Espacio aparte

Espacio aparte

Por Juan Guinot. El escritor de Mercedes recorre en esta reseña ficcionalizada los mundos literarios de dos narradores argentinos. Hoy: visita al planeta doble Los zumitas (Federico Jeanmaire) y El silencio del río (Juan Martín Guastavino), de Editorial Outsider.

Maestro, usted me ha enseñado las virtudes de viajar por el espacio, conocer planetas, prepararme para la aventura y nunca reprimir mi capacidad de asombro. Por haber alimentado mi espíritu con sus enseñanzas, fue que al encontrar en el mapa cósmico un planeta llamado “Los zumitas/El silencio del río” no dudé un instante en marcar las coordenadas a la nave para adentrarme en el Sistema Outsider. Algo, adentro mío, me decía que debía ir al encuentro del cuerpo celeste de doble nombre. Y no falló esa intuición (que usted me enseñó a desarrollar) porque al quedar mi nave de frente al objetivo, circunvalé dos órbitas y comprobé que era aquel planeta la unión de dos mundos en uno. El meridiano que sutilmente separaba uno del otro, los convertía en dos hemisferios claramente diferenciados por su paleta cromática. Sobre uno predominaban los azules y verdes de la superficie, veteados por el blanco suspendido de las nubes. En el otro dominaban los amarillos, marrones y, a diferencia del anterior, no había nubes. Ambos hemisferios, o mejor decir, el planeta entero guardaba un aspecto geomorfológico común: llanura. En ese cuerpo celeste no existían montañas, montes o serranías.
Indiqué a la nave la acción de aterrizaje e ingresé a la atmósfera del hemisferio de color amarillo y marrón. La gravedad tomó el control de mi nave y la potencia de los motores estabilizaron un vuelo agradable, cosa que me provocó un gran estado de placer (sabe Maestro de mis temores a los sacudones y turbulencias en vuelo). Sobrevolé sobre la planicie desértica hasta visualizar una urbanización constituida por edificaciones de una sola planta y paredes arcillosas. Descendí no muy lejos de una muralla. Al pisar la arena, el calor me agobió. El Regente del sistema, no daba tregua con sus rayos. 

Luego de una corta caminata, ingresé a la urbe y me acerqué a un grupo de pobladores. Tras un breve coloquio, comprendí que estaba en el hemisferio del planeta llamado “Los zumitas”. Maestro, quiero hacer un alto en mi reporte para aclararle algo: como usted viaja tras mis huellas cósmicas, no me extralimitaré en narrar detalles de un lugar del que estoy seguro gozará con su propio viaje. Tan solo le anticiparé que esta civilización es atea, pero transpira espiritualidad. Que seguro le preguntarán por las montañas y le contarán sueños extraordinarios de altas cumbres que nunca vieron (ni verán). También le preguntarán por el mar, al que aman profundamente, pero que no conocen y deben imaginar. Y que, por ese sentimiento inspirado por el mar, infieren que el amor es un sentimiento inexplicable. Es este mundo muy acogedor, de palabras simples y significados profundos. Al visitar a los zumitas conocerá su arte, las relaciones de familia, el sistema de organización, qué piensan de la guerra, el llanto y el Apocalipsis. Como le he dicho, no avanzaré más en mi informe, no quiero privarle de la sorpresa de su propia experiencia. Solo me tomo el atrevimiento de darle una recomendación: intente coincidir su llegada a Los zumitas con el día anual de la contemplación de los pájaros (el “azíqur”). Los festejos de esa jornada terminan en un fuego crepuscular del que surgirán crocantes manjares alados.

Para emprender la segunda parte de mi viaje sobre este planeta compuesto por dos mundos, tomé contacto con la estratósfera y, en cuestión de horas, estaba sobrevolando el segundo hemisferio: “El silencio del río”. Al emprender el aterrizaje, Maestro, la aparición de nubes me puso en aprieto. Por suerte fueron espasmódico sacudones y en segundos volaba sobre un terreno brotado en mil gamas de verdes, trazado por cursos de agua que recortaban a la tierra en un centenar de islotes. Estaba sobre un delta gigante.

Elegí una isla para aterrizar. Al dejar la escotilla, pisé un suelo cenagoso sobre los que volaban nubes de mosquitos. El ambiente húmedo impregnó de gotitas mi traje y mi nariz fue inundada por un perfume combinado de musgos y peces muy típico de los estuarios de nuestra Tierra. A los pocos pasos de andar por esa isla, una capa de nubes cubrió al Regente e irrumpió una cortina pluvial. Sopesando la dificultad de avanzar con mis botas sobre el barro, llegué a un embarcadero donde había amarrado un bote. Desde el embarcadero nacía un camino que se perdía entre árboles y pastizales. Atravesé la vegetación y me encontré con una casa de madera, techo a dos aguas. Flexioné mis rodillas para esconderme detrás de un cañaveral. Dentro de la casa había movimiento. A través de una ventana observé a una señora limpiando zapatillas. Fuera de la vivienda, debajo de un alero, había un niño haciendo ataditos de flores. En la parte trasera de la casa, medio escondido, asomada la figura de un señor pitando un cigarro. Desde la casa, el vozarrón de un muchacho le dijo al niño que juntar flores era de nenas. La mujer dejó de lavar las zapatillas, le dijo al muchacho que no moleste al niño y, como si lo viera a través de las paredes, le ordenó al que estaba fumando que tire el cigarrillo. El hombre pisó el cigarro y encaró para la galería. Debajo del alero, pasó cerca del niño, le tocó la cabeza y, juntos, ingresan a la casa.

Aguardé unos minutos. Entenderá Maestro mi proceder, usted me enseñó a disfrutar la realidad con la contemplación. Y, créame, que siguiendo su consejo es que pude entrar a este mundo sin tomar contacto con los nativos. Y, para no anticiparle lo que ya verá con sus propios ojos, solo le quiero indicar algo que me llenó de misterio y que provocó mi gran interés por quedarme unos días en El silencio del río: cuando ese grupo, que supuse era una familia, ingresó a la casa, me acerqué sigilosamente a la ventana y me puse de perfil a uno de los postigos abiertos. El niño, el que juntaba los ramos de flores, aguardaba a que la mujer le sirviera una infusión en una taza y le acercara pan tostado, pero en lugar de atender lo que sería su ingesta recién servida, miraba fijo a una pared. Seguí su mirada y dí con un cuadro, una obra de arte de la que solo pude ver una firma: B. Alonso. Maestro, fue por esa mirada intrigante del niño frente al cuadro que me quedé en esa isla. Espero que en su visita usted sepa disfrutar de ese lugar, de sus misterios, de la mirada de ese niño. Detengo mi informe acá, no le contaré más. Solo permítame que le diga que aquí entenderá la vida en la metáfora del delta, donde el río pasa y deja sedimentos en las islas.
Le deseo feliz viaje, su discípulo.

Mundos paralelos: Los zumitas, de Federico Jeanmaire, me hizo recordar a los planetas Runa de Fogwill y Plop de Federico Pinedo (ambos del Sistema Interzona) y El silencio del río, de Juan Martín Guatavino, me conectó con mi visita al planeta Una chica de provincia de Selva Almada (Sistema Gárgola).