España y el peligro de la derecha agazapada: ¿Quién nos ha robado el mes de abril?

En épocas de pandemia mundial, las derechas intentan ganar sus lugares perdidos y atacan como parásitos toda acción de los gobiernos electos. España no es la excepción y así lo cuenta la cronista, para pensar el futuro en voz alta.

Por María García Yeregui |Foto de Olmo Calvo Rodríguez

Con la evocación de la canción de Joaquín Sabina, “Quién me ha robado el mes de abril”, resonando en la mente; es decir, después de toparnos con la sensación de un abril “robado” frente al virus –como consecuencia de la necesidad de salvar vidas con los mimbres que teníamos y tenemos en nuestros sistemas de salud pública “recortados” y las condiciones objetivas de funcionamiento sistémico–, si miramos a nivel mundial, aún nos encontramos en medio de la pandemia. Y además, estamos en la antesala de la recesión global: esa coyuntura en la que estaremos abocadas a pugnar colectivamente por los derechos civiles, sociales y humanos que construimos.

Contexto y correlación de fuerzas mediante, lo haremos frente a la distopía de un leviatán tecnológico de las corporaciones –ya presente, y al servicio del espionaje geopolítico de las cloacas del Estado como nos demostró, entre otros, Snowden hace siete años–. Ahora ya sistematizado y normalizado, tanto desde arriba, por los Estados asiáticos de diferente cuño, como desde abajo, por los individuos que, acompañados de la emoción del miedo, parecen dispuestos a aceptarlo en nombre de la seguridad debido a su eficacia –esa noción de eficacia ya usada, paradójicamente, para “razonar” y legitimar la supuestamente conveniente privatización de la sanidad, como nos recuerda Noam Chomsky–.

Lo haremos frente a los ajustes y las deudas, en su relación recíproca para el beneficio de la reproducción de acumulación de capital. Es decir, frente a un sistema basado en el crecimiento -PBI- competitivo, globalizado, desigual según el centro-periferia, explotador e infinito; basado en el consumo sin fin, en la especulación ilimitada, en la cosificación y mercantilización expansiva de la vida; en la explotación de los cuerpos y del tiempo. Un modo de producción basado en una depredación constante que nos depaupera hasta desarmarnos, como demuestra este momento, ante la emergencia climática que produce, también, “esa normalidad”.

Con Estados Unidos como epicentro de la pandemia a lo largo del pasado mes, Trump desplegaba tanto su racismo como su imperialismo, mientras declaraba la opción delirante de inyectarse desinfectantes contra el Covid-19. Todo, después de haberla encarado inicialmente, como su homólogo británico, a través de una suerte de darwinismo social con raíz protestante –intrincado en las lógicas del liberalismo más individualista y, después, en la doctrina neoliberal–.

Mientras, en Brasil, Bolsonaro agudizaba la crisis gubernamental abierta dentro de la derecha brasilera de la mano de su megalomanía. No aceptaba su desplazamiento por parte de la propia institucionalidad conservadora de militares y jueces que lo habilitó. Por tanto, los mismos sectores presentes en el entramado gubernamental, del que él era cabeza visible, para representar y materializar los intereses de las oligarquías del país. En dicho caso, el miedo parece volver a hacerse presente: en un país con población empobrecida por millones, viviendo en favelas, con armas en circulación y una militarización policial y parapolicial intermitente, la evidencia despiadada de cómo funciona la estructura sistémica de clase en medio de la propagación del virus está dentro del foco de ese miedo. La posición de Bolsonaro frente al virus –con la misma legitimación, esta vez evangelista– a favor de seguir con la rueda económica sin parones, implicaba la evidencia despiadada para las masas de una verdad que ya funciona en la “normalidad”: quien tiene plata está seguro de ser atendido por la sanidad privada sin colapsos ni escaseces –los elegidos–, el resto de la población pondrá los muertos que el Covid-19 suponga. Ante la descarnada evidencia, el miedo estructural de las clases propietarias a una reacción y una inseguridad indeseada, tras haber conseguido el control institucional del poder, operan en la historia una vez más.

Una España sin ritos

Cruzando el charco, al sur del viejo continente, concretamente en España, estamos frente a una estrategia de presión de las derechas contra el gobierno de coalición progresista. Utilizan el hecho de haber sido el país con las cifras de fallecidos más altas durante semanas –si contamos la diferencia de días existentes con respecto a la expansión epidémica descontrolada en comparación a Italia–, aunque de hecho ya ha sido superado, precisamente en el último día del abril que se fue, por Gran Bretaña. En el país ibérico han fallecido 25.857 personas (según datos del miércoles 6 de mayo) en soledad y aislamiento. Sin velatorios. Sus familias tuvieron que ser privadas, por las condiciones de contagio del nuevo coronavirus, de los ritos funerarios del duelo, como parte del protocolo de contención de la transmisión en medio del crecimiento exponencial del contagio. Por uno de los estudios que se está haciendo sobre las y los fallecidos en residencias de ancianos por encima de la media y síntomas que podrían indicar la infección vírica, los cálculos son de alrededor de otras 7 mil personas mayores más que nos han dejado como consecuencia del brote vírico en estos dos meses.

