El trabajo del cuidado al servicio del trabajo con mayúsculas

Por Carlos Andújar / Ilustración por Cabro

Segunda entrega de la serie de miradas cercanas sobre lo mitos de la Economía (con mayúsculas) para acercarnos a su terminología tanto como lo estamos de las consecuencias de sus decisiones.

El trabajo reproductivo

Estimadas lectoras y lectores, esta es una nota interactiva. Sí, leyeron bien, a la distancia o “fuera de línea”, como podríamos decir en estos tiempos de lenguaje informático, vamos a construirla juntos, ustedes y yo. Sólo hace falta tener a mano una hoja y un lápiz. Los espero, vayan a buscarlos.

Les propongo la siguiente actividad: tomen la hoja y hagan tres columnas. Piensen en diez familias cercanas a ustedes y anoten en la primera columna alguna referencia que les permita identificar a cada familia, como por ejemplo “la familia de Toto” (Utilicen una fila para cada familia). ¿Lo hicieron? Bien, en la segunda columna coloquen la cantidad de integrantes que componen cada grupo familiar y en la tercera la cantidad de ellos que trabajan y en el rubro que lo hacen. Por ejemplo, la primera fila podría ser: Columna 1: La familia de Toto; columna 2: Cinco integrantes; Columna 3: Trabaja uno de ellos en la construcción. Tómense su tiempo para hacerlo y de paso, unos mates; yo me estoy tomando los míos por la mañana mientras escribo esta nota.

¿Terminaron? No me engañen.  Si ahora no tienen tiempo, dejen de leer acá y retomen la nota en otro momento.

Seguimos. Teniendo en cuenta los datos de todos grupos familiares que ustedes escribieron en la hoja respondan las siguientes preguntas. ¿Cuántas personas en total suman las diez familias? ¿Cuántas de ellas trabaja? ¿Cuántas no trabajan? Anoten los resultados al final de cada columna.

La economía del cuidado se refiere a todas las actividades y prácticas necesarias para la supervivencia cotidiana de las personas en la sociedad en la que viven. Incluye tres grandes grupos de actividades. El primero se trata de las actividades del autocuidado, el cuidado directo de otras personas dependientes ya sea por su edad o capacidad (niños, ancianos, enfermos, etc.), y el cuidado de las personas que podrían autoproveérselo El segundo es la provisión de las precondiciones en que se realiza el cuidado, como la limpieza de la casa, el lavado y ordenado de la ropa y de las camas, la compra y la preparación de las comidas, etc. Y el tercero se refiere a la gestión del cuidado; es decir, tareas tales como la coordinación de horarios, la planificación de las actividades, los traslados a las escuelas y otras instituciones, entre otras. La lista de actividades del cuidado es larga y estoy seguro de que aquellas y aquellos que las realizan cotidianamente pueden completarla y ampliarla mucho más. ¡Cuánto trabajo! ¿No?

Vuelvan a su hoja con las tres columnas. Fíjense bien: ¿Incluyeron a las actividades de la economía del cuidado como trabajo? ¿Pensaron en las personas que las realizan como trabajadoras y trabajadores? No se aflijan, no sientan culpa. A todos y todas nos pasó lo mismo.

Según los datos preliminares de la encuesta sobre el trabajo no remunerativo y uso del tiempo del Indec del tercer trimestre de 2013, se dedican en promedio 5,3 horas diarias a las actividades domésticas. Las mujeres, informa la misma encuesta, dedican en promedio 3 horas diarias más que los hombres a estas actividades.

Dicho de otro modo, nos encontramos con una actividad (la actividad del cuidado) altamente feminizada, que a su vez no es visibilizada ni considerada por la sociedad como trabajo y, por lo tanto, a la que no se le otorga el valor, el estatus y muchos menos los derechos, que sí tienen aquellas actividades que consideramos como trabajo.

