Bolivia: la impunidad patriarcal del ecocidio y la crisis que sostendremos con nuestros cuerpos

Las comunidades y las resistencias de mujeres que se enfrentaban de manera directa e imponiendo sus cuerpos como límites nos han mostrado que lo que opera en los territorios para devastar es una alianza violenta y criminal. Un análisis con historia en un contexto de elecciones.

Por Claudia Cuéllar

Quien posee a las mujeres de un territorio posee el territorio, esta es la regla de los viejos y nuevos patriarcas. Maria Mies

En Bolivia, los incendios provocados por la agroindustria cruceña y que hacen parte de un pacto depredador con el gobierno y las transnacionales, han devastado alrededor de 2 millones de hectáreas entre los departamentos de Santa Cruz y el Beni afectando un total de 20 municipios. En estos territorios se han visto afectadas 10 reservas naturales, Tierras Comunitarias de Origen y territorios de comunidades indígenas de la amazonia, chaco y bosque chiquitano en las tierras bajas de Bolivia. Y el fuego sigue.

Esta devastación provocada por el fuego, es resultado del complejo de acumulación capitalista que en Bolivia se sostiene a través de una alianza entre diversos actores. Este complejo, hace rato que se ha perpetuado de manera intensa en las tierras bajas- cumpliendo quizás así el proyecto de “Geopolítica de la Amazonia” que el vicepresidente describió como sostén del progreso en Bolivia años atrás o el proyecto de “Modelo Productivo Autónomo” como sueño que sostiene la oligarquía cruceña desde la época del dictador Banzer, ambos fundados en proyectos extractivos diversos pero interrelacionados que van desde la agroindustria intensiva, las hidroeléctricas, la minería, deforestación ilegal, tráfico de tierras y también la extracción de petróleo y gas.

Hace ya un tiempo atrás las comunidades y las resistencias de mujeres que se enfrentaban de manera directa e imponiendo sus cuerpos como límites nos han mostrado que lo que opera en los territorios para devastar es una alianza violenta y criminal. Este momento de zozobro que vivimos por un incendio provocado. Es una escalada brutal del régimen progresista y el extractivismo exacerbado vía violencia y saqueo, además, nos está debelando ya, de manera muy clara como se instaura y maneja el poder y que tipo de crisis es el que nos tocará afrontar para el presente y futuro.

Impunidad y ecocidio

El año 2019, casualmente año electoral en Bolivia, la violencia y los despojos se están presentando de forma concadenada, este 2019 tenemos los números más altos de feminicidios- 83 hasta la fecha- casos de violaciones a menores y de violencia grupal. Este año también, en diversas ciudades estábamos saliendo a las calles y movilizábamos nuestra rabia contra la complicidad patriarcal y la falta de respuesta de cualquier aparato institucional para escucharnos. Nuestra rabia se acrecentaba en la medida en lo que denunciábamos como violencia se invalidada, pues en la medida que politizamos nuestro dolor las instituciones nos infantilizaban una y otra vez.

Mientras eso estaba suscitando, el gobierno y los empresarios hacían valer una alianza histórica y criminal contra los territorios. Que se ha ido gestando desde años atrás a través de varios encuentros disfrazados en cumbres y de todo un andamiaje institucional que se viabiliza con decretos, normativas y reglamentos donde el gobierno del MAS fue replanteando toda la política agraria del país, para incentivar la agroindustria de manera voraz y acelerar la avanzada capitalista sobre los territorios del oriente, chaco y amazonia boliviana.

Si analizamos como se sostuvo está alianza, el papel del Estado “progresista” es central, pues a medida que se crea una farsa con normativas bandera en supuesta protección de la madre tierra, sin publicitar lo que estaba pasando, se establece un sin número de “perdonazos” que dan pie a la impunidad de un proceso de años, este proceso culmina con la destrucción de nuestro ecosistema con un incendio voraz e incontrolable de las últimas semanas. Si bien el decreto 3973 es causante importante de lo que está suscitando y su derogación es central, lo que está en juego no solo es el marco normativo sino la impunidad con la que el Estado y sus alianzas están operando.