Un abril duro y dramático. Un abril que se cerraba también, mientras se escuchaban las declaraciones infames de Vox y del Partido Popular, con el recuerdo en la memoria de la liberación del campo de concentración, tortura y exterminio nazi de Ravensbruck, caracterizado por ser principalmente de mujeres, siendo la mayoría prisioneras políticas, 75 años después –el mismo día del aniversario de la ronda de las madres en 1977–. Y este miércoles 5 de mayo, la liberación de Mauthausen, cuando hacía 44 años desde la desaparición de Haroldo Conti.

Este pasado abril “robado” por las necesidades impuestas por las condiciones estructurales en las que vivimos, las mentalidades y los intereses para organizarnos frente una pandemia en este mundo globalizado, hacía esos mismos 75 años transcurridos desde la liberación italiana de la ocupación nazi y el fascismo. Nuestros 25 de abril en los que, además del Bella Ciao partisano, cantamos el Grandola vila morena de la revolución de los claveles, desde el sur europeo que reconoce sus victorias de liberación frente a sus propios reaccionarios.

No obstante, en España, en cada abril oímos los cantos de una victoria en las urnas –con el himno republicano de Riego– que fue transformada en derrota con la guerra civil, desatada tras un golpe de Estado militar, con apoyo civil y exterior del nazismo, parcialmente fracasado. Así escuchamos en la memoria, el estruendo del crimen de guerra nazi en el aniversario del bombardeo de Guernica. Siempre son abriles cargados de memoria que antes del primero de mayo, sin calles este año, anuncia la posibilidad de escuchar la Internacional por el aniversario de la legalización del partido hegemónico en la lucha antifranquista, el PCE. Precisamente el 9 de abril de este año, mientras la Unión Europea acordaba un fondo de 540 mil millones de euros, muy lejos de la mutualidad de la deuda, en España se volvía a escuchar de nuevo un canto a la legitimidad de la que disfruta la transición lampedusiana (que todo cambiara para que nada cambiase, tal y como nos lo enseñó Lampedusa en El Gatopardo) de la mano del presidente del gobierno. En el debate parlamentario que prorrogaba por segunda vez el Estado de Alarma, Pedro Sánchez aludía a unos nuevo Pactos de la Moncloa para pedir unidad por la necesidad de un acuerdo de reconstrucción nacional.

Ni la alusión a la memoria oficial sobre la reforma pactada que caracterizó la transición española, lo cual apela directamente al PP –la fuerza política de gobierno de la derecha españolista que siempre encumbra el proceso transicional, pareciera que en un intento de patrimonializarla también–, movió un ápice la grosera dirección estratégica que se ha marcado la cúpula actual del partido, encabezado por Pablo Casado. Una estrategia hacia la destitución del actual gobierno, compuesto en función del resultado de la repetición electoral del pasado 10 de noviembre. Una estrategia agudizada por el contexto de algunos errores del Ejecutivo.

Diferencias con el país vecino –Portugal– aparte, lo que en Argentina se llama “la grieta”, en España implica la referencia, aparentemente explicativa, de una supuesta “naturaleza cainita” –en alusión y conexión directa con los relatos que han quedado como explicación hegemónica de la última guerra civil, combinados con una consciencia de excepcionalidad construida muy acentuada, que por complejo de inferioridad respecto a las ideas también hegemónicas de Europa y el mundo occidental “desarrollado plenamente” se tornan ciegamente autorreferenciales–. Y así, una vez más en estas décadas, en la coyuntura de este punto de inflexión histórico a nivel mundial, hemos escuchado por estos lares el retorno de esa explicación en los discursos emitidos por los grupos de comunicación dominantes entre los imaginarios progresistas del país. Discursos emitidos sobre la herencia de una visión asentada en las generaciones anteriores, cuya hegemonía nunca se ha visto puesta realmente en dificultades. Unos mass media progresistas que apuntan a un gobierno de unidad nacional con el PSOE en el centro de nuevo, como partido de régimen. No apuestan por tanto tampoco por la coalición progresista que gobierna ahora con la presencia de Unidas Podemos en el Ejecutivo. Así las cosas, con el comienzo de la planificación de la llamada desescalada, la estrategia de las derechas –Vox y PP–, presente en discursos difamatorios respecto a la celebración del 8M desde el día 9 de marzo en el que se sobrepasaron los mil afectados y las bolsas internacionales abrieron en negro, se ha profundizado.