Su invisibilización como parte del trabajo socialmente necesario y la naturalización de las tareas del cuidado como preponderantemente femeninas se consigue a través del sostenimiento y construcción de un sentido común cotidiano inculcado durante los procesos socializadores primarios y secundarios. Dicho en criollo: la crianza de los padres, los medios de comunicación, los medios materiales y actividades (libros, cuentos, juguetes, juegos, deportes) y la escuela, sostienen estereotipos de género  que van construyendo roles diferenciados y aceptados como “normales” para los hombres y las mujeres. De este modo lo padres regalamos el “juego de la cocinita”, “el carrito de bebé” o el disfraz de “princesa” a nuestras hijas, y el “juego de química”, “los autos a control remoto” y “las armas” a nuestros hijos. Ya habrá tiempo para que la maestra le diga a Juancito “los chicos no lloran” y el profesor de Educación física le grite a Marcos en la cancha de vóley “¡Rematás como una nena!”, ante la silenciosa y naturalizante mirada de Julia y Josefina mientras esperan su turno para hacer gimnasia de “mujeres”.

No es necesario destacar, a esta altura del relato, los roles que las publicidades en particular y la televisión en general tienen reservado para el género femenino y el masculino, en donde la naturalización llega incluso  no sólo a una supuesta “condición natural para la crianza” de parte de las mujeres sino que también que la “naturaleza” las dotó mejor para realizar las tareas de limpieza del hogar.  De idéntico modo, el desprecio por  las actividades del cuidado puede verse también a través de instrumentos supuestamente técnicos o neutrales como son la contabilización del PIB (Producto Interno Bruto), es decir la riqueza (bienes y servicios) que se produce en un país durante un año, o en la medición del desempleo que realizan los institutos nacionales e internacionales de estadísticas. En la primera variable los trabajos de la economía del cuidado no son contabilizados y en el segundo, las personas que los realizan son tenidas en cuenta como población inactiva (al igual que los niños y los jubilados).

Cuando nombramos las cosas, esto es trabajo y esto no lo es, estamos realizando un acto de poder. Abrimos ciertas puertas al tiempo que cerramos otras. En los inicios del capitalismo, ante la irrupción de un nuevo actor social, los comerciantes, que llegaron para romper la “tranquilidad y el orden” de los terratenientes, se los llamó clase estéril mientras que los dueños de las tierras fueron denominados como clase productiva. Quien enuncia manda y quien manda enuncia.

Hace algunos años se viene incorporando en algunos países como cuenta satélite (por fuera del PIB) una valorización de los servicios prestados en las tareas de la economía del cuidado representando aproximadamente un 25% del Producto, es decir un cuarto de la riqueza generada en el año en cada país.

Más allá de dicha valoración monetaria, las tareas del cuidado tienen un vínculo funcional con los otros tres cuartos de riqueza. Imagínense ustedes que, por un día, todas las personas que se dedican a las actividades domesticas no remuneradas dejaran de hacerlo… ¿Qué sucedería? ¿Cuántos podrían ir a sus trabajos a producir riqueza si las que cuidasen de sus hijos e hijas no lo hiciesen? Y si en vez de un día, la ausencia de las personas que realizan las actividades del cuidado fuese de una semana o un mes… qué descalabro, ¿no?

Las tareas del cuidado no remuneradas cumplen una función esencial en el sistema capitalista: la reproducción de la fuerza de trabajo. Sin este trabajo cotidiano que permite que el capital disponga todos los días de trabajadoras y trabajadores en condiciones de emplearse, el sistema simplemente no podría reproducirse. Al integrar el trabajo del cuidado no remunerado al análisis económico podemos ver como dichas actividades, realizadas preponderantemente por mujeres, constituye, como señala Corina Rodríguez Enriquez, un subsidio a la tasa de ganancia y a la acumulación del capital.

Las mujeres que en los últimos años han podido incorporarse al mercado de trabajo no lo hicieron en igualdad de condiciones que los varones. No ocupan puestos directivos en forma equitativa y no perciben los mismos salarios que los varones por el mismo trabajo. Incluso, como hemos visto, realizan un doble trabajo, siendo explotadas dentro y fuera del hogar.

Es hora de tomar la goma de borrar y reescribir los datos de esa tercera columna, ¿no les parece?

Los derechos se conquistan, se arrancan de quienes tienen privilegios porque justamente la existencia de privilegios implica la negación de un derecho.

La lucha por la equidad de género, lucha que es de todas y todos, se libra en las grandes batallas y en las cotidianas. Por más pequeño que sea el espacio de poder, debemos ocuparlo, porque de lo contrario, no queda vacío: lo ocupa el poder mayor.

*Docente. Integrante del Colectivo Educativo Manuel Ugarte (CEMU). Contacto:fliaandujar@gmail.com