El caso Chapita: cuando la desinformación des-Borda I

Por Daniela Valladares y Darío Cavacini / Ilustración: Lucas Milton 

En 1987 se produjo el paro más largo de la historia en el Borda. ¿El motivo? La internación de Ángel Velázquez, Chapita, primer paciente con Sida en llegar al hospital. “El caso Chapita” desnuda lo que se vivía en los inicios de la supuesta propagación del síndrome de inmunodeficiencia adquirida, donde las condenas morales estaban a la orden del día.  

Durante la gira realizada por los Estados Unidos, a fines de 1987, el Papa Juan Pablo II emitió un comunicado sobre una enfermedad que empezaba a preocupar a distintos sectores de la población mundial y alrededor de la cual se producían grandes debates y conferencias: el Virus de Inmunodeficiencia Adquirida, Sida.

Allí, y tras reunirse con cien personas portadoras del virus en la Basílica Misión Dolores de San Francisco, el Papa afirmaba: “Dios los ama a todos sin distinción, ama a los enfermos, a sus familiares y amigos, y a quienes los cuidan. Nos ama a todos por igual, con un amor incondicional y duradero”. [1]

“El Papa pidió amor y compasión para los afectados por el Sida”, titulaba el diario Clarín a aquella nota, en la cual se refería a que el pontífice había resaltado la importancia de unirse para combatir este nuevo peligro que amenazaba a la humanidad sin realizar ninguna condena moral por el modo de propagación de la enfermedad, en ese momento vinculado al uso de drogas y a la homosexualidad.

Es válido recordar que unos meses antes, el Vaticano había redactado un documento en el cual se describía a la homosexualidad como un mal moral intrínseco, y en el que se insistía en la necesidad de intervención por parte de la iglesia en relación con las causas morales de la Peste Rosa, en clara alusión a la vida sexual desordenada y a la homosexualidad.[2]

Ese mismo año, en Quito, se iniciaba una teleconferencia sobre el Sida en la que participaban más de 60.000 expertas y expertos de todo el mundo y en la que se esperaba informar acerca de este nuevo mal que ponía en riesgo a la población mundial. Se producía algo inédito para la época como lo era la divulgación científica a gran escala; ese encuentro sería fue visto por cientos de miles de personas en todo el mundo y traducido en simultáneo al español, portugués, francés e inglés. Se buscaba que la información no tardase en llegar a la mayor cantidad de personas debido a la amenaza que suponía la enfermedad.

La Organización Mundial de la Salud motivaba a las Naciones Latinoamericanas a desarrollar esfuerzos para realizar campañas masivas de educación sobre el Sida. Se intentaba evitar la propagación de una enfermedad que afectaba a más de 50.000 personas en todo el mundo, y de la cual se suponía que había entre 5 y 10 millones de afectadas y que la mayoría no lo sabía.

El Sida era considerado como una enfermedad maldita, equiparada a la lepra y a la locura, que producía la expulsión, en el seno de las sociedades, de todo aquel aquejado por estos padecimientos. Se proyectaban sobre estos grupos las culpas y los males de una sociedad, y se les arrojaba el miedo, la desinformación, la preservación del orden y el concepto de moral.

 

EL CASO “CHAPITA”

En el mismo momento en que se producían aquellos grandes debates y conferencias en torno al Sida; en la Argentina, un joven de 20 años se realizaba un chequeo médico de rutina en el Hospital de enfermedades infecciosas F. Muñiz, de la Ciudad de Buenos Aires, en el que se le detectaba que era portador del Virus de Inmunodeficiencia Adquirida. Su nombre era Ángel Velázquez, Chapita.

En ese tiempo, el Ministerio de Salud y Acción Social determinaba que las personas con serología positiva pero sin manifestaciones clínicas no debían estar internadas en un hospital para enfermedades infecciosas. Por otra parte, quienes sí presentaban sintomatología tenían que permanecer internados para recibir cuidados especiales.

En el caso de este joven no se observaban síntomas de la enfermedad, sin embargo permaneció internado en el Hospital Muñiz por algunas semanas. Posteriormente, según las autoridades del establecimiento, debido a que el paciente era un psicópata de alta peligrosidad con graves problemas de conducta, fue trasladado por su seguridad y la de terceros al hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda, donde debía estar en condiciones de aislamiento total.

La internación de Velázquez en el Borda conmovió el ambiente dentro del hospital, debido a ser el primer paciente portador del virus del Sida, con todos los miedos y el desconocimiento que ello acarreaba. Esto, sumado a la peligrosidad que suponía su diagnóstico, trajo grandes conflictos intramuros y generó una situación con enormes repercusiones en la prensa.

Inmediatamente producida la internación, las autoridades del Borda, con el apoyo del gremio UPCN y la Asociación de Médicos del Hospital Borda, realizaron una asamblea en la que se determinó que se efectuaría un paro general por tiempo indeterminado, en protesta por el traslado de  Velázquez al establecimiento. El lema que llevaba impresa la medida adoptada por las trabajadoras y los trabajadores era: Si entra Velázquez, salimos nosotros.[3]

Entre los argumentos utilizados, se afirmaba que su internación era inadecuada, perjudicial, y técnicamente discutible, ya que un psicópata peligroso, portador o no del virus del Sida, resultaba un peligro inminente tanto para quienes trabajaban en hospital, como para el resto de las y los pacientes.[4]

Se argumentaba que el Borda se hallaba en estado de emergencia sanitaria, que la infraestructura edilicia era obsoleta y que había estancamiento de aguas servidas de contaminación; por lo tanto, en esas condiciones no se podía alojar a ese tipo de pacientes. También se cuestionaba la falta de seguridad que había en el hospital para “custodiar” a Chapita.

