencia institucional desaparece, la violencia de la persona internada también desaparece y éste cambia su apariencia: pierde los rasgos psicopáticos descriptos en los viejos tratados de psiquiatría, desaparece como catatónico, desgarrado y peligroso, para mostrarse en su aspecto de persona psicológicamente violentada antes y después de la internación.[2]

Marcado por una etiqueta diagnóstica, la persona quedará atrapada en ella y le será muy difícil desprenderse de esa rotulación, transformándose en aquel que se pretende que sea: el paranoico será peligroso; el obsesivo, incurable; el suicida frustrado volverá a intentarlo; el agitado romperá todo y el delirante continuará divagando.[3]

Con los diagnósticos se produce también una triple desresponsabilización: a nivel profesional, familiar e individual. El profesional fascinado por los síntomas sólo se limitará a observarlos y luego a eliminarlos, sin preguntarse por su sentido. Por su parte, la familia del paciente ya no necesitará cuestionarse si la propia organización familiar ha ayudado a generar la problemática, adjudicando a una enfermedad el origen de todos los males. Del mismo modo, para el propio paciente la responsable de todas sus dificultades será la patología que lo asecha, situada fuera de él; el diagnóstico es un ser mítico del cual se es víctima.

Así la violencia institucional sufrida por las personas internadas y las consecuencias de quedar atrapada en un diagnóstico se entrelazan en este caso y se muestran como dos caras de la misma realidad: la manicomial. Se anula de esta manera la dimensión de sujeto, para transformarse en paciente psiquiátrico, cuyo nombre propio deja de ser el que figura en su documento, para ser reemplazado por la etiqueta diagnóstica que encabeza su historial clínico, en donde se invalidan el porqué y el para qué de los síntomas.[4]

Artaud les preguntaba a los Directores de Asilos para Locos ¿Cuántas nobles tentativas hacemos para acercarnos al mundo mental en el que viven todos aquellos a quienes hemos encerrado?[5].Esta pregunta nos lleva a reflexionar si es válido considerar un diagnóstico psiquiátrico como el único medio de aproximación a un paciente, desconociendo que detrás de un rotulo deshistorizante como ése, se halla una persona, cuya realidad social, histórica, familiar y económica no se encuentra descripta en ningún manual psiquiátrico y queda totalmente anulada e invisibilizada.

Si esa es nuestra única herramienta para intentar comprender a una persona, debemos reconocer que es muy poco y fragmentado lo que conocemos acerca del mundo de los internados, ya que de esta forma estamos reduciendo los diferentes avatares de su vida a un título diagnóstico que sólo sirve para reducir la angustia que supone enfrentarse a lo desconocido y para utilizar esa etiqueta como justificación de una exclusión.

¿Se puede hablar de diagnóstico objetivo, fundado en unos datos científicos concretos? ¿No se trata más bien de una simple etiqueta que -bajo las apariencias de un juicio técnico especializado- disimula más o menos bien su profunda significación discriminatoria?[6]

Al recibir un diagnóstico psiquiátrico y/o de Sida (aún hoy, después de más de treinta años de campañas de prevención) muchos pacientes se sienten aislados dentro de su familia y en el medio sociocultural. Aplastados por el peso de prejuicios, mitos y del imaginario social que se tiene con respecto a estas circunstancias, se hallan en una situación de vulnerabilidad bio-psico-social, ya que además de los padecimientos de salud física y psíquica, deben afrontar el temor a ser discriminados, rechazados o aislados socialmente por determinaciones negativas.

Hoy las personas con las singularidades de Velázquez se encuentran por todo el hospital, en las calles, en cualquier trabajo y familia. Deberíamos preguntarnos cuánto hemos avanzado en estos años y si hoy sabemos acercarnos a la persona y ayudarlo en su problemática particular o todavía el miedo a la muerte, a la locura y a ciertas enfermedades como el Sida, nos sigue cubriendo los ojos y los oídos convirtiéndonos en meros carceleros, cómplices de la violencia ejercida.

[1] Entrevista realizada con el Lic. Roberto Cappiello, Jefe de servicio de la Unidad 14-22 del Hospital Borda (enero 2010).

[2] Franco Basaglia, La institución negada, Barral, Barcelona, 1970, pág.295.

[3] Baillon, Guy;  Angelergues, René y cols, La Antipsiquiatría, Siglo Veintiuno, Madrid, 1975.

[4] Fernando Ulloa, La clínica psicoanalítica, Paidos, Bs. As., 1995.

[5] Antonin Artaud, Carta a los poderes, Argonauta, Buenos Aires, 2003, pág.37.

[6] Franco Basaglia, Ídem, pág.139.