Francia, no has cambiado

Francia, no has cambiado

Por Marco Teruggi. El rol del gobierno francés en la posible intervención a Siria ha vuelto a poner en evidencia un rasgo central de Francia: su carácter colonialista, un rasgo anclado en el Estado pero también en gran parte, o esa es justamente la pregunta, en el pueblo francés.

Aimé Césaire fue un hombre político, poeta, nacido en Martinica -una isla de las Antillas colonizada por Francia hoy convertida en provincia-, que escribió Discurso sobre el colonialismo, en 1955. En la primera página puede leerse: “Europa, citada ante el tribunal de la ‘razón’ y ante el tribunal de la ‘conciencia’, no puede justificarse, y se refugia cada vez más en una hipocresía aun más odiosa porque tiene cada vez menos probabilidades de engañar. (…) Europa es moral y espiritualmente indefendible”.

La reflexión de Césaire ofrece elementos nodales para comprender las raíces y el funcionamiento del colonialismo, en particular para el caso de Francia, país que en aquel entonces, y en los años que le siguieron, intentaba frenar las luchas por la independencia de sus colonias, con los casos emblemáticos de Argelia e Indochina.

Sobre aquella época se ha hablado mucho, ejemplos de ello son el libro Los condenados de la tierra, del psiquiatra y político Frantz Fanon, cuyo prólogo fue escrito por el filósofo francés Jean Paul Sartre, y la película La batalla de Argel. También sobre esos años se ha construido un manto de olvido en Francia, una amnesia colectiva destinada a borrar los crímenes cometidos por el país que enarbola, en sus escudos y estatuas, las palabras de Liberté, Egalité, Fraternité.

Sin embargo, en vista de los hechos recientes, y en particular con el caso de Siria en el cual el gobierno presidido por François Hollande ha intentado ponerse a la cabeza de la intervención junto con Estados Unidos, se puede preguntar si aquella obra de Césaire, y la razón colonialista, como concepción del otro y de lo que Francia tiene derecho a hacer sobre él, siguen vigentes en el Estado y, sobre todo, en el pueblo francés.

Poder aproximarse a una respuesta quitaría interrogantes tal vez innecesarias, como el hecho de que se trate de un gobierno “socialista” quien por segunda vez en el año, luego de la operación en Mali, dirija una intervención armada. El problema del colonialismo parece ir más allá del los signo político de quien gobierne Francia.

Para abordar esto resulta de fuerte utilidad la entrevista concedida por Hollande el pasado 30 de agosto al diario Le Monde, en la cual expuso las razones de su decisión en el caso de Siria, una explicación destinada a generar consenso y conseguir la legitimidad por parte de los franceses para realizar el ataque.

El jefe de Estado justificó la intervención francesa en términos de justicia: “La masacre química no puede ni debe quedar impune (…) yo no hablaría de una guerra sino de la sanción a una violación monstruosa de los derechos del hombre. Tendrá un valor de disuasión”.

Luego resaltó la capacidad militar de Francia para realizar la operación: “Hay pocos países que están en condiciones de infligir una sanción con los medios adecuados. Francia hace parte de ellos. Decidirá su posición en estrecha articulación con sus aliados”.

Y por último explicó como desde el año 2011 el gobierno francés ha financiado económica, “humanitaria” y militarmente a la oposición siria, en el “respeto de nuestros compromisos europeos”, y defendió las sucesivas intervenciones francesas: “En el 2011, había aprobado la intervención de Francia en Libia. Pero lamenté que sus consecuencias no fueran controladas. En enero del 2013, tomé la decisión de una intervención en Mali. Constato que ha sido eficaz, coordinada con los africanos y llevada adelante en un período corto. Permitió desembocar en elecciones libres e incontestables. Para Siria, yo me encargaré de que la respuesta de la comunidad internacional haga cesar la escalada de violencia. Para cada una de ellas, Francia toma sus responsabilidades en nombre de sus valores y principios”.

En estas palabras del mandatario parece resumirse el nudo de la argumentación y de la razón colonialista: ante la situación de injusticia, a pesar de la falta de pruebas que afirmó que su gobierno presentará, Francia, en nombre de sus valores, principios y capacidad militar, estaría en la obligación moral de salvar al pueblo sirio de su gobierno opresor.

Es decir, una vez más, la República francesa, portadora de la “civilización”, a través de su “superioridad” histórica, cultural y política, garante de la democracia, iría a terminar con la “barbarie” reinante en Siria, como antes en Mali y Libia. Nuevamente aparece ese otro, el que debe ser liberado por “nosotros los franceses”, para ser llevado hacia el progreso, aunque para eso ocurran “daños colaterales” y para ello sea necesario apoyarse en sectores ligados a Al Qaeda.

“Y digo que la distancia de la colonización a la civilización es infinita, que de todas las expediciones coloniales acumuladas, de todos los estatutos coloniales elaborados, de todas las circulares ministeriales expedidas, no se podría rescatar un solo valor humano”, escribió Césaire en el Discurso sobre el colonialismo, en respuesta al argumento del progreso que traería la colonización.

Y aunque en la actualidad no se trate de la invasión seguida de la instalación de la propia población -uno de los últimos ejemplos históricos de esa metodología es la conformación del Estado de Israel en territorio palestino- sí se trata de la ocupación militar, aunque esta sea de carácter temporal, que permite el acceso a los recursos naturales, el motor real de las invasiones, acentuado en esta época por la crisis capitalista.

Pero lo que resulta llamativo es que la argumentación para una intervención armada sea la misma que siempre se ha esgrimido. Y esto desnuda que nunca está en discusión el hecho de que Francia pueda invadir a otro país. En todo caso los conflictos provienen de cuál es el posicionamiento de la ONU o de la OTAN, y si para realizar los ataques se debe primero consultar con el Congreso.

¿Ha sido tal el proceso de amnesia colectiva en torno a las atrocidades cometidas por Francia en Indochina, Argelia o Madagascar, para citar algunos ejemplos, que el mismo argumento colonialista puede ser esgrimido una y otra vez? ¿No basta acaso la comprobación de que no existe una sola antigua colonia francesa que no esté sumergida en la pobreza? ¿Las generaciones de descendientes de inmigrantes de las antiguas colonias han sido despojadas de sus raíces históricas y no se manifestarán? ¿O es que la razón colonial sigue vigente en el Estado y en el pueblo francés, es decir que persiste una visión del “otro atrasado” que permite tolerar los crímenes cometidos por el propio país en nombre de la justicia?

Las respuestas a estas preguntas tal vez las dé el pueblo francés al movilizarse -como sí lo hizo en el caso de Irak- frente al intento de invasión defendido por el presidente socialista o al quedarse pasivo, en mayor o menor medida convencido de que Francia le aportará el progreso y la democracia a otro país más.