El desafío político actual: ocupar la calle y proyectar las urnas

Por Francisco Longa*

Durante las últimas dos semanas aumentaron las protestas sociales, tres de las cuales fueron reprimidas por las autoridades nacionales y provinciales. En paralelo, las principales fuerzas políticas se apuran por definir las alianzas electorales de cara a 2017. ¿Pueden convivir ambos calendarios?

Hacia finales de la década de 1990 y principios del nuevo siglo, Argentina pasó a constituirse como un verdadero laboratorio de la protesta social. Nuevos movimientos sociales, fábricas recuperadas, asambleas barriales, tomas de tierra, configuraron un escenario novedoso que surgió como respuesta a la implementación de las políticas neoliberales. El factor común de todas estas modalidades de protesta fue la acción directa.

Las imágenes de las protestas callejeras durante las últimas dos semanas, parecieran remembrar a aquella Argentina que salía del menemismo, y se encontraba en el pantano de la Alianza y el posterior duhaldismo. Pero no siempre la historia se repite de manera simétrica, aunque las semejanzas abunden. Probablemente a caballo de los principales indicadores económicos, el escenario público de las últimas semanas no ha hecho más que potenciar el clima de protesta callejera. Los indicadores que el propio gobierno dio a conocer muestran un aumento significativo en la tasa de desempleo, la cual llegó al 9%, y una merma de al menos un 10% en el poder adquisitivo del salario.

Estos dos datos, tan sensibles a la microeconomía cotidiana de las personas, pueden ayudar a explicar porqué no cesa la protesta social en el país. Jubilados, cooperativistas, precarizados, empleados estatales, organismos de derechos humanos y organizaciones sindicales, son los y las protagonistas de las principales manifestaciones de los últimos meses. El repertorio de protestas sigue siendo el mismo que la sociedad viene privilegiando desde hace años: el paro, las movilizaciones y los cortes de ruta.

La respuesta del gobierno

Pero que existe un conglomerado de protestas sociales no es novedad en nuestro país. En efecto, éstas nunca se detuvieron inclusive durante la década kirchnerista, en la cual los gobiernos presidenciales supieron disminuir considerablemente la conflictividad social y política. Tampoco es cierto que durante los últimos doce años el tratamiento único que haya tenido la protesta social fue la contemplación y el diálogo: si bien en forma marginal respecto de la generalidad de las protestas, también existieron casos de represión como los recordados de la fábrica Kraft Foods en 2009, en Lear en 2014, y en varias manifestaciones en la lucha por la tierra en provincias como Formosa y Chaco, entre otras.

Pero lo que durante el kirchnerismo formaba parte de un dispositivo marginal y eventual, en apenas 9 meses de macrismo parece instalarse como paisaje mucho más frecuente. Más allá del ‘bautismo de fuego’ del gobierno, reprimiendo a los trabajadores/as de Cresta Roja allá por diciembre de 2015, es notorio cómo durante las últimas dos semanas recrudeció la estrategia represiva.

Un caso emblemático fue la represión a una protesta de jubilados en el Puente Pueyrredón. Es digno de destacar que, desde la Masacre de Avellaneda de 2002, ningún gobierno se había animado a reprimir abiertamente una movilización que ocupaba ese puente, el cual resulta sumamente simbólico en su asociación con las reivindicaciones ligadas a la falta de empleo y a la crisis económica. También se destaca, por su brutalidad, la represión sufrida por las y los trabajadores azucareros del ingenio El Tabacal en Orán, provincia de Salta. El pasado miércoles, la infantería provincial –a cargo del gobernador Urtubey– reprimió brutalmente la protesta, dejando al menos 4 heridos con balas de plomo.

Ese mismo día, el corte de la autopista Buenos Aires La Plata a cargo de organizaciones de desocupados, termina de completar el ‘podio’ de la represión de la Argentina de Cambiemos. Más allá de lo que no salió a la luz de aquel conflicto (la agresión de automovilistas que motivó la reacción también violenta de algunos de los manifestantes), fue notorio como el gobierno desalojó violentamente el corte, aún cuando los organizadores habían avisado a las autoridades que el mismo se levantaría en escasos minutos. Esto demuestra cómo el objetivo del gobierno nacional no era, única ni principalmente, que la autopista quedara liberada, sino enviar un mensaje aleccionador a quienes osen protestar.

