La historia del Loco Julio: con el Tomba me casé

La historia del Loco Julio, el hincha más famoso de Godoy Cruz. Ese que hoy tiene una estatua, banderas y canciones es parte de una leyenda y de un equipo que mueve multitudes.

Por Ariel Feller*

No la pegué en eso de ligar apodos. Nunca pasé la triste barrera del diminutivo de mi nombre o de lo estrictamente relacionado con mí físico. Así fui siempre Arielito, enano o cabezón. Muy poca cosa. Por eso siempre quise tener un sobrenombre más imponente y no uno que haya surgido desde la humillante obviedad. Siempre soñé con uno que naciera de mis acciones si éstas fueran nobles y honrosas. En esa onírica visión pica en punta en preferencias el apodo “loco”. Será porque me atraen esos tipos que gambetean a la anormalidad de lo establecido como normal. En este momento tanto usted como yo estamos repasando mentalmente un montón de apellidos de locos divinos que nos llevarían a jugar un Tutti Frutti eterno. Además seamos sinceros, todos sabemos qué historia nos sentaríamos a escuchar entre una que empiece con “Arielito entró a la cancha….” y otra que lo haga con  “El loco entró a la cancha”.

Intuyendo  que usted elige al igual que yo la segunda opción trataré de contar de la mejor manera la historia de Julio Roque Pérez. Nada de Houseman, nada de Gatti. Esta vez la locura va por otro lado. Hablar de Julio es inevitable asociarlo a la frase: “en el fútbol lo único insustituible son los hinchas”, que alguna vez tiró Marcelo Bielsa. Es inevitable también asociar al Loco Julio con Godoy Cruz, y con una de las historias de amor y lealtad por los colores más significativas de la redonda.

Ya desde pequeño Julio tenía la idea de empezar a moverse solo por la vida,  buscar rumbos en solitario como esos personajes de novelas juveniles. Al morir su abuelo sintió el empujoncito necesario para largarse a andar. Así fue como tan solo con doce años dejó el distrito de Ingeniero Giagnoni  para instalarse en el departamento mendocino de Godoy Cruz donde conoció a su gran amor. El club de la zona fue su latir de ahí en más. “Con el Tomba me casé” dijo una vez. En esas calles que seguramente sintió propias antes de empezar a pisarlas, empezó a cartonear.

En ese contexto un cartón pudo haberlo acomodado económicamente. No me refiero a uno de esos que recolectaba al revisar la basura sino a uno de lotería ya que a sus quince años gana el premio de la sanjuanina. Al no saber  leer ni escribir la policía lo acompaña a la vecina provincia de San Juan a cobrar el premio  que al volver, y para sorpresa de todos, decide donarlo íntegramente para que Godoy Cruz pueda levantar una tribuna y colocar las luminarias en su estadio, “el  Feliciano Gambarte”. 

Sé que usted está por decir que ahí además del premio ganó su apodo. Es entendible que piense así porque a todo aquello que no podemos explicarnos lo tildamos de locura. Pero permítame seguir con el relato.

El Loco Julio siguió así toda su vida. Dándolo todo, por el club y por la gente. Algún amigo mendocino me comentó  que en más de una oportunidad se ha sacado su propia campera para regalársela a quien necesitara un abrigo. No le sobraba nada pero daba. Así eligió recorrer su vida. Con el corazón azul y blanco en sus manos. Esas mismas manos que un día de 1964 moldearon  para siempre su sobrenombre.

En un partido, de los denominados  amistosos, con el Santos de Pelé el árbitro Coresa expulsa a un jugador del equipo bodeguero. Acto seguido Julio salta a la cancha para fajarlo. Desde ese día, creo que con justa razón, el referí no quiso volver a dirigir a Godoy Cruz. Varios cantos de la barra recuerdan esa acción. Melodías populares  entonadas por ambas facciones de la hinchada del club. Cosa que sólo Julio podía lograr. Unir al hincha. Será porque su amor, el que desbordaba, limpiaba la pavada del fútbol y sembraba pureza en el sentimiento.

En el último tiempo el querido loco tuvo  su merecido homenaje institucional  al colocarse una estatua de su figura señalando el horizonte en la entrada del club, y al rebautizar con su nombre al boulevard que desemboca en el estadio. Hace años que el reconocimiento popular le había llegado. Su cara nunca dejó de flamear en banderas,  de transpirarse en remeras y de pintarse en paredes.

Mientras escribo estas líneas el pueblo tombino lo despide en un llanto que se vuelve la última caricia hacia el hincha más respetado por todos. El último gesto de reconocimiento a ese tipo que eligió la locura de dar todo lo que se tiene, y lo que no también.

* Publicada originalmente en Lástima a nadie, maestro