El dilema de ser italiano y de izquierda

El dilema de ser italiano y de izquierda

Mario Monti renunció. El presidente de la república disolvió el parlamento y llamó a elecciones en febrero. Empieza el debate electoral, con una izquierda fragmentada e indecisa.

Volvió la política. Luego de trece meses de gobierno ‘técnico’, liderado por el profesor y economista Mario Monti, los italianos se preparan para una nueva ronda electoral, fijada para el 24 de febrero. “A este gobierno no lo votó nadie”, gritaban los movimientos sociales y de izquierda hace apenas unas semanas en las manifestaciones de protesta intituladas ‘No-Monti Day’. La llegada de ‘Supermario’ había coincidido con una crisis económica y política muy profunda en la sociedad italiana, de la cual se preveía salir sin que fuera el centro de la feroz contienda electoral entre centro-izquierda y centro-derecha, en noviembre de 2011. Sin embargo la receta de los técnicos no funcionó. Aplicando la ley de la ‘Austerity’, los recortes y los pedidos de sacrificios hacia la población, el gobierno Monti logró un alto grado de rechazo, aunque aún hay una importante porción de italianos que lo apoya. A tal punto que hoy es uno de los posibles candidatos a primer ministro en las elecciones venideras.

Monti ha sido hostigado en los últimos días por la gran parte de los medios internacionales que quieren saber si se presentará o no en la batalla electoral. Su propuesta tomaría la forma de un partido ‘de centro’, fiel representante de la austeridad requerida por la Unión Europea para un país con una inestabilidad altísima, como la alcanzada por Italia o España en los últimos años.

Pero el ex premier no tiene la pasta de político, y su caída ha sido propiciada en los últimos días por la vuelta de una de las más grandes figuras de la política europea de los últimos años, Silvio Berlusconi.

Il Cavaliere logró en pocos días retomar el centro del escenario como un verdadero protagonista. Mientras Monti analiza las posibilidades de ser apoyado en la carrera electoral, Berlusconi se lanzó con todo a su campaña basada, como no podía ser de otra manera, en sus polémicas apariciones televisivas. El pasado fin de semana, durante una entrevista en la Rai, amagó varias veces con irse en vivo del programa porque el periodista interrumpía su monólogo con preguntas. Y de eso, hoy, hablan todos los diarios europeos e internacionales, una campaña ‘gratuita’ que ya es un sello del ‘caimán’.

El crecimiento mediático del centro-derecha liderado por Berlusconi no parece preocupar, sin embargo, a sus contrincantes a la izquierda, ocupados en una feroz disputa interna para cerrar rápidamente las listas. El principal candidato progresista es Pierluigi Bersani, recientemente elegido en el vértice del Partido Democrático, heredero de centro-izquierda del antiguo Partido Comunista Italiano y fundido con movimientos católicos y de centro en los últimos 20 años.

Alineado a las políticas europeas de ajuste, el PD vive ya un fuerte debate en torno a la inclusión de Monti en sus filas o una posible alianza con este sector en listas regionales y provinciales. Una propuesta progresista al estilo del socialismo francés, seguramente mayoritaria y con altas probabilidades de convertirse en gobierno pero que en el arco de la izquierda italiana es fuertemente resistida. La desilusión por parte de amplias franjas de italianos de izquierda hacia el PD -que dedicó los últimos 18 años a hacerle la contra a Berlusconi-, generó la posibilidad de que algunas figuras del progresismo nacional fundaran nuevas alternativas. La más novedosa es la que debería liderar el ex magistrado anti mafia Antonio Ingroia, que comprende a sectores de centro-izquierda -como Italia dei Valori del también ex magistrado Antonio Di Pietro- y coquetea con incluir a partidos de izquierda -como el Partido de los Comunistas Italianos, los Verdes y el trozkista Partido de la Refundación Comunista-.

En un teatro colmado, en Roma, Ingroia lanzó la posibilidad de candidatearse aunque aún no confirmó nada, y llamó a diferentes sectores de la izquierda a encarar una serie de encuentros en esa vía. Con un alma fuertemente anti-Monti y anti-Berlusconi, Ingroia aspiraría a juntar sindicatos -como los metalmecánicos de la FIOM-, periodistas, actores y asociaciones civiles “en defensa de la constitución”. Se demostró dispuesto a dialogar con el PD, y le pidió que haga “un salto de calidad realmente alternativo a las políticas de Monti”, abriendo inclusive la posibilidad de una alianza con el ex cómico Beppe Grillo, revelación en las últimas elecciones administrativas.

Grillo lidera el Movimiento Cinco Estrellas, una agrupación que propone ‘limpiar’ la política de la corrupción y las prácticas de ‘la casta’ de funcionarios italianos, con un programa fuertemente desarrollista. A este sector se plegaron, en los últimos años, muchos militantes y cuadros de la izquierda tradicional, buscando herramientas que tengan reales alternativas de acceder al poder. El movimiento de Grillo logró quedarse con municipios importantes y avanzar en cambios profundos en la administración pública.

En síntesis, un ‘tercer polo’, con una componente de izquierda clara, alternativa a Berlusconi y Bersani, una iniciativa que, de todas maneras, sigue siendo puramente declamativa, y que recién en los próximos días podría comenzar a tomar forma. Pero no todos ven con buenos ojos esta propuesta, especialmente en la izquierda. Movimientos sociales y populares, junto con partidos trozkistas parecen descreídos ante el posible avance de este espacio. El descrédito hacia la política y los políticos en general es muy alto. Aún una propuesta con las características de la de Ingroia no termina de ‘enamorar’ a amplios sectores de la izquierda y el progresismo, que apunta los cañones hacia las políticas europeas de ajuste y las condiciones sociales de franjas cada vez más grandes de la población, desocupados y sin expectativas de mejora en el corto plazo. Y sin esperanzas hacia la política ‘de palacio’.

Ser italiano, y de izquierda, resulta hoy casi un dilema. La filosofía del mal menor -el PD- pierde cada vez más fuerza ante la corrida de los partidos progresistas hacia el centro e inclusive la derecha. Por el otro lado, la falta de una real alternativa política alimenta el desgano y la apatía, mientras crece el rencor en una situación económica cada vez más insostenible.