El gatillo fácil de La Metropolitana y la artillería de Vidal

Por Mauricio Polchi

Lucas Cabello, percusionista de La Caminito Rock, fue fusilado por un agente de la fuerza porteña, en la puerta de su casa y delante de su pequeña hija. La vicejefa del Gobierno de la Ciudad inventó una historia para justificar el feroz ataque policial.

Los hechos

El lunes 9 de noviembre, pasadas las 16.30, Lucas Cabello va con su hija de menos de dos años a la panadería. Cuando regresa a su casa lo intercepta un agente de la policía Metropolitana. En el momento del cruce, Lucas tiene a la nena en una mano y los dos sánguches recién comprados en la otra. El uniformado le dice que no puede estar en esa vivienda, le pide que se retire y se genera una discusión. La historia termina de la peor manera porque el agente desenfunda la reglamentaria y responde a los tiros.

Los primeros balazos le destrozan la médula y el pibe de 20 años cae al suelo. La beba se salva de milagro porque su tía la rescata y la saca de la línea de fuego. La víctima, que en el piso se retorcía de dolor, recibe un tiro de gracia que le revienta un testículo. El agente, de apellido Ayala, se sube a un móvil y huye con una compañera de la misma fuerza.

Los vecinos no esperan la ambulancia y se llevan a Cabellos al Hospital Argerich, donde es operado de urgencia. Su estado es grave y hay lesiones irreversibles. Los médicos ya informaron que difícilmente pueda volver a mover los brazos ni las piernas.

El Barrio

Sobre el cordón izquierdo de la calle Martín Rodríguez está la bicisenda. Del otro costado, en el margen derecho, una larga fila de autos estacionados. La mayoría de los vehículos pertenecen a los clientes de “ll Matarello”, el reconocido restaurant de La Boca ubicado en el 517 de esa calle. Lucas Cabellos, bombista y percusionista de La Caminito Rock, vivía a unos pocos metros de ahí, en el 549. Durante el día, cuidaba los coches en esa zona de paseos turísticos, una actividad laboral muy común en los pibes del barrio que lograron ganarse la confianza de los comerciantes del lugar.

Lucas es fanático de River, tal como lo demuestra el tatuaje que tiene en la pierna. Es el hincha del “Millo” más conocido de esas calles boquenses. Siempre de buen humor, ‘Luquitas’ recibía a los jugadores, dirigentes o viejas glorias del club “Xeneize” que estacionaban sus coches para ir a comer a ese local. Todos lo saludaban porque lo conocían: era el adversario perfecto, un rival directo para intercambiar bromas y chistes futboleros.

Los medios

Cuando a Lucas se le quita el nombre y se le dice ‘un trapito’, el discurso dominante parte de una estigmatización brutal y plantea que no es una persona y no está sujeta de derecho, sino que es algo, qué no tiene o no merece legislaciones que lo protejan. “Trapitos”, “Limpiavidrios”, “Manteros”, para adjetivar esa mano de obra barata al periodismo de elite le sobran recursos. Sin embargo, los comunicadores no se desenvuelven con la misma agilidad para conceptualizar otros fenómenos, como por ejemplo, la violencia institucional.

“Gatillo Fácil”, que tiene facilidad para gatillar. Así de simple. O, cómo dice la Wikipedia, “es el nombre utilizado comúnmente en Argentina para indicar que se trata de un hecho de utilización abusiva por parte de las fuerzas de seguridad con armas de fuego, generalmente presentado por la policía como una acción accidental o de legítima defensa”.

El lunes a la tarde la escena era tan tenebrosa como clara y contundente, un joven de 20 años fue fusilado en la puerta de su casa con su hija en brazos. Los vecinos escucharon tres disparos, la misma cantidad de balas que se encontraron en el cuerpo de la víctima. El agresor, que es policía, escapó. A las autoridades, que intentaron plantar pruebas y preparar un escenario de tiroteo, les resultó imposible armar o sostener una mentira. Nada de ‘narcos’ y ‘trapitos’, fue un ataque policial contra un hombre desarmado. Otra vez, la falsa teoría de la legítima defensa, una marca registrada en estos casos, se desvaneció de inmediato.

