¿El vecino se está despertando?

¿El vecino se está despertando?

Manifestantes llenan las calles de Rio de Janeiro.

Por Dafne Melo y Silvia Adoue. Ya no es sólo en San Pablo. Este lunes miles de brasileños salieron a las calles en las principales ciudades del país. Son las mayores manifestaciones desde la lucha por elecciones directas en la década de 1980.

Brasilia, Belém, Salvador, Curitiba, Belo Horizonte, Vitoria, Porto Alegre, Rio de Janeiro y San Pablo. Éstas últimas, con estimaciones de 100 mil personas en la calle según los organizadores. Para muchos, la mayoría jóvenes, algo nunca visto. Desde la primera mitad de la década de 1980 no se veían en Brasil manifestaciones de esas proporciones.

Las movilizaciones empezaron hace menos de un mes. Motivadas por el aumento del boleto de colectivo en diversas ciudades brasileñas fueron tomando aliento. A cada manifestación, más represión y también más gente. Al aumento del pasaje se sumó la bronca por el inicio de la Copa de las Confederaciones, con protestas afuera de los estadios. Pero, una mirada más atenta, nos muestra que hace ya algunos meses que la población brasileña viene dando muestras de que el actual modelo no resuelve sus problemas.   

En una escena de la película “Queimada”, de Gillo Pontecorvo, el agente inglés William Walker, protagonizado por Marlon Brando, dice: “A veces, las contradicciones de todo un siglo se revelan en sólo diez años”. Parafraseando al personaje, podemos decir que, en Brasil, las contradicciones de los últimos 15 años pueden estar revelándose en la última semana.

Antecedentes

El año pasado, los indígenas hicieron gestos contundentes de insatisfacción. Algunos, enfrentando las grandes obras de infraestructura, como las del complejo hidroeléctrico de Belo Monte, en la región norte, o la expansión de la frontera del agronegocio, que afectan su territorio.

Contra las previsiones que veían en esa lucha las reivindicaciones particulares de un segmento del pueblo brasileño, los trabajadores de las obras de Belo Monte acogieron la ocupación indígena contra la construcción de la hidroeléctrica. Esos mismos trabajadores habían hecho huelga poco tiempo antes, por salarios y mejores condiciones de trabajo. Aun sin una pauta común y aparentemente con intereses corporativos desencontrados, el olfato de los trabajadores de Belo Monte les hizo reconocer, en los indígenas, a sus hermanos. Ese fue el primer indicio.

En los Estados de Mato Grosso do Sul, Mato Grosso, Río Grande do Sul y Paraná, durante el último mes, los indígenas enfrentaron, con cortes de ruta y ocupaciones de tierras, el retroceso en las políticas de reconocimiento y demarcación de sus territorios que el gobierno nacional promovió bajo presión del agronegocio. Y enfrentaron la represión policial y la acción de pistoleros que se llevó la vida de dos indígenas en Mato Grosso do Sul: un terena y un guaraní-kaiowá. En este Estado, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, las comunidades rurales descendientes de esclavos y otros movimientos del campo marcharon junto con los indígenas durante tres días, organizados en la articulación Povos da Terra, reivindicando la tierra para vivir y trabajar. Ese fue el segundo indicio.

La rebelión contra el aumento del pasaje

El aumento de las tarifas de transporte en la mayoría de las ciudades alimentó un movimiento juvenil por el boleto gratuito. Durante los primeros meses del año hubo movilizaciones masivas que, en algunos casos, tuvieron éxito en impedir el aumento en algunas ciudades, como en Porto Alegre y Goiânia. Quedó la experiencia: la lucha da sus frutos. Pero fue durante la semana pasada que las movilizaciones contra el aumento del transporte urbano se transformaron en un centro político nacional.

Si en la primera movilización hubo represión y los jóvenes, aun así, hicieron una segunda mucho más numerosa, el Estado duplicó la represión y las movilizaciones se masificaron aun más, se extendieron por todo el país y, contra toda la propaganda de los grandes medios de comunicación, las encuestas revelaron que la mayoría de la población apoyaba el movimiento. De nada sirvieron las campañas contra “el vandalismo”. Ese fue el tercer indicio.

En la última manifestación en Belo Horizonte no hubo represión, porque la coronel (sí, la coronel) de la policía militar se negó a cumplir la orden judicial que la exigía. Hizo valer la Constitución del país, que permite las manifestaciones, sobre la decisión de los jueces. Este es un cuarto indicio, aunque esto pueda ser por razones vinculadas a la política electoral.

El Brasil de la Copa

Si las recientes huelgas de los maestros fueron reprimidas duramente y el salario de los docentes llegó a ser reducido un mes atrás en el Estado de Ceará, eso contrasta con las generosas inversiones del Estado en las obras de infraestructura para la Copa de las Confederaciones y el Mundial. Estas obras, junto con la avidez por áreas para especulación inmobiliaria asociada al evento, provocaron el desalojo de miles de familias trabajadoras.

Grandes inversiones del Estado que sólo favorecieron a las grandes empresas constructoras, pero también crearon un marco para negocios inmobiliarios de las mismas. La advertencia de una “suspensión” de ciertas garantías democráticas durante el campeonato no tuvo efecto. Los vecinos perjudicados por las obras, tanto por lo que afectaron sus condiciones de habitación como por la orientación de recursos del Estado para favorecer el turismo, retirando presupuesto de los servicios de salud y educación, se movilizaron durante los partidos de la Copa de las Confederaciones con diferentes grados de organización en Brasilia, San Pablo y Río de Janeiro. Ese es el quinto indicio.

¿Indicios de qué? Indicios de agotamiento de un período de descenso de las luchas en Brasil. Indicios de rechazo activo al modelo “neodesarrollista” por parte de las clases trabajadoras. Indicios no sólo de la necesidad, sino también de la posibilidad de una nueva articulación de las luchas contra la expansión del capital. Una nueva alianza que atienda a la reconfiguración operada en las clases trabajadoras por el modelo de expansión del capital. De una acción directa continua que, por su persistencia en el enfrentamiento, masifique y arranque, en la lucha, conquistas reales. Por eso ven importante derribar el aumento del pasaje.

No sólo porque los precios del transporte son sufridos por todos los sectores populares, aunque los sectores precarizados sean los más vulnerables. Es porque esta lucha ha sido una posibilidad de reconocimiento y complicidad dentro de las clases trabajadoras para peleas más osadas, con pautas comunes y por un proyecto de país que gire en torno de los intereses de la vida y no de los lucros del gran capital.

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