El mundo ya no es lo que era: los desafíos de la protesta social en la era macrista

Por Federico Orchani

Empieza un año y con él, conviven la continuidad de políticas gubernamentales, pero también surgen las primeras miradas hacia el futuro próximo. Nuestro primer análisis de 2017 con una pregunta motora: ¿Cuál será el nuevo futuro movilizador de las pasiones sociales?

Un mundo diferente

El reemplazo de Alfonso Prat-Gay por el flamante ministro de Hacienda Nicolás Duvojne, en las vísperas del primer aniversario del gobierno de Cambiemos es un hecho significativo. En la conferencia de prensa que brindó Marcos Peña junto a Dujovne (Hacienda) y Luis Caputo (Finanzas) el nuevo ministro se comprometió a lograr “una mejora del gasto en infraestructura y la reducción de impuestos distorsivos” además de “bajar los costos que impiden que la Argentina pueda duplicar su producción exportable”. Si bien no quedó expresado en la conferencia de prensa, lo que preocupa al presidente Macri es el “costo laboral” como un obstáculo para la llegada de inversiones, lo mismo que reducir el déficit fiscal, algo que Dujovne viene pregonando desde el diario La Nación y el canal TN en sucesivas intervenciones. Lejos estamos de querer salvar la ropa del expulsado Prat-Gay –artífice del repudiable pago a los fondos buitres comandados por Paul Singer– pero en los hechos, el nuevo rumbo económico que propone el gobierno es un reforzamiento del credo neoliberal que también incluye la vuelta al endeudamiento externo de la mano de actores como el FMI y el Banco Mundial. ¿Cuál es el problema? Un mundo a contramano.

Ocurre que el paradigma neoliberal y, más precisamente, su “fase de globalización” están en crisis desde hace rato. Ya el historiador inglés Perry Anderson[i] advirtió que el neoliberalismo, a diferencia del liberalismo clásico, es primero una propuesta ideológica antes que un modelo de funcionamiento de la economía y el gobierno. Un proyecto pacientemente incubado en pequeños círculos académicos primero, de la mano de teóricos como Friedrich von Hayek y Milton Friedmann en respuesta a las políticas intervencionistas de post guerra y el nuevo igualitarismo promovido por el Estado-Bienestar. Los años setenta y la década siguiente estuvieron marcados por el triunfo de la ideología neoliberal. Con matices, los gobiernos de Margaret Thatcher en Inglaterra, Ronald Reagan en Estados Unidos y la dictadura de Augusto Pinochet en Chile –golpe de estado mediante–, que derrocó al presidente de la Unidad Popular, Salvador Allende, fueron la expresión pionera de la hegemonía de una nueva derecha en Europa y en Norteamérica. Con el objetivo de reestablecer la tasa de ganancia empresarial, se alternaron recetas que pregonaban la necesidad de un “Estado fuerte” capaz de “romper la fuerza de los sindicatos y de controlar estrictamente la evolución de la masa monetaria”. Para este fin, es necesaria una “disciplina presupuestaria”, acompañada de una “restricción de los gastos sociales” y la restauración de una llamada “tasa natural de desempleo”, es decir, de la creación de un ejército de reserva de asalariados –batallones de desempleados y desempleadas– que permita debilitar a los sindicatos. Por otra parte, deben introducirse “reformas fiscales” a fin de estimular a los “agentes económicos” a ahorrar e invertir. ¿Suena conocido? Claro que sí.

En un artículo reciente[ii], Álvaro García Linera se anima a sentenciar que la “globalización ha muerto”, una idea que polemiza con quienes anunciaron (no hace mucho) el “fin de la historia”, luego del derrumbe de la URSS y la “derrota de la alternativa del socialismo de Estado”, con la caída del muro de Berlín en 1989 como hecho simbólico de la derrota. Pero ya en la primera década del siglo XXI, sobre todo en América Latina, se vieron los primeros brotes de resistencia anti neoliberal de la mano de revueltas populares, obreras, campesinas e indígenas que se levantaron contra el mandato que decretaba el fin de la lucha de clases. Para el Vicepresidente de Bolivia, el “fin de la historia” comienza a mostrarse como una “singular estafa planetaria” e identifica el año 2009 en Estados Unidos, cuando el presidente Obama debió recurrir al vapuleado Estado “considerado una traba a la libre empresa”, para “estatizar parcialmente la banca y sacar de la bancarrota a los banqueros privados”.