El día de la profundización de la estrategia no es otro que pasado 28 de abril. Una fecha que nos retrotrae en España a un año atrás. Hacía un año desde las primeras elecciones en las que la extrema derecha con partido propio, es decir, desvinculada del Partido Popular, reentraba en el Congreso del país desde principios de los 80s. Las del 28A, las del último abril de la década pasada, fueron las primeras elecciones generales convocadas después de que esa ultraderecha hubiera ya entrado en las instituciones, a través del gobierno de Andalucía, debido al acuerdo firmado con Vox que aseguraba su apoyo a la coalición de gobierno de esa comunidad autónoma entre las dos fuerzas que entonces pugnaban por la hegemonía de la derecha españolista. Fueron los primeros comicios en los que el PSOE resultaba ser el partido más votado después de la crisis de 2008. Y las primeras en las que éste no podía gobernar sin el apoyo de los diputados de Unidas Podemos. Fueron las elecciones convocadas tras la crisis catalana de 2017 y el inicio del juicio a los acusados por el llamado Procés independentista. La primera llamada a las urnas a nivel nacional después de que ETA anunciara su autodisolución.

Pues bien, un año después, el de este comienzo de década en pleno impacto pandémico, Pedro Sánchez –el presidente del primer gobierno de coalición progresista de la historia reciente, desde la II República– anunciaba las cuatro fases del plan de desescalada. Lo hacía tras más de 40 días en confinamiento –con la libertad de movimiento estrictamente restringida–, habiendo superado las semanas de colapso en las ucis de los hospitales de Madrid y Catalunya, habiendo comenzado el descenso de la curva de contagio el 24 de abril –primer día en el que las cifras de la epidemia recogían más personas curadas que nuevos casos diagnosticados, incluso habiendo comenzado a sumar, no sin dificultades, los test rápidos para casos sin gravedad que transitaban la enfermedad sin ser contabilizados ante la escasez de test diagnósticos en una situación de dependencia productiva y un mercado internacional saturado–.

Pues bien, al día siguiente de este anuncio presidencial del plan de desescalada, en la sesión de control al gobierno en el Parlamento, acompañando al plan sistemático de emisión de bulos ‘Steve Bannon style’, siguieron las acusaciones al gobierno de haber ocultado deliberadamente las cifras reales de decesos –acusaciones de ocultación y engaño premeditado cuyo pistoletazo de salida tuvo lugar desde las marchas del 8M que se han convertido en el chivo expiatorio por excelencia de los sectores de la derecha social–. En sede parlamentaria asistimos al uso de los fallecidos en los geriátricos para engrosar una estrategia política que se lanza especialmente contra el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias. Concretamente, la diputada de Vox que tomó la palabra lo culpó de “dejar a miles de nuestros mayores encerrados y condenados a morir” por “fanatismo”, haciendo referencia a la “eutanasia” –un debate que se dio en la cámara antes de esta crisis y que ya entonces pudimos ver cómo un diputado del PP señalaba una supuesta intención eugenésica del gobierno “chavista, golpista y comunista”–.

Iglesias respondió haciendo mención al entramado de negocio de fondos buitres, grandes empresarios y corruptos en la gestión de las residencias privadas de ancianos del país. Cerró duro: “Ustedes son una formación de grandes nombres y poca vergüenza, no tienen más patria que su dinero. Ustedes ni siquiera son fascistas, son simplemente parásitos”. Más allá del problema del lenguaje en su reacción ante la acusación que sufrió de haber encerrado para que murieran solos y silenciados miles de ancianos, hagamos el ejercicio de traer a la mesa el conflicto –el juego de conflictos– que nos presentó magistralmente el director de cine, precisamente surcoreano, Bong Joon Ho, en la gran película del año pasado: Parásitos. Y que por pagos del Río de la Plata apuntaban nomás cantando Tabaré Cardozo y Canario Luna, usando ese otro significante, que también encontramos presente en el cine del 2019, esta vez en el francés de la mano de Ladj Ly, con el diálogo establecido entre el presente de los suburbios franceses y la gran obra de Víctor Hugo, Los miserables: “El tiempo me enseñó que la miseria es culpa de los hombres miserables”.

Pero volviendo a tierras españolas y en memoria de uno de los que se nos fue este pasado abril de epidemia y confinamiento, recuerdo a Luis Eduardo Aute –frente a estas extremas derechas y derechas extremas, de acá y de allá– cuando cantaba, en “La belleza”, acerca de los herederos noventeros de los yupis financieros de los 80s: “Míralos como reptiles al acecho de la presa, negociando en cada mesa maquillajes de ocasión; siguen todos los raíles que conduzcan a la cumbre, locos porque nos deslumbre su parásitaambición”.