Ficciones verdaderas

Ficciones verdaderas

Por Mariano Pacheco. Diario de una princesa montonera –110% Verdad es una apuesta audaz, que aborda desde el humor y la ironía un tema (“un temita”), que así como hace no tanto tiempo fue demonizado, hoy es sacralizado, monumentalizado, muchas veces, no sólo desde el Estado sino también desde los propios movimientos que luchan por Memoria, Verdad y Justicia.

Mariana Eva Pérez, su autora, se presenta a sí misma como una militante de Derechos Humanos -un tanto particular, es cierto-, que devino escritora sosteniendo las actualizaciones de su blog, que con el mismo título pasó a ser libro en 2012. Un diario público, una casa de palabras, un espacio virtual que se materializa en libro, con eso nos encontramos al abrir sus páginas. Una apuesta por alivianar el dolor de una herida social e individual de la que aún pueden distinguirse las marcas. Una apuesta estético-política cargada a 220% de ironía.  

Escritora y dramaturga (escribió buena parte de los guiones de Teatro por la Identidad), Mariana Pérez es militante de HIJOS y también académica (licenciada en Ciencia Política por la UBA, actualmente cursa en la Universidad de Constanza, Alemania, un posgrado sobre “Narrativas del Terror y la Desaparición”). Aunque en estas páginas no hay nada que huela a ese tufillo típico de los trabajos académicos, sí puede decirse que -tal como la autora pide en el libro- “San Michel Foucault, Santo Friedrich Nietzsche y San Walter Benjamin”, le han concedido “el milagro de iluminarla con un rayo de originalidad” y la han protegido “de la mala prosa y el positivismo de las ciencias sociales”.

Hija de Paty y José (militantes montoneros desaparecidos durante la última dictadura), nieta de Rosa Roisinblit (vicepresidenta de Abuelas), Pérez cuestiona todos y cada uno de los lugares comunes de los militantes y académicos. Se refiere a los HIJOS como “hijis”, un “ghetto” integrado por esa “minoría muy privilegiada, urbana, educada, politizada, psicoanalizada” y hasta se ríe de los nombres de los hijos de desaparecidos, incluyendo el suyo: “Las princesas guerrilleras nos llamamos todas igual: Victoria, Clarisa, María, Eva, Eva María. Hay nombres muy montos aunque sin referencia a ninguna mártir: Paula, Daniela, Mariana, Lucía o Lucila, Julia o Juliana. Las niñas perras serán Clarisa aunque también Victoria… También está el clásico recurso de ponerle a la niña el nombre de guerra de la madre o pasar a femenino el nombre del padre: festín y seguro de retiro para nuestros psicoanalistas”.

Así, a lo largo de las páginas del libro aparecen, una y otra vez, referencias descarnadas a sus compañeros de ruta, en las que casi siempre está incluida. Y lo hace desde el humor. Se refiere a la “Camiseta por el Juicio y el Castigo” como una remera sexista, que no piensa ponerse, al menos hasta que hagan un “modelo entallado”, porque -remarca- “a las que no tenemos lolas  nos queda especialmente mal”. Y menciona cosas feas que le han dicho, subrayando que “no se le dicen esas cosas a una huérfana”, pero también cuenta de sus bailes en una terraza de San Telmo, donde choripán y vino de por medio, “casi todos huérfanos” -dice- “bailamos”. Como parte del ghetto -nos cuenta Pérez- toda HIJA se siente fan del pasado (nos gustan los mercados de pulgas y los remates”), y siente a veces ese “subidón militonto”. Por supuesto, también están los “militontos full time”, que están en las villas con los chicos, intervienen en las luchas de derechos humanos (la “escena derochohumanística”) y hasta cuidan de perros abandonados. Ella, según cuenta, era en un momento la más joven y gozaba con ese papel de “militonta precoz” que siempre le sentó muy bien. Cuando se encuentran, como cualquier otra tribu urbana, los HIJOS también tienen un saludo “oficial”: “abrazo prolongado, sobamiento de la espalda, la hiji mujer le apoya un poco las tetas al hiji varón pero no pasa nada porque somos todos como hermanos”. Aunque, por supuesto, toda hija “fantasea dormir con un hiji”.

Si hay algo que este libro no es, es justamente “políticamente correcto”. Y allí radica justamente su potencia narrativa. Es como esos “cross a la mandíbula” que le gustaban tanto a Roberto Arlt. “Mandá temita al 2020 y participá de fabulosos sorteos. Una semana con la Princesa Montonera. Ganá y acompañala durante siete días en el programa que cambió el verano: ¡El show del temita! El reality de todos y todas”, escribe en el Diario…, dando un poco cuenta de cómo “el temita este de los desaparecidos” puede, como tantas otras cosas, ser incorporado al mundo tal cual es, sin ser un elemento perturbador. Un tema que en su caso, de todos modos, la implica de cuerpo entero. ¿Será por eso que en la “lista de la felicidad china” (donde aparece desde emborracharse hasta casarse o comerse un cerdo), escribir sobre el temita no figura? ¿Será por eso, también, que tiene que haber siempre un porrito o una cerveza de por medio? Parece que sí, porque según relata, sino del todo lúcidos con el temita no se puede”.