De todas formas no faltaron los periodistas que se animaron a decir que hubo “un enfrentamiento” para teorizar sobre “un confuso episodio” o un “eventual combate”. La abogada Gabriela Carpinetti, desestimó esa interpretación y explicó que “los hechos de violencia de esta magnitud, que ponen a una persona entre la vida y la muerte, tienen una serie de antecedentes persecutorios por parte de la fuerza”. “Nadie es baleado de un día para el otro, sin haber sido parte de un proceso de estigmatización y persecución previo”, amplió Carpinetti.

La Vidal

La primera versión que hizo correr La Metropolitana ante la prensa fue la de instalar un tiroteo. La teoría, insostenible con el correr de las horas, sólo fue respaldada por la vicejefa de Gobierno porteño María Eugenia Vidal. “Se trató de una cuestión de género”, mintió la funcionaria. “El policía protegía a la mujer que apretó el botón antipánico”, agregó, y así Vidal justificó lo injustificable. El papelón fue tan grande que hasta el subjefe de la fuerza Ricardo Pedace la contradijo al aclarar que “no era una consigna por violencia de género”.

Si la futura gobernadora de Buenos Aires, ante los posibles casos de violencia institucional que puedan aparecer en el conurbano, le va hacer caso a los noticieros o a La Bonaerense, se avecinan tiempos complejos en la provincia más grande del país.

Después de fugarse, el policía que le disparó a Cabello se presentó en la Comisaría 24, de La Boca, pero luego, por cuestiones administrativas, fue llevado a la seccional 28. El oficial detenido, quien presta servicios en la Comuna 4, fue pasado a disponibilidad preventiva por la Auditoría Externa del Ministerio de Justicia del Gobierno de la Ciudad. En ese contexto, su declaración se dio ante el juez de instrucción porteño 35, Osvaldo Rappa. Desde la querella se solicitó que la causa sea caratulada como “tentativa de homicidio agravado por el estado de indefensión de la víctima”, y además exigen que sea exonerado de la institución.

La vivienda

Lucas vivía con su familia desde hacía varios años en un hogar de tránsito que se instaló sobre una antigua casona del Instituto de la Vivienda porteño (IVC), ubicada en la calle Martín Rodríguez. En ese complejo, habitado por personas que fueron desalojadas de varios conventillos, se hospeda una mujer que mantiene diferencias con su hijo y recibió como medida judicial un botón antipánico y custodia. Ante ese problema familiar o social, una de las soluciones que propuso el macrismo fue mandar a un policía. Los resultados están a la vista.

“Por las condiciones de habitabilidad del inmueble y su precariedad, es muy común que en esa situación de vulnerabilidad haya conflictos. En ese contexto, se hizo presente la Policía Metropolitana, que comenzó con un accionar persecutorio, violento y estigmatizador, en particular, con algunos jóvenes de allí, y entre ellos, Lucas”, graficó la doctora Carpinetti. “Evidentemente, no está preparada para disuadir conflictos donde yace la vulgaridad y la precariedad habitacional. Y esta contradicción pone en riesgo a todos los habitantes de la ciudad de Buenos Aires”, puntualizó.

El efectivo que disparó a quemarropa estaba en consigna, pero Cabello no tiene relación con ese caso y la restricción de acercarse a ese lugar era para otra persona. Según explicaron algunos testigos, el uniformado se confundió de pibe, intentó impedir que Lucas ingresara a su propio hogar y por ese hecho se desató el altercado verbal que derivó en el fusilamiento. Cuando el chico cruzó la puerta, le gatilló sin dar la voz de alto.