Un pálido reflejo

El gobierno del presidente Macri está frente a una encrucijada inexorable. El “mundo” no crece como hace 20 años, en particular las economías exportables; la liberalización de los mercados ya no es el “motor de la economía planetaria”. Como dice Linera, “la globalización ya no representa más el paraíso deseado en el cual se depositan las esperanzas populares ni la realización del bienestar familiar anhelado”. Por eso el gobierno de Cambiemos tiene problemas cuando prometió “pobreza cero”, pero en menos de un año de gestión se vio obligado a declarar la “emergencia social”, producto de la presión “por abajo” de sectores de la clase trabajadora, excluidos de la lluvia de inversiones que prometió la revolución del reverendo alegría.

La renuncia de Gran Bretaña a la Unión Europea, la victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos con la promesa del retorno a un proteccionismo económico que vuelva “grande a América otra vez” renunciando a los tratados de libre comercio son señales negativas para las aspiraciones del capitalismo periférico que representan países como la Argentina y otros de la región. Un escenario internacional que dibuja un interrogante enorme frente a un año electoral clave para el oficialismo en la Argentina, que debe hacer frente a una agenda social compleja, producto de medidas reaccionarias y antipopulares, con minoría parlamentaria y un malestar social creciente.

Este es el fondo de la cuestión. Como advierte Linera, en los países capitalistas lo que queda es una “inercia sin convicción que no seduce”. Aunque esta inercia, falta de convicción o apatía, a veces se traduce en pequeños estallidos de descontento, como los ocurridos en la toma de la Comisaría 38 del barrio de Flores en la Ciudad de Buenos Aires, luego de que un chico de 14 años fuese asesinado. Según la denuncia de vecinos, es la propia policía (Federal) la que regentea el delito y libera zonas para el accionar de los delincuentes que como en este caso se llevaron la vida y los sueños de Brian y provocaron la reacción masiva y asamblearia de los vecinos de Flores.

A propósito, Joaquín Morales Solá desde el diario La Nación se apresuró a denunciar la presencia de “barras” en la toma de la Comisaría, que no tenían otro objetivo que generar “caos social”, según el columnista, hay un vínculo entre la “violenta toma” de la comisaria y la agresión sufrida por el presidente Macri en Neuquén, donde se intentó vincular a trabajadores estatales, sin pruebas que sustenten la acusación más que la palabra del gobierno y sus espadas mediáticas. El mismo Morales Solá le recrimina al Jefe de Gobierno la CABA, Rodríguez Larreta, porque no se ocupa de la seguridad de la Ciudad ni del control de la protesta social. Un eufemismo para pedir que haya más policía para reprimir las movilizaciones y cortes, el mismo pedido que hace semanas atrás hacía Ricardo Roa desde el diario Clarín.

Hoy en la Argentina hay presos políticos, como Milagro Sala, recientemente sentenciada con un fallo vergonzoso y preocupante por un hecho menor del que no participó directamente luego de estar presa un año, producto de una detención arbitraria en el marco de una protesta en la capital de Jujuy. El disciplinamiento de la protesta social y la criminalización de las demandas populares es la respuesta al descontento popular creciente frente a las políticas regresivas del gobierno de Macri, que no hizo más que recomponer el nivel de ganancias de los sectores más concentrados de la economía sin que “derrame” ni una gota para el lado de los sectores populares.

Habrá que hacer un balance acerca de por qué es la nueva derecha quien logra canalizar las “frustraciones sociales” que genera la propia ideología neoliberal de la que –hay que decirlo– contribuyeron algunos “progresismos” incapaces de hacer frente a la “presión del capital financiero”. Es necesario preguntarse junto con Linera: ¿Cuál será el nuevo futuro movilizador de las pasiones sociales? La respuesta está en parte en la capacidad de reacción de la amalgama de sectores y actores que pusieron una paréntesis a la “larga noche neoliberal” durante la primera década del siglo XXI pero también a la construcción de alternativas sociales y políticas que sean capaces de revertir el ciclo neoliberal bajo otros supuestos de gestión eficiente y alternativa de los problemas y las frustraciones cotidianas. Si hace falta un Estado, que sea para poner al pueblo trabajador en el centro y no al mercado. A la democracia directa, participativa, asamblearia por sobre la tiranía mediática de los “grandes medios” transformados en grupos económicos. El escenario es abierto, pero si existe un “empate hegemónico” (no parece), vale la pena intentarlo.

[i] https://marxismocritico.files.wordpress.com/2011/10/neoliberalismo_p-_anderson.pdf

[ii] https://www.pagina12.com.ar/11761-la-globalizacion-ha-muerto