El hecho maldito…

A 68 años del nacimiento de Luca Prodán, un recorrido por el legado artístico de Luca y Sumo, que es hablar de música que sale del corazón. 

Por Pablo Flores/ Arte por Negro Alan

“Trágicamente, el hombre está perdiendo
el diálogo con los demás y el reconocimiento
del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde
se dan el encuentro, la posibilidad del amor,
los gestos supremos de la vida.”
Ernesto Sabato, “La resistencia”.

“Luca, como una canción que zumba en el viento del corazón”
Divididos, “Luca”.

De Luca sabemos todo. Un ítalo-inglés criado por una mamá polaca y un padre chino que
estudió en uno de los más durísimos internados de Europa donde asistía la crema
aristocrática, el escoses Gordonstoun School. Que ante cada carta que le escribía a sus
padres pidiéndoles que lo saquen de ahí, dibujaba la bota de Italia como un preso que
cuenta las semanas hasta que le den salidas transitorias. Que dejó de escribir cuando ya
había tomado la decisión de escaparse y volcarse a la vida pagana, primero viajando por
Europa y terminando en los suburbios de Roma.

Sabemos de su vida en las casas tomadas de Londres, donde se hace adicto a la heroína, se
contagia hepatitis y llega a entrar a un coma hepático. De los excesos, del punk, de Joy
División, del amor. De la enorme culpa por haberle presentado la jeringa a su hermana
Claudia, que después se suicida junto a su novio, encerrados en un auto aspirando el
dióxido de carbono que salía del escape. Sabemos que para la Ley italiana, Luca era un
desequilibrado mental, ese papel que hizo para zafar del servicio militar y de la cárcel. De
su trabajo en los depósitos de la discográfica Virgin, donde se robaba los discos de las
bandas cual rata de biblioteca. Discos que fueron la base de oído musical y generaron este
hecho maldito…

Sabemos de esa foto que su amigo Timmy Mckern le envía a Luca, donde se lo ve junto a
su familia posando y de fondo las sierras cordobesas. Sierras que podrían contener la rabia,
la furia y el dolor de un adicto a la heroína para que pueda vivir algunos años más.
Sabemos de ese pico de heroína antes de subirse al avión hacia estas pampas.
Después todo lo que ya conocemos. Sumo. Una baterista mujer, el show en la cancha de
Estudiantes de Buenos Aires y Luca invitando a Pappo a tomar vodka desde ahí hasta
Rosario. Después, ese viaje a Villa Gessel y los bares del underground: Einstein, Zero Bar,
el Stud Free Pub, la Esquina de Sol, Cemento y el Obras del 86. Hurlingham, el Abasto y
San Telmo. La adicción a la ginebra. El último show en los Andes y el 22 de diciembre de
1987.

¿De Luca sabemos todo? Todo lo explicito está ahí, lo podemos encontrar en libros, notas,
documentales y películas. Conocimos ese lado oscuro e, incluso, ese culto al “frontman” adicto
nos tapó el bosque. Pero, como se dijo con Maradona, no importa lo que hizo con su vida,
sino lo que hizo con la nuestra. ¿Qué sabemos de nosotrxs desde Luca? Y quizás no
sabemos lo que Luca hizo con la nuestra. Por eso este escrito.

El enigma Sumo

Una vez Alfredo Rosso se refirió a Sumo como una banda inglesa. Él decía que le daba
una sensación de haber cruzado una frontera y trasladarse al Londres del post punk. Y
justamente, esos nuevos sonidos que se sintetizaban en Sumo eran una novedad. Ese rock
incorrecto surgido en los residuos de la dictadura militar más sangrienta del cono sur vino
a ocupar un espacio vacío. Así como la política no soporta el vacío, el arte tampoco.
¿Estaban esperando algo que les rompa la cabeza? Y ahí apareció el hecho artístico, ahí
apareció la anomia, la anomalía, el enigma Sumo.

Enigma porque no era fácil acceder a Sumo. No era fácil porque era algo raro para esa
normalidad que era el rock nacional. Pero tampoco era fácil porque pocos se animaban a
acceder a Sumo. De hecho, el mismo Ricardo Mollo dice que cuando empieza a tocar con
ellos, sus amigos y vínculos del rock le decían: ¿De verdad que estas tocando en ESA
banda? El rock nacional le daba la espalda a Sumo.

El maestro emancipador

Luca era un intelectual que se negaba a serlo bañándolo todo en ginebra. Eso era un escudo
para su sabiduría. Porque seguramente como todos los mortales que vivimos
contradicciones, Luca también las tenía. Sumo fue para Luca la banda que se consiguió
para bajar su discurso, su ideología. Y, quizás, sin intenciones de hacerlo, inauguró una
escuela: la del amor. Porque esa filosofía del underground, del amateurismo venía del verbo
amar. Y como ciertas veces les transmitía a sus compañeros de banda sobre su música:
“obvio que lo vamos a hacer bien, porque sale del corazón”.

Esa forma de ver a la música me llevó a pensar, tal como lo plantea Ranciere en el Maestro
ignorante, que Sumo fue una aventura intelectual. Me animo a decirlo porque, insisto, sin
intenciones de trascender, Luca no sólo que marcó a sus compañeros y sus proyectos
posteriores, sino que influyó a una enorme cantidad de bandas y artistas del país de
diferentes estilos y expresiones.

