La gran máquina de engendrar historias

Por Cezary Novek

Entrevista con el escritor Marcelo Figueras sobre su última novela, El rey de los espinos.

 

Conocido por las novelas Kamchatka y El muchacho peronista, el prestigioso guionista de adaptaciones como La viuda de los jueves y Plata quemada (ambos junto a Marcelo Piñeyro), Marcelo Figueras, publicó en Suma de Letras su séptima novela, en la que rinde tributo a sus influencias tempranas.

Se trata de una ambiciosa épica que combina diversos géneros literarios a lo largo de 800 páginas sin abandonar la denuncia social que caracteriza sus historias. El rey de los espinos narra las aventuras de Milo, un sepulturero adolescente del Tigre, quien junto a El Baba (un fan de los comics, perteneciente a una clase media en extinción), se ven envueltos en diferentes aventuras a partir de la muerte del Autor (una suerte de Oesterheld), cuyos personajes cobran vida en la Argentina distópica del 2019. La trama es compleja, pero adictiva. Vía mail, el autor respondió algunas preguntas sobre ésta:

 

-Recientemente disertaste con otros autores en el II Encuentro Internacional de Literatura Fantástica y participaste en el Laboratorio de Ideas y Textos Inteligentes Narrativos, en el Encuentro Federal de la Palabra. ¿Cómo viviste esas experiencias?

-Con alegría. Porque me produce placer conversar y discutir sobre temas que me apasionan; y porque permiten el encuentro con lectores y autores a quienes no conocía, o admiraba desde lejos.

La literatura —especialmente, la de género— es demasiado preciosa para ser dejada en manos de la academia. Ya la han secuestrado durante demasiado tiempo, y es hora de proceder al rescate. Por eso, toda actividad que inspire a compartir ese placer y a cambiar figuritas en la calle es bienvenida. Aspiro a que recuperemos para los libros ese entusiasmo que existe entre aquellos que gozamos con esta era dorada de las series de TV: las obras que nos entusiasman están para ser recomendadas, criticadas, diseccionadas, intercambiadas e imitadas por su público, que no reconoce más canon que lo que el Indio Solari llamaría el Principio Ordenador del Placer.

-¿Hay planes de desarrollar algún spin-off con las creaciones del Autor?

-Tengo toda la intención de escribir una segunda novela. En más de un sentido, El Rey de los Espinos fue abre un horizonte para jugar y plantear unas reglas iniciales. Ahora que el tablero está tendido, quiero agitar el cubilete y lanzarme a disfrutar.

La novela fue diseñada como una Gran Máquina de Engendrar Historias, un mecanismo narrativo con posibilidades (casi) infinitas. Deseo usarla todo lo que pueda, mientras me desafíe y produzca placer. Lo que no quise fue armar un plan de hierro que me convirtiese en su esclavo: trilogía, tetralogía… Tiraré de la saga Espinos mientras me dé la vida y la gente la disfrute.

-¿Pensaste en una versión en comic?

-Nunca pensé en adaptar la novela, pero sí en explorar las múltiples avenidas que abre el hecho de que muchos de sus personajes sean héroes de historieta. Con unos amigos venimos sopesando la idea de escribir las aventuras de Tariq, Metnal, Saigon Blake y Flint Moran de las que tanto se habla en la novela.

-¿Qué pensás que necesita la escena argentina para generar un mercado mayor que visibilice la literatura de género y genere ingresos a sus autores?

-El mercado es un gigante bobo. No es creativo, sino reactivo: sólo reconoce un fenómeno una vez que ha ocurrido. Por eso hay que actuar como si no existiese: escribir más y mejor, editar en papel y en red (si las grandes editoriales no nos reconocen, apelar a las independientes o crear nuevas), armar comunidad, fundar nuevos medios, juntarse, derribar los falsos muros que separan autores de lectores, discutir, celebrar. Más temprano que tarde, algún autor o autora de género se convertirá en un boom, y el mercado saldrá desesperado a buscar novelas que le permitan aprovechar la volada. Y ahí colaremos muchos, claro.

Mientras tanto, sigamos jugando al juego que mejor jugamos y que más nos gusta.

-En 2006 dijiste: “Tengo la sensación de que la literatura argentina está peleada a muerte con la emoción”. El Rey de los Espinos demuestra que te mantenés en tus convicciones ¿Cómo ves eso respecto a entonces?