Un humor que a veces, es cierto, deviene en sarcasmo. “Jota no le festeja el chiste. La envuelve en un abrazo interminable… Ella suspira e intenta zafarse, él se las ingenia para seguir abrazándola y además acariciarle el corazón”, relata la autora en una escena que tiene a la ESMA como escenario y a ella (no en tanto Mariana Pérez sino en tanto Princesa Montonera) como protagonista. Y remata: “Jota aprovecha y le toca el culo. Ella es feliz. En la escalera que va de Capucha a Capuchita”. Y en otro pasaje: “Hubo un error en los análisis genéticos y Gustavo no es mi hermano. Sí un niño desaparecido, pero me lo asignaron por error… Como en el sueño soy una militonta veinteañera inclaudicable, aunque no sea mi hermano lo acompaño en el complejo  proceso de Asumir Su identidat. No hace mucho que sabe que es hiji y parecía conforme con -o resignado a- ser mi hermano”.

De este modo, Mariana Pérez muestra -y esa es una de las claves del libro- que sí, que sí se puede escribir con humor acerca del horror. Pérez ironiza. Cuestiona las “delicias de la Disneylandia de los Derechos Humanos”. Por ejemplo, las campañas publicitarias en la televisión. Esas que “activan un nuevo cholulismo”, que insistan a la audiencia “a formar parte del reality show por la identidad”.  Y eso muchos no se lo perdonan. Pero el humor, la risa, alivianan. La ironía le saca un poco de peso al dolor. En este sentido, es de vital importancia recordar aquello que Nietzsche señala en Así habló Zaratustra: que es con la risa con lo que Zaratustra enfrenta a su gran enemigo, “el espíritu de la pesadez”, ese demonio serio, grave, profundo, solemne, que hace caer a todas las cosas.

“Para alivianarse hay que fabular, ironizar, reírse”, sostiene Verónica Gago en un trabajo reciente, titulado “Variaciones políticas de la memoria en la Argentina”. Allí Gago destaca que hay veces en que se hace necesario inventarse un seudónimo para conjurar la portación del peso del pasado, del apellido, de esa denominación de “hijo/a de desaparecido/a”. En este caso, el nombre de guerra (acorde con ciertos aires posmodernos), fue el de Princesa Montonera, la gran protagonista de esta historia.

Podría achacarse que con estos temas no se ironiza, que no hay nada en ellos de los que uno se pueda reír. Sin embargo, quisiera destacar que fue una de las propias protagonistas de la experiencia concentracionaria quien dedica un brillante libro suyo (Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina), a su querida amiga Lila Pastoriza, “experta en el arte de encontrar resquicios y de disparar sobre el poder con dos armas de altísima capacidad de fuego: la risa y la burla”. De este modo, Pilar Calveiro coincide con Pérez (por su puesto, cada una a su manera, y más allá de las obvias diferencias en los tiempos históricos y en marcas sobre los cuerpos que esas experiencias implicaron), coincide -decía- en el hecho de rescatar la risa como un elemento potente no solo a la hora de narrar una experiencia traumática, sino también de intentar pensarla.

“Si no existe la posibilidad de reírse de eso -de la cosa lastimera, de la victimización-, es demasiado pesado”, sostuvo Mariana Pérez en una entrevista que le realizaron apenas salió el libro. Con esa irreverencia y humor negro, haciéndose cargo de la incorrección política que recorre las páginas en las cuales aparecen estos relatos fugaces, testimonios, imágenes, sueños, pesadillas, lecturas, sensaciones, fantasías y micro-ficciones, aparece fuertemente una crítica filosa del presente: se cuestiona la figura del obsecuente, de aquel que aplaude todo porque se supone que todo lo referido al “temita” merece ser aplaudido. Esos “operadores profesionales”, “canallas” que han “devenido tristes fotocopias del militante político”, que hasta “aparatean los velorios”.

También es una crítica del presente en tanto que señala las responsabilidades civiles. Entre ellas, algunas de las que nadie habla: la de los que, tres décadas después de haber guardado silencio, hablan y pretenden encima que se los premie o se los trate como a héroes. Esa “denunciante”, que “le dio la teta y le ocultó su historia durante veintiún años, me parece más perversa que Videla”, sentencia Mariana, que en octubre de 1977 -quince meses después de su nacimiento- fue secuestrada junto con su madre embarazada, quien dio a luz en la ESMA a un varón que fue apropiado y que recién recuperó su identidad en el año 2000. “Recuperó su identidad”, en realidad, es una manera de decir, ya que el muchacho, criado por una pareja de apropiadores,  continuó aferrado a ellos. “La Multiprocesapropiadora”, dice Pérez para referirse a Dora, la apropiadora de su hermano.

Parece que Nietzsche tenía razón: “no es la cólera, sino la risa la que mata”.