“Los Sumo”, y las centenares de bandas que tuvieron como influencia a la banda que
lideraba el pelado habían aprendido sin un maestro explicador, pero no por eso sin
maestro. Por eso, Luca les había enseñado algo. Pero, tal como dice Ranciere, “no les había
transmitido nada de su ciencia”. En el Maestro ignorante, Jacotot no había transmitido
nada, como Luca. Y tampoco, ambos, no utilizaron ningún método. Sin embargo, se
basaron en la vía de la libertad y en la confianza en la capacidad intelectual de todo ser
humano. Por ello, Luca fue un maestro emancipador.

Sumo y el quiebre de la normalidad

El rock nacional tomó forma a fines de los años 60’ y durante los 70’ se transformó en un
movimiento amplio, con un discurso que mezclaba el pacifismo, el rechazo a la moralina
conservadora y la resistencia desde la vestimenta, la poesía y las expresiones a largos años
de represión simbólica y material. ¿Cuántos terminaron en el calabozo por lucir sus largas
cabelleras de libertad?

La dictadura del 76’ le da un golpe de gracia a un pequeño círculo que venía siendo
atacado y censurado desde años anteriores. Quienes formaban parte del movimiento eran
considerados “maricas y drogones”. Sin embargo, el golpe militar vino a colocar un cerco
de censura contra todo aquello que estuviera en contra de los valores occidentales y
cristianos. Esto trajo como consecuencia un costo cultural, pero también, ciertas muestras
de resistencia desde la música. Por ejemplo, muchos músicos comenzaron a utilizar
metáforas en sus letras, donde quienes llevaban adelante “el filtro” de las canciones que
deberían prohibirse, no las podían entender, entonces se grababan y se publicaban.
Hacia los finales de la dictadura y, más precisamente, con el estallido de la Guerra de
Malvinas, al prohibirse la música en inglés, el rock nacional se expande y empieza a ser
masivo. En este sentido, y haciendo un alerta, no quiero decir que la dictadura,
indirectamente, benefició el desarrollo del rock local, sino que, las acciones de resistencias
y las formas que debían adoptar las nuevas bandas promovieron el desarrollo del mismo.
En otras palabras, existía una olla a presión que, a medida que el gobierno de facto iba
perdiendo poder concreto y simbólico, se iba destapando. Debajo de eso que estaba bajo
presión, irrumpe Sumo con una propuesta disruptiva.

Con la primavera democrática, el rock argentino iba por un camino, por una línea artística
que, si bien se podían diferenciar estilos, no había hechos artísticos que vinieran a
“cuestionar” esa normalidad musical. Sumo cantaba en inglés y tenía un cantante pelado.
Eso ya era lo raro y lo diferente. Seguramente que el prejuicio musical de todo ese
movimiento previo mantuvo al margen a la banda, pero ese espacio que Sumo fue
construyendo servía como elemento de contención de todo lo que no se ajustaba a lo
normal.

Sumo fue la barbarie hecha canción para ese rock nacional ochentoso. Desmitificando
ciertas cosas, ni Sumo ni Luca fueron quienes trajeron los nuevos sonidos del new wave, el
reggae, el post punk o el ska al país. Sin embargo, Sumo tiene el mérito de haber
sintetizado esos estilos musicales con una forma nueva de tocar música, lo que la guitarra,
el bajo y el saxo hacían en Sumo, eran una novedad que implicó una ruptura, un quiebre
con el orden de cosas existentes en el rock local. Por eso el mérito de Sumo es haber sido
una invención insospechada. Sumo y Luca fueron un verdadero acontecimiento artístico.

Tiempo, destino y amor

En el último libro que escribió sobre Sumo y Luca, Roberto Petinatto cuenta que al volver
de España luego de su exilio post muerte de Luca, al cruzar la General Paz en un taxi, se
encuentra con un graffiti que decía: “Luca vive”. Ricardo Mollo, su antiguo compañero de
guerra, se lo había anticipado. Se había construido el mito. Sin intenciones de hacerlo, Luca
se había convertido en un mito y Sumo, en una banda masiva que ya tocaba más. ¿Cuántos
estadios se pueden llenar con la enorme cantidad de remeras de Sumo que se ven por las
calles de nuestro país? Paradojas de la vida, contradicciones de la humanidad que llegan
hasta en el arte. Al último recital de Sumo asistieron 400 personas en diciembre del 87’. A
partir de ahí, aparecieron los corderos en la noche y los cuarenta dibujos en el piso.

A quién escribe no le gusta en lo más mínimo referirse a Sumo y a Luca como un mito o
como una leyenda. Tampoco este escrito pretendió realizar una reconstrucción de lo que
fueron. Para ello existen muchos materiales escritos, notas, libros y hasta películas. Algunas
producciones peores que otras, pero el cuerpo de la historia está a nuestro alcance con
mucha facilidad.

Quizás si fue un escrito que salió del corazón, como lo aprendimos de Luca. Alguna vez,
Alejandro Sokol dijo sobre Luca: “Había que pelar, y Luca pelaba”. De ahí venimos
muchxs, nos formamos con esa manera de encarar las cosas, la de pelar lo que sale del
corazón. Desde ahí fuimos aprendiendo a relacionarnos con las cosas de la vida. Para todo
lo demás, FUCK YOU! Y cada cual lo construye a su manera.

Quizás Sumo fue para Luca una vendetta producto de toda esa mierda que masticó contra
todo tipo de autoridades a lo largo de su vida: primero a la figura de un padre conservador,
pasando por el internado en Escocia, el infierno de las adicciones y hasta contra la propia
música. Quizás era cuestión de tiempo, quizás era el destino. Por suerte fue el amor.