Esta política criminal se reproduce con impunidad, la impunidad no es solo la falta de justicia, la impunidad es constitutiva de un pacto patriarcal –desde donde emana el poder del cuerpo sobre el cuerpo, se instala el silencio cómplice y omiso para violentar, se intercambian acuerdos contra los cuerpos y territorios feminizados, pacto desde donde cada sujeto privilegiado que obtiene poder depreda para pagar su precio de pertenencia. Este pacto- que se cierra contra las mujeres y todo lo que representan relanza la avanzada del capital, la reconquista de los territorios, la violencia sobre los cuerpos y la anulación de la capacidad autónoma para reproducir la vida, por tanto, es el centro del desastre que estamos viviendo.

La alianza criminal que impunemente está devastándonos territorios y todo lo que de ahí emana para el sostenimiento de la vida misma, a través de una avanzada de maquinaria capitalista, discursos, prácticas y medios simbólicos de cooptación. Cosifica, despoja, coloniza y violenta. Además, intenta hacernos creer que somos sujetos y sujetas autónomas de la naturaleza, individuos sin cuerpos, o cuerpos individualizados que no dependemos más que de ellos para sostenernos, y así entregarnos al “desarrollo” de unos pocos, para transformar y dividir las relaciones sociales e incentivar e imponer jerarquías.

Es a través de esta política patriarcal capitalista que el gobierno del MAS tiene condescendencia y hasta admiración a las elites y logias que sostienen este modelo depredador. “El interés común” de esta diversidad de actores es someter cuerpos y territorios, por tanto, han sellado la forma de mantenerse en poder, agradarse y validarse entre sí. Tal como Bolsonaro está entregando la amazonia al capitalismo, militarismo y fundamentalismo, en Bolivia el progresismo hace exactamente lo mismo, aquí con el disfraz de la distribución de la ganancia y el fortalecimiento del Estado.

Nuestros bosques como banquete, nuestros cuerpos sus negocios

Mientras en toda Bolivia, una masa de personas, desde diversas geografías, y demandas sociales se moviliza para gestionar ayuda para los incendios, exaltando nuestra rabia, actuando como bomberos voluntarios, rescatando animales, informando y muchas otras tareas; Evo Morales, sus socios chinos y los ganaderos de Santa Cruz, festejaron la primera exportación de carne a China. A la vez, a medida que las diversas marchas y preocupaciones de colectivas ambientalistas, feministas, universitarias, y Pueblos y organizaciones indígenas y otrxs hemos pedido distintas medidas, como la pausa ecológica real o la anulación del decreto 3973, y también nos movilizamos desde consignas más generales como el “no al Extractivismo”. Evo Morales y sus aliados, vuelven a puertas cerradas a alabar la capacidad “productiva de Bolivia”.

Entonces, es la fuerza social la que se está haciendo cargo de las consecuencias y devastación de este pacto. Así, en el momento en que nosotrxs nos estamos haciendo cargo de las consecuencias y devastación de este pacto, el gobierno no ha tenido ningún problema con escuchar a los agroindustriales, los cuales le piden que no derogue ninguna de las normas ya aprobadas, tampoco ha pensado renegociar sus políticas de alianzas con las transnacionales chinas y otras, y sus compromisos futuros que estoy segura muy poca gente conoce. ¿Hay algo más patriarcal que eso?

Sabemos que el Estado no nos cuida, ahora es claro que nos devasta. Esta alianza, primero incentiva una política de conquista colonial que siempre ha insistido y se ha validado por el intercambio de mujeres y territorios como garantía de los pactos para mantener su poder. Segundo incita la relación progresista con la naturaleza- el estorbo de la naturaleza salvaje, los territorios son mercancía- que se perpetua como idea de desarrollo, pero que claramente la resistencia comunitarias impulsadas y sostenidas por mujeres, dan cuenta de que es una política que las golpeas y maltrata en sus espacios privados y colectivos.

