Fuga y Masacre en Trelew (I)

Fuga y Masacre en Trelew (I)

Por Romina Fernández. El 15 de agosto de 1972 tres organizaciones revolucionarias y armadas organizaban en conjunto la fuga del penal de Rawson para volver a las calles junto al pueblo. La trama de un escape que no logró su objetivo final.

El operativo de fuga del penal de Rawson fue la instantánea donde se dejaron de lado las contradicciones y las diferencias internas, para unificarse en un mismo objetivo urgente e inmediato: alcanzar la libertad para continuar con la lucha. Militantes presos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros, planificaron la fuga del penal. Había diferencias metodológicas y políticas. Que Perón sí, que Perón no. Pero también había un enemigo común y la convicción de que la lucha armada era el único camino posible en esas circunstancias históricas.

Con el antecedente del Cordobazo en 1969, las calles seguían agitadas y crecía la presencia de las organizaciones armadas. En marzo de 1971 Alejandro Lanusse ocupa el Ejecutivo, luego del derrocamiento de Juan Carlos Onganía y la breve presidencia de Roberto Levingston. En 1972, el nuevo gobierno de facto decidió el traslado masivo de presos políticos distribuidos en distintas cárceles del país, hacia el penal de Chaco y el de Rawson, esta última famosa por alojar a los presos más peligrosos del país. Esa cárcel era considerada un inquebrantable conjunto de muros de donde, según se decía, era imposible escaparse. El objetivo era aislar a todos los presos políticos de cualquier contacto con el exterior, en un intento de neutralizar todo tipo de levantamiento.

Como dijo el líder máximo del ERP, Mario Roberto Santucho, Rawson fue la máxima expresión de la unidad de fuerzas revolucionarias con distinta procedencia política.  

Al penal de Rawson llegaron unos doscientos presos políticos. Sus celdas alojaron a los principales dirigentes del sindicalismo combativo y de la lucha armada. En un momento, todos se encontraron en los pasillos, en el patio durante los tiempos permitidos de esparcimiento, en la filas del comedor y en los calabozos fríos de la prisión. El tiempo muerto dejaba mucho margen para seguir pensando y construyendo. Tenían la limitación de no poder pasar a la acción concreta, pero todavía hervían cientos de cabezas y cuerpos militantes convencidos de que no se podían dar el lujo de seguir tras las rejas. La tarea era sobrevivir formándose, pensando siempre en la lucha para cuando estuvieran afuera. A pesar del encierro, en un rincón frío del país, el sentimiento alegre de la resistencia seguía firme.

La fuga fue, quizás, el primer pensamiento obligado al pisar la cárcel. No fue concebida como un capricho de voluntades individuales, sino como una necesidad de todas las organizaciones de volver a las calles. Las opciones por vía judicial eran casi nulas.

Desde el primer momento se estudiaron posibilidades de escape, se ensayaron operativos que por distintos motivos fueron descartados, como el túnel que comenzaron a cavar en el pabellón 5, hasta llegar a la firme idea de una fuga masiva en la que participaría 116 presos de ERP, FAR Y Montoneros.

Después de meses de estudio de los movimientos del penal y las condiciones edilicias, y de evaluar la mejor opción de escape una vez afuera, el plan consistía en reducir a los guardias hasta tomar el control completo del presidio. Afuera, un grupo de militantes iban a estar esperando a los presos con cuatro camiones para partir al aeropuerto donde se interceptaría un avión comercial y así trasladarse primero a Chile, donde gobernaba Salvador Allende, para finalmente llegar a la Cuba de Fidel Castro.

La fecha elegida fue el martes 15 de agosto. Ese día el almuerzo fue carne pero se comió poco, a la espera de que se hagan las seis de la tarde, horario elegido para comenzar la fuga.

A las 18. 22, pasada la hora indicada, la señal marcó que había que poner en marcha el plan. Los presos se vistieron con uniformes militares que ellos mismos habían confeccionado, sacos y corbatas, o cualquier vestimenta que les permitiera camuflarse. Habían conseguido una mínima cantidad de armas que lograron introducir con la complicidad de un guardia cárcel; otras estaban improvisadas con materiales que encontraron por ahí.

A los ojos de los presos comunes y de los presos políticos que decidieron quedarse a resistir dentro del penal -entre ellos Agustín Tosco que apoyaba la fuga pero decidió no unirse-, en menos de 15 minutos la cárcel estaba tomada por los militantes que habían reducido a una gran cantidad de guardias. La única víctima durante la salida de los presos fue un guardia que se percató del extraño movimiento y quiso abrir fuego.

El grupo logró salir del penal pero afuera se encontraron con un solo auto. El resto de los camiones que debían recogerlos no estaban. Pasaban los minutos y no aparecían. Después se supo que por una mala interpretación de uno de los militantes, éste se había retirado, entendiendo que el plan había salido mal. El único auto marchó hacia el aeropuerto con el primer grupo formado por los máximos dirigentes (Mario Roberto Santucho, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Menna del ERP; Fernando Vaca Narvaja de Montoneros y Marcos Osantinsky y Roberto Quito de las FAR). El segundo grupo de 19 combatientes subió a tres taxis. Al resto le tocó volver cada uno a su pabellón, con la sensación de haber estado cerca de lograrlo. Ahora había que resistir desde el penal y rogar que por lo menos un buen número de camaradas completen el objetivo. Cuando llegan los taxis con los 19 presos al aeropuerto, el avión ya había partido con los seis del primer grupo a bordo, los únicos que llegarían a las tierras chilenas.

Como fue pensada originalmente, la fuga había fracasado. El siguiente plan fue tomar el aeropuerto, resistir y tratar de negociar con la dictadura. La cuestión era salir vivo y, en esas circunstancias, no era tarea fácil.