En el ojo del huracán: represión en el ENM

Fotos y texto por Nadia Sur

Soy fotógrafa y al igual que miles de mujeres, yo estuve ahí. Ahí en el 30 ENM y, como otras tantas, ahí, en medio de la represión. Intento recordar los hechos de manera ordenada y no puedo. La violencia, la indignación y el dolor inundaron mi cabeza, desordenando todo desde el momento en el  que la policía empezó a dispararles a las mujeres.

Como lo tenía planeado, empecé a tomar las fotos de adelante hacia atrás, arrancando por la comisión organizadora y pasando por todas las agrupaciones. A lo largo de las cuadras fui caminando (corriendo) para no perder nada de material fotográfico.. Un gesto, un grito, una pintada, una bandera, una cantidad impresionante de mujeres… todo lo fui encontrando y fotografiando. De tanto en tanto volvía con mis compañeras del FPDS, entre quienes estaban mi mamá, mi tía, mi hermana y mi sobrina, para ir contando lo que veía más adelante.

Pero lo que no pude anticipar fue lo que vino después. Me encontré llegando a la catedral de Mar del Plata minutos antes que avanzara la marcha ya desdoblada, y ahora encabezada por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Lo primero que vi es un grupo de hombres en la entrada al edificio, alineados “protegiendo su templo”; uno de los paños de la reja derribado y un grupo de mujeres proclamando diversas consignas. También vi a la policía en un costado. Mi primera reacción fue ubicarme donde pudiera registrar la entrada del grueso de mujeres que aún estaba a media cuadra. Me apuré para treparme a la reja de la catedral y me senté en lo más alto y lo más cerca, justo en la entrada.

Estaba contenta: tenía una visión privilegiada. Llegué a tomar unas 30 fotos, entre las que se encuentra la de esta nota, pero, paradojas de la vida, me quedé sin batería en la cámara. A esa altura ya no podía bajarme de la reja, había mucha gente y el clima se estaba enardeciendo cada vez más, así que me quedé observando lo que pasaba: miles de mujeres gritando por sus derechos, reclamando la complicidad de la iglesia por las violencias ejercidas contra nosotras durante tantos y tantos años.

Para ser sincera lo primero que me puso un poco tensa fue ver a un hombre de civil con un arma y que escondía  detrás de sus piernas.  De golpe, gritos, pintura  y botellas que volaban. Los hombres que estaban ahí apostados (entre los que estaba Carlos Pampillón) dejaron lugar a la infantería. Vi volar más cosas para ambos lados. Un pequeño fuego que  se encendió con unos cartones.

Hubo unos segundos en los que no entendí qué pasaba, donde no me di cuenta de que esos ruidos eran balas de goma.

Cuando tomé conciencia de lo vulnerable de mi posición ahí arriba, sentada, dudé unos segundos en si tirarme o no, no quería lastimar a nadie, ni golpearme en la caída. No pude aguantar más: el miedo que sentí me obligó a arrojarme de esa altura y caer sobre alguien.

Minutos después me encontraría con dos colegas y tendríamos que seguir alejándonos porque los gases lacrimógenos empezaron a hacer efecto en nuestros cuerpos. Lo que siguió es más confuso en mis recuerdos. Corridas, más balas de goma, más gases. No entraba en mi cabeza lo que estaba pasando, y me empecé a desesperar por reencontrarme con mis compañeras y mi familia. Minutos más tarde pude atravesar esa plaza donde seguían disparando las balas de goma y unas cuadras mas adelante me encontré con las mías, con un nudo en la garganta y los ojos mojados entre los gases y las lágrimas de preocupación e indignación.

Podría seguir el relato con lo que siguió esa noche, la desesperación por encontrar a las compañeras perdidas en ese momento, la incertidumbre de los rumores luego confirmados de que había detenidas dentro de la catedral, pero hasta acá llegan mis recuerdos en relación con lo que viví para tomar esta foto.

Al día siguiente, ya cada una de nosotras emprendiendo el regreso, aún dolidas por tanta violencia me llegó este mensaje de mi mamá: “Hoy tengo una bronca, que ni en pedo nos van a callar”.