Tanto la política de conquista como la violencia contra las mujeres que está implícita en los despojos territoriales alimenta la figura de la “conquista del oriente boliviano”, como parte de la idea masculina de dominación del cuerpo femenino, que siempre ha sido la política central de las logias terratenientes en Santa Cruz y que hoy son el centro de un capitalismo agroindustrial depredador. No podemos dejar de relacionar la construcción de la feminidad que impulsan como modos operandi en sus fiestas y juntes de frater, con la cosificación y la idea de trascendencia masculina en referencia a la naturaleza y cuerpo de la mujer que se cosifica.

Memoria y luchas emergentes

La lucha contra la impunidad que diversas acciones feministas estamos movilizando y que gritaban ¡Justicia! tienen total relación, con la rabia que emerge por la devastación que estamos viviendo. ¿Acaso no estamos sufriendo con el cuerpo el mismo dolor que sentimos por la violencia que se nos viene encima? ¿Acaso la impotencia no nos genera miedo sobre cómo vamos a subsistir por los próximos años, sino siglos? ¿Acaso no sentimos en las entrañas que se nos ha borrado el pasado y que poco sabemos del futuro porque no solo perdemos tierra, si no memoria, experiencia, afectos y linaje? Así también las movilizaciones por los incendios actuales también gritan ¡Justicia!

Las luchas feministas emergentes están disputando un sentido otro de la realidad atrofiada que, gracias al progresismo, estamos viviendo y venían haciendo visible cómo se sostiene y consolida el poder en Bolivia. A la vez, la politización que iba emergiendo desde los miedos que sentimos y duelos que atravesamos están disputando un conocimiento encarnado, con raíces profundas que no es posible sin la relación cuerpo que sostiene la naturaleza y naturaleza que se sostiene en el cuerpo.

Las luchas feministas emergentes también alumbran otras cosas sobre la impunidad, en particular que nosotras ni las comunidades que viven en estos territorios somos parte de ese pacto, si bien existen mujeres que median las políticas extractivistas y de despojo feroz. La red de complicidad que implica la violencia que se gestiona contra nuestros cuerpos y nuestros territorios no es parte de nuestra política, pues contra eso nos estamos rebelando. No somos herederas de las logias, sino de las memorias de nuestras abuelas y sus comunidades y pueblos indígenas que habitan desde siempre las tierras bajas de Bolivia que históricamente han luchado y forjan comúnmente en la medida que se movilizan, en la medida en que habitan ampliamente el territorio, en la medida que salen e ingresan del monte, donde los limites por supuesto, son los inventos del Estado nación en todas sus vertientes, son resistencias que se despliegan desde esa rebeldía, desde un habitar nómada y cuerpos que no se fijan por mucho tiempo y lugar, por tanto, disputan relaciones más integradas a como se reproduce la vida en sus territorios. La rebeldía también, está en esconderse del capital, y claro ejemplo son los pueblos que habitan estos territorios y cuestionan las estructuras sindicales y orgánicas, las disputan y las transforman porque no se acopla a lo que emerge, piensa, sienten, conocen y disputa desde una lucha desde redes, territorios amplios.

Ya las mujeres del TIPNIS nos advirtieron esto en el año 2011, las insurrecciones de las 90 de las tierras bajas de Bolivia también, las mujeres guaraní de Tacovo Mora, las que resisten a hidroeléctricas, diversos despojos territoriales y resistencias cotidianas, por eso la memoria es un campo de disputa importante, la lucha contra el terrateniente es también la lucha contra el patriarcado, pues sus pactos nos han dejado en la crisis sistémica que ya estábamos habitando silenciosamente pero que el incendio voraz nos hace gritar desde las llamas que nos destruyen la vida.