-Muchísimo mejor. No porque haya cambiado algo en términos de los grandes medios y de las grandes editoriales: lo que está cambiando es la gente, tanto autores como lectores. Le hemos perdido el miedo al Gran Tinglado de la Literatura. Ahora sabemos que es nuestra, que es sexy, que le gusta la joda tanto como nosotros. Creo que el proceso se movió en paralelo con el fenómeno político de los últimos años. Ya no toleramos que se conciba a la literatura como cosa de pocos e iluminados, hecho por y para la aristocracia socio-cultural: ahora le disputamos el poder. En consecuencia, la narrativa argentina se ha puesto más zumbona y atrevida que nunca desde los ’70. Hoy está vivísima, ya son muy pocos los que la forrean para darse corte con ella y somos legión, en cambio, los que la amamos sinceramente porque ilumina nuestras vidas.

-En una nota dijiste: “Los puentes naturales entre la literatura a secas y los géneros se estropearon bastante, si no se rompieron del todo”. ¿Qué pensás que haría falta para que los circuitos se abriesen a intercambios con los nuevos círculos en torno a los géneros?

-Esos circuitos no van a abrir las puertas de su Jericó por las buenas. Hay que voltear sus muros a trompetazos, cosa que sólo ocurrirá si, primero, los escritores volvemos a escribir por placer y ya no más a cambio de una sillita en un rincón del cenáculo; y segundo, si los lectores reconocen este cambio y empiezan a gozar con nosotros.

-En el libro consta que iniciaste la novela en 2009 y la concluiste en 2014. ¿Qué pasó entremedio?

-La empecé entonces, pero la venía masticando desde antes. Desde el comienzo, la intención fue que se tratase de un proyecto ilustrado. Tuve la suerte, por intermediación del editor Pablo Álvarez, de dar en Barcelona con Riki Blanco. Empecé a trabajar con Riki cuanto todavía tenía la novela a medio hacer. Comencé a escribirla en Buenos Aires y terminé la primera versión en Barcelona, donde viví tres años. Fue un proceso intensísimo, del que formó parte una enorme investigación: sobre la Edad Oscura de Europa, sobre la Segunda Guerra del Opio, sobre la física cuántica. (Sí, señor: ¡de un día para otro me descubrí leyendo libros sobre el multiverso!) Y una vez terminada, vino la aventura de producir el tráiler…

Tuvo la misma intensidad que vivir una aventura de verdad: implicó dejar atrás el hogar, visitar territorios y conocer gente nueva; perderse y dar con caminos clausurados, hasta obtener algo parecido al triunfo con que había soñado al salir de casa.

Mi intención original era probar suerte con una de aventuras, como las que encendieron mi amor por la literatura cuando era niño/adolescente/joven. Pero como soy de los que consideran que la realidad es más prodigiosa que una imaginación desbocada, descubrí a poco de zarpar que se me empezaban a colar en la historia elementos del presente, o de un futuro tan próximo como probable.

Entendí, así, que las realidades históricas que tan presente estaban en mis novelas anteriores podían tener su lugar, también, en un marco de pura aventura como el de Espinos. Después de todo, los clásicos del género también tienen algo que decir sobre el mundo donde fueron concebidos: el Sandokán de Salgari habla del colonialismo, la saga de Star Wars tiene algo que comentar sobre el imperialismo. Y me relajé, porque me di cuenta de que Espinos no significaba un corte total con mi obra previa, sino que constituía un paso hacia una síntesis nueva.

Lo mismo me pasó que a los héroes de historieta en la novela. Ellos irrumpen en nuestro mundo, al que encuentran atroz, y deciden regresar al suyo. Pero, al hacerlo, descubren que sus mundos ya no son lo que eran cuando habían partido, o sea paisajes prototípicos del género de aventuras; sino que, de algún modo, han sido contaminados por la realidad atroz del mundo extraño que visitaron. Y aunque al principio se rebelan, terminan asumiendo que esas realidades contaminadas también merecen ser redimidas por la aventura. Eso es lo que descubrí durante la escritura: que aunque mi realidad no se parece a la Edad Media idealizada de los relatos artúricos ni a la China misteriosa de Terry y los piratas, está tan necesitada de héroes como esos paisajes de ficción.

-¿En qué estás trabajando?

-Una novela de terror. Estoy jugando al Stephen King criollo.

-¿Cómo es tu día a día en el oficio?

-Abro los ojos cada día, muy temprano, con la alegría de saber que en un ratito estaré metido en algún universo extraño. Escribo en casa, sobre un escritorio desde el que me miran un busto pequeño de Dickens, muñequitos de Batman, Lennon, El Gigante de Hierro y V (el de V for Vendetta) y un Shakespeare bobbing head que sacude su cabecita ante la menor vibración. Mi computadora está flanqueada por una réplica de los Argonath de El Señor de los Anillos.

Siempre estoy escribiendo algo. Tengo épocas de lecturas por puro placer alternadas con las lecturas de mi investigación. Ahora, por culpa de mi nueva novela, estoy con el Infierno de Dante, que está encantador.

 

Otras Notas del Autor:

Alicia en el país de las pesadillas

Una de fantasmas

Cuasar, una novela mestiza