Indio disco show

Indio disco show

Por Laura Cabrera. Carlos Solari se presentó el sábado en el Hipódromo  de Gualeguaychú. Fue el recital más esperado por los fans, ya que incluyó la vuelta a los escenarios de tres ex Redondos. El show, la presentación del disco, la cultura ricotera, la organización y los límites de tolerancia.

La fiesta siempre comienza temprano. Gualeguaychú no fue la excepción. Desde el viernes la ciudad se comenzó a llenar de visitantes inquietos por ver al ídolo sobre el escenario. Esta vez tendría un plus: algunos ex integrantes de la mítica Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se sumarían a “pajaritos bravos muchachitos” y, seguramente, tocarían algunos temas de aquella banda a la que el público no puede olvidar.

A pesar de los previos días de lluvia, el sol acompañó durante toda la tarde. La venta de comida en la calle, los souvenirs, el asado en la vereda, los Redondos que sonaban en cada esquina (salvo en una en donde un grupo de cordobeses hacían la previa escuchando a la “Mona” Giménez), todo avivaba el fuego para lo que iba a ser la noche más esperada.

Pasó la tarde. Alrededor de las 19 comenzó la peregrinación más fuerte, esa en donde se caminaba a paso de tortuga, con cantos típicos de cancha pero con la temática de Los Redondos. El camino al Hipódromo fue lento, cansador. No importaba, todo era válido con tal de ver a el Indio sobre el escenario.

A medida que la gente iba llegando, la emoción era más fuerte.  Los controles se pasaron bastante rápido, la pregunta era “¿llevás algo de vidrio?”. Si contestabas “no” pasabas sin problemas. Así todos fueron ingresando a las calles que estaban detrás de las vallas, último obstáculo (hasta ese momento) para entrar en “el pogo más grande del mundo”.

21.30. Horario señalado en las entradas para el inicio del recital. Aún no arrancaba. En su lugar, un espectáculo triste se repetía a cada minuto. La entrada del hipódromo estaba cubierta por una lona que evitaba que quienes ingresaban se enterrasen en el barro.  Unos pasos más adentro, la lona terminaba, era reemplazada por una franja de barro similar a una trinchera.

“Perdí la zapatilla”. La frase resonaba entre quienes hundidos hasta las rodillas en el barro gritaban a sus amigos, quienes se reían, como divirtiéndose de la situación o quizá pensando que no queda más que reírse de esas cosas en medio de un contexto en donde lo importante era ver a “Los Redondos”, la promesa de la noche.

Algunos pasaron, otros quedaron sobre la lona, muchos más quedaron en la vereda, imposibilitados de poder ingresar a ver aunque sea chiquito, desde la pantalla, a su ídolo. “¿Qué se puede hacer?, hay gente que está intentando pasar y pierde el calzado”, preguntó una mujer a un integrante de la organización. “Meté la mano y sacala” contestó el hombre que más tarde se sinceró y expresó “ese es otro tema”, ante la consulta de si él se animaría a meter la mano en el mismo pozo en el que una persona se había quedado enterrada hasta las rodillas.

“Damas y caballeros… Los Fundamentalistas del aire acondicionado”

22.30. El único héroe en ese lío subía al escenario y el público que se encontraba más cerca comenzaba a cantar “Nike es la cultura”. Así se iniciaba un recital más Fundamentalista de lo normal, con menos temas de Los Redondos (que se compensó con miembros de la banda arriba del escenario) y varios de “Pajaritos bravos muchachitos”.

Ingresar al campo, explorar el ánimo de la gente que estaba más adelante y luego la que estaba atrás era un ejercicio exploratorio que dejaba ver todo lo que estaba sucediendo. Pasada la “trinchera”, los fans podían caminar sin más problemas que embarrarse las suelas de las zapatillas (los que aún las tenían puestas, claro). Avanzar hacia el escenario significó sortear obstáculos, como por ejemplo la suerte de piletón que mantenía a todos pendientes de no empujarse demasiado, porque eso implicaría caer al agua.

El show continuaba. El Indio, esta vez un tipo de muy buen humor, explicó que se hizo lo posible para mejorar el suelo. Lo posible no alcanzó. Caminar de vuelta del campo a la calle presentaba un degradé emocional en la gente. Adelante, los que vivieron el pogo y la fiesta, los que aplaudieron la “vuelta” de Los Redondos y le hicieron el aguante a Los Fundamentalistas. Más atrás, los que no pudieron pasar. Familias con sus hijos, personas con muletas, gente que estaba completamente embarrada. Ellos “disfrutaron” el show desde la vereda, vivieron la “fiesta” incompleta.    

Este último grupo fue el que a mitad de recital empezó a irse, con frío, sin poder entrar. Desde ese momento en adelante no paró de desfilar la gente hacia los micros. Para ellos la “misa” había llegado a su fin.

Adentro, miles seguían celebrando “Ya nadie va a escuchar tu remera”, temas históricos como “El blues de la libertad”, la llegada al escenario de Sergio Dawi, Walter Sidotti y Semilla Bucarelli con “La pajarita pechiblanca”. Daba la sensación de que de los 170 mil, muchos habían vivido un recital distinto al de otros.

Fue un show con fallas en el sonido, con un Indio que comienza a tener problemas para cantar. Pero nadie puede negar que verlo sobre un escenario es un hecho digno de vivir por lo menos una vez. La pregunta es ¿a qué precio?

“Es Perón echándonos de la Plaza”

La frase hacía alusión a un discurso de Juan Domingo Perón, el 1 de mayo del ’74. En ese entonces, miembros de Montoneros cuestionaban al gobierno popular y lo acusaban de estar “lleno de gorilas”. Perón los llamó imberbes. Los militantes comenzaron a retirarse de la Plaza de Mayo, ofendidos y en desacuerdo con las palabras pronunciadas por el líder.

“Es Perón echándonos de la Plaza”. Eso sintió una seguidora del Indio quince minutos antes de que finalice el show. Se estaba yendo. A su lado un hombre completamente embarrado, con una zapatilla suya y otra que encontró en el barro, mientras buscaba la que había perdido en ese mismo lugar. La indignación se repetía.

El líder no los había echado pero tampoco les permitió poder llegar a verlo o quedarse. Las condiciones no estaban dadas, el ánimo de muchos no era el mismo de otras oportunidades. Muchos se sintieron desilusionados.

Quince minutos después, sonaba “Jijiji”. El show terminaba, los que participaron del “pogo más grande del mundo”, de esa “misa” que se transformó en culto ricotero del que todos quieren participar, llegaba a su fin. La caminata comenzaba, los micros esperaban.

En ese momento, quien escribe esta crónica también caminaba hacia el micro, preguntándose ¿cuál es el límite?, ¿qué tiene que pasar para que el “record” de público deje de estar en boca de todos como algo positivo, sin que se cuestione la forma en la que se llega a esto, el cuidado y el respeto hacia el público?, ¿por qué se insiste en un show tan masivo sin tener en cuenta las medidas de seguridad adecuadas para que todos puedan disfrutar?, ¿será que dentro del culto se naturalizó la violencia y el “llegar cueste lo que cueste”?

Son preguntas que algunos se hacen al ver que el ídolo indiscutido, ese por el que uno hace grandes esfuerzos para ir a ver, le pone obstáculos a su público para llegar a verlo. Que se cuiden, que se hagan el test del VIH, el homenaje a los 21 desaparecidos de Gualeguaychú. Ese hombre que les pide que se cuiden es el mismo que el sábado no habló de cómo se cuida al público.