La estrategia de Cambiemos: una llovizna incesante

Por Francisco Longa

El gobierno de Cambiemos es una usina incesante de elaborar y des-elaborar políticas públicas; y existe, aunque fragmentada, una oposición social muy activa hacia sus medidas de gobierno.

Existe un debate instalado –en ciertos medios de comunicación y espacios de análisis político– acerca de la capacidad de gobierno de Cambiemos, de sus más o menos prolíficos gabinetes y, en definitiva, del rumbo con el cual están conduciendo el Estado nacional y las provincias donde ganaron el poder ejecutivo.

Días atrás, María Pía López tituló “No hay políticas públicas” a una columna de opinión en el diario Página/12. Allí denunciaba la falta de políticas activas para enfrentar la ola de femicidios, al tiempo que alertaba sobre la reducción del presupuesto para el Consejo Nacional de las Mujeres. Es central acompañar y amplificar los casos como el que denuncia López, que no se remiten únicamente a la cuestión de género. Varias fuentes que trabajan desde hace años en algunos ministerios nacionales, principalmente en el de Educación y el de Salud, dieron cuenta del vaciamiento constante de programas, convenios, iniciativas y políticas públicas que están sufriendo, lo que conmina a cientos de trabajadoras y trabajadores a la más desgastante inactividad en las oficinas públicas.

Estos casos, reales y alarmantes, no explican del todo el cuadro del manejo del Estado que Cambiemos se ha propuesto. En algunos otros aspectos y áreas de la gestión pública, el gobierno se muestra por el contrario como una prolífica maquinaria de políticas públicas.

Del Blitzkrieg a la guerra popular y prolongada

También en Página/12, pero a comienzos de 2016 –cuando Mauricio Macri daba sus primeros pasos en la presidencia– el periodista Luis Bruschtein eligió, para caracterizar la estrategia del macrismo, la figura del Blitzkrieg del ejército alemán: un ataque frontal y enérgico, con velocidad y sorpresa, que busca destruir la mayor cantidad de posiciones enemigas. Lejos del supuesto gradualismo del gobierno, este contundente ataque inicial se evidenciaría en algunas medidas inmediatas y contundentes, por caso la intervención y desactivación de la AFSCA, la quita a las retenciones, la liberación de los requisitos para la compra de divisas extranjeras, etc.

Pero la figura del Blitzkrieg, que fue útil en su momento, ya no aplica. Una estrategia de ataque sostenido por más de un año no puede dennotarse bajo ese rótulo, y nos obliga a encontrar nuevos marcos de sentido.

En esta tarea resulta llamativo que tras un año y dos meses de gobierno, aún no haya consenso sobre el gradualismo o el shock en las medidas del gobierno. Es que precisamente las caracterizaciones no han podido escapar de un binarismo según el cual, para los y las defensoras del gobierno anterior, todo lo que hace el macrismo implica un shock, mientras que para los férreos defensores del gobierno actual, se está imponiendo un cambio gradual: de allí que estos últimos sostengan la necesidad de “darle tiempo al gobierno”, o de que “no se puede arreglar todo en un año”.

Resulta contradictorio sostener que el gobierno aplica una política de shock, al tiempo que se dice que “no elabora políticas públicas”; a menos que el shock sea precisamente el cambio brusco entre un gobierno de alta densidad en su gestión política (el kirchnerismo), y uno que desmantelaría al Estado (el macrismo). No es eso lo que viene ocurriendo con la gestión de Cambiemos.

El estudio de la genealogía del PRO –a partir, sobre todo, de los trabajos de Gabriel Vommaro– revela que los cuadros del partido y su proyecto político, se vienen preparando para esto desde la crisis de 2001. Y que para esa formación han destinado ingentes recursos, materiales formativos, intercambios internacionales, etc.

Aunque por momento parezca, a juzgar por la inexperiencia de algunos visibles ministros –el rabino Bergman sirve de ejemplo claro–, que el gabinete del PRO es un grupo de inexpertos o de recién llegados, esto no es así. Claro que haberse alzado con el ejecutivo nacional al mismo tiempo que con el de la Capital Federal y el de la provincia de Buenos Aires los sorprendió a ellos mismo, y ante la falta de cuadros suficientes tuvieron que pedir préstamos a cuanta ONG, empresa privada o formación liberal tradicional se conozca. Pero esto no niega que existe un amplio tendal de cuadros medios y técnicos que ocupan posiciones estratégicas en la administración pública, que responden al PRO, y que cuentan con un abultado know how acerca del hacer en el Estado.

Es con la insignia de los CEOS, pero con la capacidad técnica de estos cuadros, con quienes Cambiemos está desarrollando una estrategia prolongada, pero incesante, de gestión estatal. Esta estrategia tuvo visos de radicalidad, como las medidas de shock arriba mencionadas, y otras de gradualidad. La gestión de Aerolíneas Argentinas no podría correr el riesgo de caer en las fauces del shock, con la llegada de Mario Dell’Acqua, sino fuera porque Isela Constantini mantuvo muchas de las directivas que impuso Mariano Recalde, realidad reconocida inclusive por éste último.