No todo es protesta

Ante el actual panorama las comparaciones con la Argentina menemista y con la crisis de gobernabilidad de 2001 pueden resultar tentadoras y al alcance de la mano. Pensar este escenario de protesta en función de un in crescendo que desemboque en una verdadera crisis orgánica del gobierno nacional también puede resultar seductor para todo grupo político que reivindica la lucha de masas, y que evidencia en Cambiemos a un proyecto únicamente beneficioso para las elites; no obstante, muchos de los principales actores del tablero político nacional parecen menos interesados en la conflictividad callejera, y más atentos al calendario electoral.

Si se observa el nutrido movimiento de reuniones, cabildeos y alianzas (menos visibles que las protestas), que se viene tejiendo –principalmente en la provincia–, se puede tener una noción de cómo el mayor distrito electoral del país vuelve a ser termómetro del calendario de la clase política. Es ese mundo de la política electoral, las elucubraciones principales pasan por definir si CFK será finalmente candidata en 2017, y si la avanzada judicial que enfrenta logrará mermar su nada desdeñable 30% de preferencia entre los electores bonaerenses.

Otra señal de las preocupaciones electorales se desprende de las recurrentes reuniones que viene organizando el llamado Grupo Esmeralda. Este grupo, que reúne a un conjunto de intendentes de la provincia de Buenos Aires, parece encargado del armado electoral entorno a Florencio Randazzo. La clave para entender el futuro de este espacio, está en la capacidad que tengan de hacer convivir al ex Ministro de Interior y Transporte de CFK, con otro ex Ministro kirchnerista: Sergio Massa.

Es que la figura de Sergio Massa aparece como posible vector de reagrupamiento del peronismo no kirchnerista; la reciente incorporación de Juan Manuel Abal Medina y de la senadora nacional Teresita Luna al Movimiento Evita (y la cercanía de éstos con Miguel Ángel Pichetto), también muestran cómo para el movimiento conducido por Emilio Pérsico, no todo es protesta ni movilización.

Finalmente, las pujas internas en Cambiemos, entre las llamadas alas técnicas y alas políticas de sus integrantes, por ver quién marca la carta de navegación del gobierno los próximos meses, también definen el éxito de quienes encabecen las listas electorales del partido gobernante, en caso que Macri decline la opción de utilizar la herramienta de las internas.

Estas fuerzas, que configuran el escenario de la política superestructural, no esperan a enero para dar cuenta de lo significativa que será la batalla electoral de 2017, en virtud de los planes re-eleccionarios de Macri en 2019.

La yuxtaposición de los calendarios

En suma, el calendario de la protesta social y el calendario de los partidos con posibilidades reales de alzarse con la elecciones de 2017, parecerían transitar sendas separadas.

Si esto se mantiene así, surgen algunas inquietudes como: ¿quién definirá finalmente la agenda política nacional entre estos dos polos políticos? ¿Serán los grupos que hegemonizan la protesta social los que marcarán el pulso político del país? ¿O más bien lo harán los partidos y dirigentes preocupados por la aritmética electoral? Y, en suma, ¿en qué punto del mapa político se yuxtaponen los planes y las aspiraciones de estos dos polos, que parecen habitar planos tan disociados?

Seguramente las fuerzas políticas con más posibilidad de torcer el tablero político sean aquellas que, sin desatender la lucha de masas y sin renegar del protagonismo directo en el conflicto social, sean capaces también de comprender la aritmética de alianzas y estrategias que imponen las urnas. Ese calendario, que parece muy lejano en medio del calor de la protesta, luego puede resultar demasiado cercano, cuando la pelota entra a rodar en el campo del proselitismo electoral.

*Militante del Frente Popular Darío Santillán