Historia de una desobediencia (II)

Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo (II)

Por Mabel Bellucci*. El activismo feminista en Latinoamérica ha logrado ampliar la legitimidad del aborto más allá de las normas jurídicas. Segunda parte de “Historia de una desobediencia. Aborto y feminisnmo”, capítulo “México: puerta de llegada”.

 

En 1979, se creó el Frente Nacional de Lucha por la Liberación y los Derechos de la Mujer (FNALIDM). Se acordó trabajar sobre tres ejes que habían sido prioritarios para la práctica feminista: 1) La despenalización del aborto, la maternidad voluntaria y la educación sexual; 2) la lucha por erradicar la violencia en contra de las mujeres en todas sus formas (física, psicológica, sexual, económica); 3) La protección a las mujeres golpeadas. En ese mismo año, fue presentado otro proyecto de ley en las Cámaras de Diputados por el bloque parlamentario Partido Mexicano Socialista. Sin embargo, fue congelado y no prosperó.

Hacia fines de 1979, se organizaron centros que efectuaban abortos en la clandestinidad, aunque estas iniciativas no avanzaron demasiado. Mientras, las activistas estadounidenses formaban centros de capacitación en la práctica abortiva en Colombia y en México. La médica y feminista Martha de la Fuente, quien trabajó durante sus años de exilio en la Escuela de Medicina de la Universidad Autónoma de Sinaloa y fue integrante del Grupo Mujeres de Culiacán, recuerda “que las activistas de la Organización Civil Comunicación e Intercambio para el Desarrollo Humano en América Latina (Cidhal) –ubicada en Cuernavaca, Morelos– hacia 1980 se capacitaban en California para realizar abortos por AMEU a mujeres mexicanas.

Diez años más tarde, ocurrió una tragedia: ocho mujeres de Tlaxcoaque decidieron abortar y fueron arrestadas y torturadas en el subsuelo de una comisaría. Corrió la misma suerte el personal médico. Rápidamente, la movilización de feministas y de partidos políticos de izquierda consiguió liberarlas frente a la presión de los movimientos.

Mucho tiempo después, este país dio una sorpresa gigantesca: en la Ciudad de México, el 27 de abril de 2007, la Asamblea Legislativa despenalizó la práctica del aborto durante las 12 primeras semanas de gestación. Esta conquista necesitó años de lucha por la libertad de las mujeres para decidir la suspensión de un embarazo sin correr riesgos de muerte en las sombras de la clandestinidad. Pese a quedar centrado en los límites del Distrito Federal, la victoria fue efecto del empeño tenaz del accionar feminista.

A la peculiaridad de este movimiento se le sumó la incidencia de factores internos que, si bien no obraron como ejes vertebradores, ayudaron a presentar a México en el contexto político de América Latina como un caso particular. Ello a pesar de la enérgica impronta de su machismo decimonónico y su catolicismo medular. Un ejemplo de su particularidad es que fue una de las pocas naciones del continente que no atravesó dictaduras militares o cívico-militares, situación que  vivieron abruptamente casi todos nuestros países. Este dato no es menor, si se lo piensa en términos de transmisión encadenada de las prácticas colectivas y de los legados políticos de una generación a otra. Así resultó ser para el feminismo mexicano al lograr construir su genealogía sin los obstáculos que atravesaron otros grupos de mujeres de la región. A diferencia de las activistas del Cono Sur, ellas no retomaron su recorrido de cero. No tuvieron que volver a empezar, reiniciar el discurso o sentirse las inventoras de lo que ya se había inventado en otros lugares. Tampoco necesitaron lidiar con el vacío histórico que siempre deja un régimen totalitario de muchos años ni se les robó la oportunidad de aprovechar las experiencias ajenas.

Resulta paradójico que precisamente estos hayan sido los contextos de surgimiento de todos los feminismos de América Latina, con excepción de México. Tal vez ese pionerismo de protagonizar gestas contra un poder omnímodo las constituyera como referentes políticas para un número significativo de compañeras exiliadas que residían allí y que no habían experimentado la práctica feminista en su pasado militante. Fue un camino de doble dirección. Las exiliadas, a su manera y con sus diversidades, trasladaron esa vivencia cuando regresaron a sus lugares de origen. Las múltiples experiencias feministas en los países de acogida les otorgó la oportunidad de vivir el destierro como un ejercicio formativo, centrando sus miradas sobre nuevos rasgos adquiridos que, tiempo después, pondrían en práctica a su regreso.

En muchas de estas mujeres, el “mundo de la militancia”, que había hegemonizado tanto los comportamientos públicos como los privados, perdía, en la lejanía, su espesura. Karin Grammático describe que, dentro de estos contextos, ellas dispusieron de un espacio propio para la reflexión tanto sobre sus trayectorias políticas como personales. Además, la desaparición de ese mundo tal cual lo habían experimentado en nuestra región “implicó el quebranto de un marco contenedor que ayudó a percibir de manera más directa las distintas formas de discriminación ejercidas contra las mujeres. Por último, sería necesario reparar en la situación de los feminismos en los países receptores para saber hasta qué punto éstos pudieron facilitar dicho acercamiento”.

Así, las militantes políticas devenidas activistas feministas lograron decir y hacer lo que tenía que ser dicho y hecho. No fue extraño, entonces, que las luchas por las reivindicaciones en torno a las sexualidades y, en especial, por la conquista del aborto legal en la Argentina, se hayan encarnado en nuestro movimiento feminista a fines de los años 80 y de ahí en adelante.

Mientras, en el movimiento feminista mexicano de los 70 y de los años siguientes, ingresó cada una de las realidades continentales debido a la multiplicidad de refugiadas que moraban en sus tierras. Se miraba atentamente a Nicaragua, El Salvador, Perú, Bolivia, sin perder el rastro de los acontecimientos que presionaban sobre el resto del orbe, acosado e invadido por los Estados Unidos.

El país azteca representa uno de los principales centros del Tercer Mundo; no obstante, en este país la ejecución de la violencia la explosión de la violencia extrema e ilimitada se aplica a todos los cuerpos, en especial en el de las mujeres, como una herramienta de la deriva del capitalismo mundial y de su reproducción ilegal en el crimen organizado. Mientras tanto, como una de las principales consignas a cumplir bajo el mandato de la masculinidad hegemónica y el machismo poderoso sigue incidiendo brutalmente en los cuerpos de las mujeres hasta provocar matanzas en masa, conocidas como feminicidios, tal cual lo define la antropóloga feminista Marcela Lagarde. Esta estudiosa denomina así “al conjunto de delitos de lesa humanidad que contienen los crímenes, los secuestros y las desapariciones de niñas y mujeres en un cuadro de colapso institucional. Se trata de una fractura del estado de derecho que favorece la impunidad”. Por ello, Lagarde afirma que el feminicidio se presenta tanto en condiciones de guerra como de paz. Este dato que sugiere la especialista no es para dejarlo pasar: independientemente del contexto político coyuntural, el feminicidio está presente y no sería tan desatinado vincular la ilegalidad del aborto –por el riesgo de muerte que conlleva– como parte de esta maquinaria del crimen contra las mujeres.

Periodista. Activista feminista queer y ensayista, en adelanto inédito de su libro “Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo”, de Capital Intelectual, minucioso ensayo sobre el derecho a la interrupción del embarazo en la Argentina, que se presentará en la Feria del Libro el domingo 11 de mayo de 18,30 a 20 horas. Sala Adolfo Bioy Casares, pabellón Blanco.