Pero quien con mayor claridad y precisión desveló la estrategia de Cambiemos fue el propio ministro Esteban Bullrich, en una charla de 2014 cuando ejercía su cargo en el ámbito de la Ciudad. Allí reconoció que en la cartera educativa su forma de gobernar es: “lanzar muchas iniciativas al mismo tiempo, porque el gremio focaliza (…) entonces cuando se dieron cuenta que alguna ya se implementó, van atrás de esa y avanzás con la que no habías avanzado”. Terminó diciendo que la estrategia es parecida a un partido de ajedrez, “pero que funciona”. Las declaraciones de Bullrich encierran dos grandes verdades que se expresan hoy en el tablero nacional: la abultada agenda que plantea Cambiemos, y la fragmentación de todo aquello que se le opone.

Es que, ¿puede alguien sostener que este gobierno “no gestiona”, o que está vacante de políticas públicas cuando asistimos a una agenda incesante de políticas, declaraciones, proyectos de ley, en donde el gobierno maneja casi por completo los temas de debate nacional, aún cuando implican errores o retrocesos de su parte?

Lo ocurrido la semana pasada puede servir como cristal para mirar precisamente esto, y que valida la “doctrina Bullrich”. En esa misma semana se validó el acuerdo del correo, se operó un cambio en el cálculo de las jubilaciones, y se trataron importantes proyectos de Ley como el de la reforma de las ART y la desregulación de la actividad aerocomercial que le abre paso a las aerolíneas low cost. A la vez, aumentaron los peajes y numerosos servicios públicos.

Tal como dijo Bullrich, con excepción del escándalo del correo y de la rebaja a los jubilados, el resto de las medidas fueron aprobadas sin demasiada respuesta opositora.

Una oposición social activa pero fragmentada

Pero, por otra parte, no es cierto que este gobierno no encuentre oposición ni cuerpos sociales que lo salen a enfrentar. Quien viva, o al menos transite los barrios populares del conurbano bonaerense, habrá asistido con asombro a la cantidad de piquetes, cortes de calle, quema de cubiertas y protestas en general que tuvieron lugar en repudio a los cortes de luz en los últimos días, mostrando una sociedad muy movilizada, activa y con capacidad de auto organización.

Quienes transiten por el centro de la Capital, también habrán visto día a día las numerosas movilizaciones que pueblan la geografía citadina, dentro de las cuales se destacan la de Barrios de Pie del pasado martes, y la de la CCC el último jueves, ambas exigiéndole al gobierno que implemente la ley de Emergencia Social dictada a fines del año pasado, pero aún no reglamentada.

Es decir que tanto las estructuras organizativas, los movimientos populares, como los vecinos y vecinas no organizados, no se han resignado a quedarse puertas adentro. Si bien no aparecen en los medios masivos de comunicación, la Argentina sigue siendo una amplia malla tejida por innumerables y cotidianas acciones colectivas de protesta. Sindicales, sociales, reivindicativas, de género, en fin: el laboratorio de la política en las calles no ha cejado, y parece proyectarse en un mes de marzo plagado de movilizaciones, que involucran inclusive a la aletargada CGT.

Es cierto sin embargo, que las fuerzas que se oponen a las políticas del macrismo muchas veces terminan por caer en la estrategia que el propio Bullrich reconocía. Es que resulta materialmente imposible movilizarse al calor de todas y cada una de las medidas del gobierno nacional, lo que corrobora la activa y prolífica agenda política del gobierno.

En cuanto a la oposición en la superestructura política, mientras que el peronismo busca la forma de sintetizar programas y candidaturas, en el plano legislativo alguno de sus encumbradas figuras jóvenes y pujantes, como Juan Manuel Abal Medina, acompañan con su voto proyectos del oficialismo, como ocurrió con la modificación de la ley de ART en el Senado, a fines de 2016.

Una garúa sostenida

La figura de la llovizna incesante sirve para dar cuenta de la estrategia de Cambiemos. Es decir, sacando algunas áreas, el gobierno no opera como una terrible tormenta que se lleva todo puesto. Incluso más, es auspicioso que la reacción de los sectores democráticos, progresistas y de izquierda, haya logrado voltear intentos de ajustes y de negociados corruptos que expresó el gobierno, como con los casos de las jubilaciones y el correo.

Pero lo que no se puede negar es que este gobierno no para de hacer política desde el Estado, y de delimitar la agenda. Nadie puede enojarse ni denunciar tal cosa; por el contrario, es saludable que el gobierno haga política, así también como que cuente con una oposición política y social que lo confronte. Lamentablemente, hoy ésta última parece situarse más en el plano social, que en el plano político electoral o parlamentario.

Además, también es problemático que la oposición al gobierno no logre edificar una propuesta político electoral, que unifique todos los fragmentos reivindicativos sobre los que vienen resistiendo el avance conservador del macrismo. Esta llovizna, molesta e incómoda para los sectores progresistas y de izquierda, requiere de un amplio paraguas político para, no solamente detenerla, sino también trascenderla en un sentido estructura: es decir que modifique la correlación de fuerzas que ella implica, y que se proponga como una alternativa novedosa para las mayorías sociales en nuestro país.