Korneta no se murió

Por Gonzalo Reartes

Gardeliando por ahí, hablando de la vida, de los barrios del amor. Así se fue el mentor de “Gardelitos”, Eduardo ‘Korneta’ Suárez, aunque antes de partir dejó aquello que lo mantiene vivo: el arte, la música. Radiografía de uno de los últimos grandes del rock nacional. 

Korneta no se murió. No puede morirse. Está vivo en cada pibe de barrio que ahorra la moneda toda la semana para sacarse la bronca en ese recital de rocanrol. En esos pibes que se la pasan saltando, empujándose, como santos dementes. La de Korneta es una historia más. Una historia más de alguien que dejó todo por un sueño. Hasta, se puede decir, es la historia de una revancha contra un sistema injusto. La victoria, aunque sea mínima, momentánea, de los justos, de los postergados, de los excluidos, de los que están en los márgenes.

El 15 de mayo de 2004, a tres días de hacer desaparecido, el cuerpo de Eduardo “Korneta” Suárez, fue encontrado sin vida. Los motivos de su muerte permanecen aún difusos. Lo que alimenta su mito no es su desaparición física, sino su obra, aquella que realizó en vida. Efímera, comparada con su genio creativo. Profunda, comparándola con los pobres estandartes académicos musicales que reinan en la industria musical. Revolucionaria, en sus letras que hablaban de la gente de barrio, de las villas, de las vidas duras, de armarse un faso para tolerar la rutina y la realidad, de no tenerle miedo al rock, de los amores a contramano y de los sueños de vagabundeos.

Korneta tenía un sueño: “Rocanrol, rocanrol/ es todo lo que puedo dar”. Vende la rotisería, vende el flete. Se la juega por la música. Arma Los Gardelitos. Su segundo disco, Gardeliando (el primero de estudio), se vuelve un verbo, una forma de vivir el rock. Empieza a sonar en los barrios bajos de la capital federal. En los monoblock, en las villas habitadas por gente que se identifica con esa  música y letras que sienten propias porque relatan lo que viven día a día. Pero no todas las letras dan testimonio social. Los Gardeles también son fiesta. Rock. Para bailar. Para bailar sin parar, para bailar y transpirar. Y no en esas fiestas aburridas llenas de chetas con caras de limón.

También hay espacio para el amor. “Y es que la fuerza/ de tu amor me sostiene/ y lo único que tengo/ en la vida, eres tú”. La tristeza suele dar testimonio, a través de las letras, en la música. La ausencia de lo que se desea, también. El himno gardeliano por excelencia en esta temática es Amor de contramano. “Busco tu cara entre el ruido/ me siento en el mundo perdido/ un barco que viaja sin rumbo/ un cuerpo sin luna.” Y la explosión de ese amor que no es, que circula a contramano, el descontrol y la frustración que se funden en el estribillo, cuando el público cierra los ojos y grita en dirección al cielo. “Sigo dando vueltas, de madrugada/ borracho, tirado/ necesito una explicación/ ¿Es que hay una luz, en tu ventana, nena, nena?/ ¿O es que tu cama se incendió?”.

El amor a la guitarra. El amor noble, sin pretensiones, altruista. Amor a la música por el sólo placer de hacer música. “Estoy amando demasiado a mi guitarra/ sus cuerdas me atan/ no me dejan pensar”. Para que la gente se olvide siquiera un par de horas en los recitales la vida injusta que un sistema injusto les propinó. “Mi mente se cuelga en el rock/ no tengo en la vida ninguna ambición/ más que tocar esta noche.” O poner un disco a girar una hora y pico y desconectarse, desenchufarse de toda esa locura que convida la ciudad, de todo ese ritmo vertiginoso, de toda esa velocidad, de toda esa falta de oportunidades, de que ellos son los olvidados de la historia. “Es que nadie cree en mi canción/ es que nadie espera nada de mí/ todas estas mierdas me hacen pensar/ que Dios me olvidó”.

Pero el himno Gardelito es Gardeliando, esa canción que recorre los barrios de la Capital Federal en un trajín incansable, que representa los shows que daban por noche, recorriendo bares subterráneos y brindando recitales clandestinos. Gardeliando da cuenta de lo que implica la música, el rocanrol, para el desposeído, para el que ve cómo “se están fumando un faso/ a la vuelta de la esquina/ se están tomando un vino/ o corriendo a alguna mina/ y si no fuera así, qué ciudad tan aburrida.” Las ambiciones capitalistas no encajan en Los Gardelitos, es una banda que está en los márgenes, que se opone a lo que representan esas clases sociales acaudaladas que jamás van a entender cómo se vive en el barrio. “Si no te gusta lo que ves/ andate a vivir a Nueva York/ Si no te gusta cómo soy/ andate a morir a Nueva York”.

Es lo que nos interesa rescatar de esta banda en su época liderada por Korneta Suárez. Su identidad popular. No masiva, sino popular. En clave política, si se quiere. La identificación de los marginados con su música y sus letras. Esa banda que le da voz a los indios querandíes. “Siento pena del hombre/ que no puede descansar/ de los que viven corriendo/ y no saben contemplar/ la inmensidad del cielo/ las estrellas y el mar/ que todo lo más lindo/ no se puede comprar/(…) No necesito las luces/ ni los lujos de la ciudad”. Que le canta a los que viven amontonados en monoblocks de 2 cuartos, 15 torres y 12 pisos. Que le pide al pueblo que se organice. “Si tantas personas viven aquí/ ¿Por qué no están unidas para vivir?/ Si todas las mentes dicen que no/ No vale la pena seguir por seguir.” Esa banda que insta a no dejarse oprimir por nada ni nadie. “No dejes que el gobierno destruya tu amor/ no dejes que la religión destruya tu amor/ no dejes que la escuela destruya tu amor/ no dejes que las leyes destruyan tu amor/ no dejes que la soledad destruya tu amor/ no dejes que la miseria destruya tu amor/ no dejes que nada destruya este amor”.

Korneta murió, pero no se murió. No se fue. Mientras viva su música, él vivirá eternamente. “Las rutas salen de tu cuerpo/ apenas si viste la vida/ el cielo te estaba esperando/ respiras ahora en silencio/(…) las esferas giraban en el cielo/ ahora sos una de ellas.” Ahí está Korneta. Ahí Los Gardeles. En cada pibe que no puede parar su moto. En cada chica que cuida a sus hermanitos mientras su padre se emborracha. En cada pibe que sueña con recorrer América del Sur y cambiar su cabeza por vivir. En todos los que pensamos que la calle es un espejo en el que nos podemos ver. Korneta no se murió. Y no sé por qué, tengo que llorar así.