Otro de los miedos expresados por las y los trabajadores era que el hospital se convirtiera en un sidario debido a la internación de Velázquez en el establecimiento, ya que esto podría generar el traslado masivo de otros pacientes con similares características.

Los dirigentes sindicales consideraban que la internación en el Borda de un paciente portador del virus del Sida era un agravante por el poco conocimiento que se tenía respecto de la enfermedad, ya que ni los propios médicos podían hacer afirmaciones acerca de los riesgos de contagio u otros problemas. [5]

A pesar de esto, el director del Borda, el Dr. Fernández Amayo, afirmó que el paciente no tenía no podía circular por los pasillos. “Se han tomado medidas especiales para evitar el contagio a otros pacientes” agregaba la máxima autoridad del hospital, tras autorizar su internación en el servicio a corto plazo. [6]

En busca de una solución, el Ministerio de Salud y Acción Social, analizó distintas variantes:

  • Trasladarlo a una finca previamente acondicionada, ofrecida por familiares de otras personas internadas en el Borda. Esto fue descartado porque se suponía que su presencia crearía problemas en el vecindario.
  • Trasladarlo a una clínica privada. Esta opción también fue desechada, por motivos económicos, ya que se creía que si Velázquez era trasladado allí, se irían muchos pacientes de ese mismo establecimiento por motivos de seguridad.
  • Otras de las opciones manejadas por las autoridades era la de acondicionar la Unidad N°20 del Hospital Borda, habitualmente destinada a los pacientes procesados judicialmente. Debido a que Velázquez no tenía antecedentes penales y no existían motivos para trasladarlo a esa unidad, también fue rechazada esta posibilidad.

En medio del conflicto, un empleado del Borda, preso del pánico, trepó unos 50 metros hasta la cima del tanque de agua del propio hospital y amenazó con suicidarse tirándose al vacío si las autoridades no accedían a los reclamos. Desde la altura lanzó una carta a las personas que intentaban persuadirlo de su actitud, encabezada con la advertencia: Chapita afuera o yo me tiro, y en la cual insistía que era preferible el suicidio antes de ser tomado como rehén por un drogadicto infectado de Sida.[7]

Mientras tanto, Velázquez seguía internado en el Borda, en un servicio especialmente adaptado para que no pudiera tener contacto con otros pacientes. Se hallaba aislado, en una dependencia cercada por rejas, con puertas con varias cerraduras y con un cuarto en el que hacía guardia personal de penitenciaría. Las pocas visitas que podía recibir necesitaban de una autorización judicial previa, y se había prohibido que tuviera cualquier tipo de contacto con periodistas y fotógrafos.

A los pocos días de comenzada la huelga, el hospital ya se encontraba en una situación dramática: solo se cubrían las guardias mínimas a cargo de cuatro médicos encargados de suministrar la medicación clínica y psiquiátrica a los más de 1500 internados. La cocina no funcionaba y la previsión de alimentos estaba supeditada a lo que podían hacer los pacientes más lúcidos, quienes se encargaban de cocinar y distribuir los alimentos al resto de sus compañeros.

En señal de apoyo y solidaridad por la medida adoptada por los trabajadores del Borda, el paro se extendió a otros nosocomios de la Ciudad de Buenos Aires, donde también se produjo un cese de actividades por tiempo indeterminado.

Como forma de protesta, y consciente de todo lo que se había generado, mientras tanto, Velázquez  pintaba en una sábana, a modo de cartel y en reclamo por sus compañeros: “laburen o callen, 1600 personas no comen por culpa de la huelga”.[8]

Durante el tiempo que duró la huelga, aproximadamente un mes (la más grande de la historia del hospital), las condiciones higiénicas en las que vivieron las personas internadas fueron terribles, y se produjo, entre otras cuestiones, la proliferación de enfermedades como la sarna, que había sido trabajosamente erradicada desde hacía varios años.

La medida de fuerza adoptada en pos de preservar la salud, tanto de los trabajadores como del resto de los pacientes, producía un efecto paradojal al interior del hospital, ya que sin mantenimiento y prácticamente sin atención por casi un mes había generado situaciones de abandono que ponían en peligro la vida, no solo de Chapita, sino también del resto de los internados y de los propios empleados del Borda.

Quizás tenía razón el filósofo Enrique Marí cuando decía que el loco era el punto final del proceso de trasferencia del mal de la sociedad y que cuando éste hablaba los oídos se cerraban[9]. Cabe cuestionarse ante esta situación entre conflictos, miedos y etiquetas diagnósticas, quién escuchaba a Ángel Velázquez, cuyos derechos a la libertad, a recibir un tratamiento digno, a no ser excluido y segregado estaban siendo violentados.

[1] Diario Clarín, El Papa pidió amor y compasión para los afectados por el Sida, 15/09/1987, pág. 34.

[2] Congregación para la Doctrina de la Fe: Carta a  los obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, Roma, 1/10/1986.

[3] Diario Clarín, Paro en el Borda en rechazo a un enfermo que tiene Sida, 28/08/1987, pág.35.

[4] Ídem. Pág. 36.

[5] Ídem, pág.36.

[6] Diario Clarín, A todos nos incumbe un poco, 13/09/1987, pág. 31.

[7] Diario Clarín, Escándalo en el Borda: trabajador quiso matarse, 2/09/1987, pág.6.

[8] Orlando Barone, Reportaje al Borda, Revista Expreso, Buenos Aires, 11/09/1987, pág.32.

[9] Diario Clarín, Cien años de castigo y soledad, 14/09/1987, pág. 20.