El marketing de la pollerita

El marketing de la pollerita

Foto original: Cadena 3.

Por Maru Correa. Voyeurismo, cosificación y acceso al trabajo se fusionan al analizar por qué en una estación de servicio de Ciudadela las playeras debían vestir como colegialas. Pese a la típica acusación de que “ellas quisieron”, hubo denuncias.

Mujeres jóvenes + buenas curvas + vestimenta osada + carga de combustible = mayor clientela x ganancias al cuadrado. Ésa es la ecuación que habrán hecho los responsables de la estación de servicio ubicada en avenida Gaona 4200, en Ciudadela, cuando pensaron en renovar su estrategia de marketing. Entonces se armó la polémica, afortunadamente.

Resulta que para trabajar entre los surtidores, las chicas deben vestirse de colegialas ‘hot’ (como si naturalmente las colegialas, menores de edad, pudieran ser ‘hot’): minifalda a cuadrillé, musculosa blanca escotada y medias bucaneras negras es el disfraz. Después, que el conductor del vehículo sea libre de mirar, imaginar, sentir y susurrar todo lo que se le antoje, porque en un sistema capitalista la finalidad es que el consumidor quede a gusto, siempre quiera más, vuelva y compre; y porque en un sistema patriarcal la mujer es objeto y, como tal, acepta que su esquema responda al placer del usuario. Por eso la fórmula mujer-ganancias le cerró perfectamente a la patronal.

Esto no es nuevo. Ya son parte del “paisaje” las playeras vestidas con ajustadísimas calzas blancas. No por nada uno de los requisitos excluyentes en los avisos laborales del rubro suele ser que la postulante envíe su foto actualizada de cuerpo entero, de frente y de espaldas. Mayores de 35 años, abstenerse.

También el centro porteño fue hasta no hace mucho tiempo sede de un “service” muy especial: en Corrientes y Esmeralda funcionaba “Pelvis”, un bar para machos donde las mozas servían la comida en ropa interior, a toda hora. Cualquiera que pasara por la vereda, incluso niños y niñas, podía detenerse a espiar: luces rojas, bolas de boliche, hombres distendidos comiendo un sándwich y chicas maquilladas, en tanga y corpiño, paseando por las mesas con la bandeja en la mano. Los días de semana a la hora del almuerzo, el lugar se llenaba de tipos de traje y corbata.

Voyeurismo consensuado

Al ser consultado en un medio televisivo sobre su experimento comercial, el dueño de la estación de servicio de la localidad bonaerense argumentó naturalmente: “Siempre es una estrategia común en el marketing tener tanto una buena atención y actitud para con el cliente, como así también la imagen que incluye un uniforme”. Además aseguró que “la iniciativa fue consensuada” con las empleadas, que “hay varios uniformes y ellas mismas decidieron usarlo porque les sirvió” para incrementar las ventas de GNC y las propinas.

De hecho, las chicas dijeron ante las cámaras que se sentían “cómodas” con la indumentaria, aunque también admitieron que se trataba de “condiciones” a las que tuvieron que acceder. “Es una condición de trabajo que conocíamos y la aceptamos”, dijo una de las trabajadoras. Otra declaró: “Una acepta las condiciones de trabajo, son clientes que vienen casi todos los días y, como se sienten cómodos, vuelven”.

Consenso, condiciones, aceptación. Son conceptos que en estas circunstancias el discurso capitalista y heteropatriarcal hace coincidir a la fuerza. Pero no coinciden. El consenso se logra entre pares, después de ciertas experiencias conjuntas, de un debate posterior, del intercambio de ideas. Nada más alejado de la “posibilidad” de elegir entre tres uniformes para agradar a la clientela voyeurista y a la caja del jefe.

Hablemos de violencia simbólica

Los medios de comunicación más leídos, vistos y escuchados atascaron el tratamiento en la novedad, el chiste o la polémica acerca de la aceptación o no de las empleadas para conseguir el puesto. Un ejemplo: Crónica TV ambientó la nota con el tema “I feel good” (“Me siento bien”), de Charles Brown. Otro ejemplo fueron las opiniones de los lectores tras recibir esos mensajes: “Necesito dos chicas así para mi lavadero de autos, urgente”, escribió Fabián; “son minas denigrándose solas”, redactó Andrés; “¿de qué sirve agarrársela contra el dueño por machista si son las mismas mujeres las que permiten que se las cosifique?”, opinó Victoria. También están quienes hicieron comentarios un tanto más analizados.

De lo que pocos medios hablan es de la violencia laboral y simbólica que patrón y cliente ejercen sobre estas mujeres, más allá de la voluntad de exponerse, tal como lo plantea la Ley 26.485, de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en los ámbitos en los que ellas desarrollen sus relaciones interpersonales.

Naturalizadas como están las cosas acerca de qué mensaje debe emitir la mujer con su cuerpo, las chicas no se inmutan, justifican el método, se animan, se exhiben orgullosas y trabajan. Otras se resignan. Como sea, ése es el parámetro cultural sexista aprendido, que valora el aspecto material de las cosas, entre esas “cosas” el género femenino.

Sin embargo, siempre se puede salir al cruce de estas violencias y denunciar, desnaturalizar, desaprender y reaprender. Esa lucha es la que permitió que lo que ocurre en la estación de GNC sea tomado, analizado y sancionado en el Ministerio de Trabajo, el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), el sindicato de estaciones de servicio y playas de estacionamiento, los medios de comunicación populares, las organizaciones de mujeres e incluso la opinión pública.