Francia y el Mundial de las pibas: vivir de fútbol las 24 horas

Añorar lo básico, lo simple, es otro de los rasgos de este aislamiento. Aquí, la periodista deportiva extraña los asados de su hermano pero también, y sobre todo, el fútbol. Y nos cuenta sobre su propia fiesta inolvidable: la cobertura del Mundial de Fútbol Femenino Francia 2019.

Por Ayelén Pujol | Fotos: Nadia Petrizzo

En estos días lo esencial se hace visible: puertas adentro, en este confinamiento que lleva más de 50 días, extrañamos lo básico.

Mi punto de fuga es, durante pequeños instantes de días eternos, una cafetera: están ahí, en la volture y su sonido, en la casa austera de mi abuela Paula, en el desayuno que nos llevaba a la cama: los pies que se arrastraban por el piso, los masajes que acompañaban el remoloneo en su cama y la frase para sacarnos de ahí y que empezáramos el día. “Vayan a buscarme huevos al gallinero así les hago milanesas con papas fritas”, nos decía. La felicidad era eso y no nos dábamos cuenta.

Es el café y su aroma que emerge del vapor el que me traslada a Bogotá, a días de libertad, un deseo caribeño que una mañana fue bajar desde lo alto de esa ciudad que siempre –definitivamente siempre– vive entre los 18 y los 22 grados centígrados, cruzar la avenida, sentarse en un bar, saborear una taza caliente de café y mirar el Transmilenio pasar. Un bondi. Y pensar: ¿qué descubro hoy, este día?

Afuera está la peste y también, con ella, de la mano, la injusticia. Siempre pateando calles como forma de habitar el mundo y ahora sin poder hacer nada con las noticias que duelen: y, como siempre, quienes están más abajo de la pirámide son quienes reciben los golpes.

Disculpen la catarsis. Lo esencial en estos días es mamá y su tarta de tomates, con masa casera, salsa blanca y perejil, un manjar mal presentado que siempre es una dicha. Y es siempre un cerrar los ojos y viajar por la vida. Es mi hermano y su asado, los chinchulines con limón en el patio de su casa conurbana, las papas fritas hechas en grasa, al disco, para que con mi prima, mi tía y la familia entera engordemos de amor.

Son las calles.

Y es la pasión en forma de pelota: jugar donde sea y como sea, los encuentros con el Norita Fútbol Club, la birra posterior, ponerme la campera de Boca y los botines, agarrar la bici y salir para el entrenamiento. Ir a jugar partidos a la Villa 31, ahí donde hoy patearíamos con bronca la furia por lo que pasa en el barrio junto a esas pibas.

Si Julio Verne pudo dar la vuelta al mundo en 80 días, en cuarentena mi mente ya pasó por un campeonato que dura, según mis cuentas, 54: el tiempo que llevamos adentro, los días que pensé en fútbol.

Mi propia rave psicodélica, los días que viví enfiestada –el desenfreno más sano del mundo– ocurrió justo hace casi un año atrás. Y fue con otras, con miles, fue con canchas llenas, con subtes que emanaban el sudor humano que brota de la adrenalina de vivir un Mundial de Fútbol. El mejor de los mundiales: el de las pibas.

Francia fue, para muchas, nuestro cumpleaños de 15: las hormonas a flor de piel, vivir de fútbol las 24 horas.

Fue un 15 en serio, el que hubiésemos planeado si el fútbol hubiera sido un mundo posible cuando teníamos esa edad. Vestidas con la ropa que queríamos, cómodas porque hay que ir a la cancha, entrando a los mejores estadios del mundo de la mano de colegas que se volvieron amigas pase a pase, compartiendo la misma pasión, y con compañeras de otras canchas que viajaron a cumplir su sueño.

Una celebración en donde bailamos con Estefanía Banini y su gambeta y coraje contra Japón, guardando y cuidando la pelota; en la que tiramos pasos volando de palo a palo con Vanina Correa. Fue una cumbia colectiva con el Parque de los Príncipes como la pista de baile en la que nos peleamos hasta con la FIFA, que no nos dejaba entrar con la bandera verde a favor del aborto legal, seguro y gratuito.

Fue nuestro cumple militante también: por eso gritamos todos los goles de la Selección y aún más fuerte el 3 a 3 de penal de Florencia Bonsegundo, la jugadora más decisiva de Argentina en el Mundial, porque pudimos abrazarnos y bramar por tantos años de frases hirientes y machismo recalcitrante. Un grito de bronca acumulada por todos los machona, varonera, tortillera y marimacho que nos dijeron –y les dijeron a las que estaban en la cancha– las veces que quisimos patear una pelota.

Andá a lavar los platos, vos, chabón. Fue nuestra pequeña revancha, con un país que, a 11 mil kilómetros de distancia, miraba a esas futbolistas incluso del otro lado del vidrio de vidrieras con televisores que las exponían, quizá por primera vez en la historia, como lo que son: deportistas. Jugadoras de fútbol.
La recepción fue comer pizzas y sánguches en puntos parisinos amables para nuestros bolsillos austeros, discutir de fútbol y política, compartir feminismos, repensar nuestra profesión con otra mirada. La mesa dulce fue todo el fútbol, los estadios llenos, las peripecias para sobrevivir con dos mangos, las discusiones con editores que nos hacían renegar. La vuelta fue como el regreso a las seis y media de la mañana, cuando ya es de día, te bailaste todo y en tu alma no hay más lugar para tanta alegría compartida.

Pandemia, andate y lastimanos lo menos posible, que tenemos que andar. Porque vivir es jugar y patear y escribir, narrar nuestras hazañas, pisar las canchas, festejar goles. Hacerlos. Y nosotras queremos seguir jugando.